Las dos exposiciones que la artista peruano-costarricense Cecilia Paredes presentó recientemente en Panamá ofrecieron alimento espiritual y estético a un público que, en su mayoría, sólo conocía sus anteriores trabajos tradicionales sobre lienzo. Al entrar a la muestra en el Museo de Arte Contemporáneo, el visitante se encontraba en una sala en penumbra, en la que una serie de siete manos y tres pares de pies ejecutados en resina transparente y a tamaño natural parecían proyectar una luz interior. En esta serie titulada Apropiaciones, la artista usa como modelo sus propias extremidades para producir manos y pies en los que los sistemas corporales internos, como los vasos capilares, los nervios y los huesos, son reemplazados por elementos de la naturaleza incluídos raíces de múltiples terminaciones, delicadísimos líquenes rojos y ramitas con coyunturas amarradas con hilo. Esta manera de relacionar el mundo exterior con el interior, de enfatizar las conexiones entre la naturaleza y el ser humano, refleja una actitud intrínseca a la obra de Paredes.

Entre estas esculturas translúcidas sobre cajas de luz y papel de arroz, llamaba la atención un par de pies de cera a los que la artista amarró dos extraordinarias alas de pájaro con el más delgado y precario de los alambres. La pieza, de aparente inocencia pero de gran carga poética, recuerda el mito de Ícaro y nos habla de un vuelo añorado pero imposible. De hecho, las alas constituyen un elemento preferido dentro de la extensa y variada iconografía y los símbolos que emplea esta artista. Están presentes de manera protagónica en las tres grandes transparencias iluminadas que completaban las “apropiaciones” (para cuya creación Paredes contó con la colaboración del fotógrafo costarricense Jaime David Tischler). En el centro de tres impresionantes fotos a contraluz de la espalda de la artista estaba colocada una serie vertical de delicadas alas y cuerpos de libélulas. Lo fascinante de las fotos es que a cierta distancia, las libélulas dejaban de ser insectos y parecían más bien suturas, como el producto de una dolorosa cirugía a lo largo de la columna vertebral. Al mismo tiempo, en las fotos, las manos asomadas de Cecilia, ya sea apoyadas sobre sus hombros en gesto de autorreconocimiento, o abiertas como en vuelo luminoso, contribuían a multiplicar los mensajes y las interpretaciones posibles de la obra.
Casi como capítulos de un libro, la muestra en el MAC incluía tres partes independientes pero interrelacionadas. La sección titulada “Cartas” consistía en dos torsos de resina hechos de moldes directos de los hijos de la artista (“la producción de mi cuerpo, mi procedimiento o naturaleza personal”, los llamó ella), en los que están insertados dos textos diferentes de poemas de Antonio Cisneros que reflejan la personalidad de sus dueños. Nuevamente, la iluminación, en este caso un bombillo dentro de cada uno de los torsos, emana desde adentro de las piezas, dando cierto misterio a la instalación. Debajo de los torsos, dos círculos de barro de diferentes colores se entrelazaban, relacionando las dos figuras entre sí y anclándolas visualmente a la tierra. Lastimosamente, el esfuerzo por crear un espacio propio para esta obra dentro del salón no fue ideal, por tratarse de paredes temporales blancas de un gran peso visual, que competían con el silencio y la tenuidad de este trabajo.
El conjunto titulado Metáforas de un inventario, presentado en una sala separada, constituía la tercera sección de la exposición. Como reproduciendo el ambiente de un museo de ciencias naturales, Paredes colocó elementos encontrados en la naturaleza, en ensamblajes dentro de “vitrinas” colgadas en la pared. En esta posición perdieron un poco el encanto que habían tenido como vitrinas de mesa, como las de museos antiguos, que la artista usó en un montaje anterior de esta obra. Sin embargo, como piezas individuales, invitaban de manera poderosa al acercamiento, proceso que demostraba que, más que objetos, el contenido de las vitrinas reflejaba una manera de ver el mundo y la naturaleza, y de interpretar la identidad y la memoria. Estas metáforas las transmite Cecilia Paredes a través de elementos que ella, como una entomóloga, botanista e historiadora obsesionada, ha recolectado, coleccionado y clasificado por años, en lo que ella describe como sus períodos de “cacería”. Este repertorio de elementos meticulosamente ordenados en sus ensamblajes —que incluye pequeñísimos caracoles, nidos de gusanos, huesitos, patas de cangrejo, trajes de niña, trozos de encaje, fotos de familia y páginas de tomos médicos decimonónicos, por mencionar sólo algunos— constituye el material de trabajo que ella convierte en herramienta para interpretar al ser humano, con sus preocupaciones sobre el origen, la muerte, el dolor, la herencia, los roles de género y la supervivencia del planeta.
La muestra de Telas de Cecilia Paredes, presentada simultáneamente en la Galería Mateo Sariel, constituyó un perfecto cuarto componente de su presencia en Panamá. A diferencia de las instalaciones en el museo, los lienzos demuestran la gran habilidad de esta artista en el dibujo, el uso del color y la composición, como vehículos diferentes de mensajes relacionados con toda su obra. En Pertenencia de los hijos de Mercurio vemos el dibujo de una espalda, que parece típico de un manual de anatomía hasta que descubrimos las alas plumadas dibujadas entre los omoplatos. Terra incógnita enfoca el tema del viaje, la travesía, y la migración, tan esencial para Cecilia, interés que anunció con su poética instalación Los oficios de navegante en la Sexta Bienal de La Habana. En Semillas encontramos maletas, naves y toda suerte de semillas cuidadosamente dibujadas (como un muestrario de aquellas que viajaron del Nuevo al Viejo Mundo después de la Conquista) con formas de connotaciones sexuales que contrastan con el poema amoroso escrito a mano con letra nítida —casi escolar— en la superficie del lienzo. En sus telas, Paredes emplea frases o poesías en español, inglés, francés y alemán, con la libertad y emoción que le otorga su historia de políglota y viajera. Por último, resalta el borde de ramas espinosas que sirven de transición a obras como Self-Inflicted Pain cuyo lienzo está cubierto de heridas suturadas e imágenes dolorosas, como una mano con puño de encaje que inserta aguja e hilo en su propia piel.
El carácter híbrido de la obra de Cecilia Paredes, que se manifiesta en la variedad de sus elementos, técnicas y mensajes, guarda relación con nuestra época y los malestares que se derivan del desarraigo, las migraciones, la ecología, el peso de las tradiciones, el rol cambiante —y en muchos lugares aún muy subyugado— de las mujeres, y el sufrimiento como lenguaje común de grandes segmentos de la población. La asimilación de estos temas se combina en su obra con una búsqueda interior por los caminos de la memoria, las emociones y la propia identidad. Es por eso que sus esculturas, sus instalaciones y sus lienzos hablan un idioma atemporal y universal que impacta al observador, ya sea consciente o subconscientemente.
MÓNICA KUPFER
