En la nota autobiográfica que acompaña el catálogo de La vida espléndida de Neli María del Mar, su última exposición de pinturas en Caracas, Carlos David (Venezuela, 1961) narra su vida entre Caracas y Europa, precisamente Londres, donde ha pasado la mayor parte de ella. Con un cierto sentido de humor, ironía y sarcasmo describe situaciones y experiencias personales como resultado del haber estado expuesto al choque de diversas constelaciones culturales, que se visualizan simbólicamente en muchas de sus pinturas. El hermoso título de la muestra sabemos de dónde viene, muy “garciamarquiano”, y establece un enigma. Neli María del Mar es una presencia femenina, pero sólo aparecen personajes masculinos en su pintura, no son contradicciones sino pretextos para simbolizar parte de las carencias del ser. Carlos David es un pintor figurativo que no cuenta historia, como él mismo aclara: “ni interpreto sueños, ya que, como dicen los budistas, todo al final no importa, ya que todo es lo mismo”. Sus personajes se debaten entre el dolor y el secreto, en una reconsideración de sí mismos como seres humanos. Desvestirlos es un “divertimento”; el acto de descarnarlos los despoja de todo lo accesorio para atraparlos en su propia piel y en sus dolores como tema, en este caso en la pintura misma.

Carlos David presenta su serie de pinturas figurativas difícilmente encasillables en alguna tendencia. Podría hablarse de una carga expresionista en el temperamento del trazo, en la fuerza de la mancha de color, en la violencia de las imágenes y en la ironía subyacente del tema. Sin embargo es un expresionismo que se aleja de academicismos histriónicos para presentarse como una convincente reflexión intensa sobre la vida y el arte, producto de la actitudes personales del artista. Presentados visualmente por una “imaginería salvaje”, sus temas no pueden disociarse de la circunstancia que los origina. Ser un pintor esencialmente figurativo ha sido encontrarse a sí mismo, así como descifrar el misterio de los enigmas que cargan sus pinceles, exorcizar la cultura de la motocicleta de la década de 1960 que le ha llegado a través de la historia, y la precocidad para entender que ser artista “es algo serio” en una sociedad en plena mutación.
Una de las obras centrales de la exposición, El Padre, el hijo y el otro, establece un hito comparativo entre lo que el artista ha hecho y su trabajo actual, manteniendo imperturbable la coherencia del rigor. Los personajes aquí, tres, aparentemente idénticos y mofletudos, parecen repetirse provocadoramente en todas las pinturas. Ellos retan al espectador en su casi cínica desnudez hablando de un no-tema. Más que un motivo o una historia sin anécdotas, la pintura de Carlos David plantea problemas existenciales. En este caso podría hablarse de una pintura conceptual y existencial. No en vano, ante la alucinación sensible de moverse entre el Primer y el Tercer Mundos, nos explica que trata de expresarse “pintando situaciones contradictorias, y para poder entenderlas mejor plasmo lo banal del acto, pero todavía no he podido expresarlo del todo, siempre se queda algo del simbolismo o algún detalle dentro del pincel”; ¿podría aquí, acaso, hablarse de un acento romántico que todavía impregna a unos cuantos artistas? En ello no existe nada que contradiga la precaria situación del Ser en el universo. La ansiedad puede ser un tema, como también las delicias sensuales del mundo o la crítica de la manipulación del poder. En Carlos David, sus grandes temas se ubican en el sentido errático de la conciencia, en la saturación de los conflictos existenciales y en la búsqueda de una verdad que no se conoce, es decir, en los problemas más internos del hombre contemporáneo. Todos esos conflictos los trabaja con una paleta cargada de colores saturados y agrios que llenan grandes espacios “conflictivos” que, al ser plásticamente resueltos en la oposición de llenos y vacíos y en la estructura compositiva de franjas horizontales, remiten a un paisaje: en este caso, el paisaje interior del hombre. Carlos David se apropia de la pintura para cuestionar e interrogar al mundo, pasando al espectador la posibilidad de autointerrogarse; no es una situación fácil. Su pintura cumple el objetivo.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
