Seguramente muchos artistas se enfrentaron a un frasco con pintura acrílica que se solidificó con el tiempo, volviéndose una suerte de cilindro, brillante, escultórico y misterioso. Una réplica parcial del vacío. Seguramente muchos también rescataron ese volumen y lo guardaron sabiendo que aquello escondía algún secreto aún sin descifrar.
Eduardo Costa persistió en interrogarlo y descubrió un perfil que fue perfeccionando en pureza hasta hacerlo extrovertir toda la perversión encerrada en el inocente accidente. De eso se trata su muestra en la Galería Cecilia Torres de Nueva York.
Acostumbrado, desde comienzos de su carrera a finales de la década de 1960, a una aproximación al arte desde una perspectiva conceptual, Costa ve en ese trozo de pigmento una suerte de arquetipo de pintura, una pintura por excelencia, es decir, una pintura hecha de pintura.

De hecho, una sobrevida después de tantas muertes, entre ella la que le infligiera el propio conceptualismo. Por eso mismo, su acción es paradójica, porque postula un rescate de la pintura, abriéndole un nuevo camino que es percibido desde una perspectiva lingüística, pero que a su vez es materia.
El camino que recorre Costa es complejo. Primero deconstruyó la naturaleza muerta, un recurso clásico de la representación pictórica. Esto lo llevó a pintar limones, vegetales y flores, servilletas, herramientas y contenedores, desde la nada hasta su volumen real, acumulando infinitas capas de acrílico. Una serie fue blanca, pero otros ensayos respetaban meticulosamente las variaciones de color en el interior del fruto. La actual muestra da otro paso más en ese proceso, pues desarticulando el discurso de la pintura, rearticula el discurso del arte contemporáneo.
Costa exhibe volúmenes geométricos de colores primarios, creados también totalmente a base de pintura acrílica, desde cero hasta una dimensión y un peso considerables. Esferas, prismas triangulares y rectangulares, sujetos a planos verticales que ofician de pared, parecen desafiar la fuerza gravitatoria. En verdad, están reclamando no ser vistos como esculturas, sino como pertinencias del espacio virtual de la pintura.
Aunque las referencias que surgen de manera inmediata rastrean en el modernismo, Mondrian, Malevich, y la Bauhaus, y se extienden al reduccionismo minimalista, son todos legados que Costa recorre, suma y subvierte, no sin cierta nostalgia.
Su operación es meta pictórica y, por lo tanto, hace uso de la representación aunque el mediador de esta representación sea una figura abstracta. El carácter de la obra, lejos de ser frío y concreto, es enigmático y discreto. Constituidos íntegramente de pintura, estos trabajos sólo exhiben vagamente esa condición a través de los títulos. Entre ellos, White Sphere with Black Invisible Core es paradigmático del alcance poético de estas “pinturas volumétricas”, un título que refleja una verdad incomprobable pero sin la cual la obra perdería todo su sentido.
Con ocasión de la muestra, se ha publicado un cuidado catálogo que, junto a un ensayo de Alexander Alberro y la reimpresión de una entrevista de John Perreault, desarrolla una cronología del trabajo de Costa y de las circunstancias en que fermentaron sus ideas. El catálogo es bienvenido, ya que ayuda a visualizar este nuevo cuerpo de obras en el contexto de una trayectoria de trabajo y reflexión.
ANA TISCORNIA
