Exposición Individualago 2001 - oct 2001· Por Natalia Gutiérrez

Bernardo Salcedo

Biblioteca Luis Ángel Arango

Con Bernardo Salcedo se comprende que un objeto tan doméstico como una caja sirve para guardar fragmentos de cuerpos, frases institucionales inútiles o serruchos como metáforas de mar. Con sus obras se puede aclarar la importancia que podría tener el arte en un mundo incomprensible, y radica en encontrar una forma simple pero eficaz como una caja, un trípode, un rectángulo como el de un marco o el de una fotografía, o una palabra precisa, para dejar que la complejidad del contexto se manifieste. 

Entrar a la exposición de Bernardo Salcedo era constatar el legado de una época y de una sensibilidad como la del neorrealismo y el pop, legado que consiste en insistir en que los artistas hacen parte del mundo y perciben las cosas que están ahí, sin clasificarlas como banales o trascendentales, y les dan otro uso. En el caso de Salcedo, al unir cosas disímiles hace que se concrete en la mente del espectador una idea, y generalmente esa idea lleva a erosionar la educación, la tradición, la cultura en general, para subrayarla como estática, repetitiva o en desuso. Con esta acción finalmente la exposición de Salcedo acaba demostrando que no hay objetos inútiles, sino que algunos conceptos son los que no sirven para nada, y a través de esa operación su obra es una lección de historia de la cultura, con todas sus contradicciones, que sólo un artista puede hacer porque tiene un pensamiento que evade al poder y permanece en movimiento. 

Exposición Individual: Bernardo Salcedo — imagen 1
Bernardo Salcedo. Fisonomías, 1992.

Bernardo Salcedo nació en Bogotá en 1939. Estudió arquitectura y sociología y fue profesor en varias universidades. Su influencia es reconocida por alumnos suyos como decisiva para romper y ampliar los esquemas que traían desde el colegio. Ha participado en numerosas exposiciones internacionales y su obra es una manifestación de un amplio mundo de referencias. La curadora de la exposición, María Lovino, constata la multiplicidad de ellas, comenzando por los espacios de su infancia, que van desde el depósito de las maletas de su padre, el juego del teatrino, hasta la construcción de escenarios navideños en la iglesia de Bojacá. 

Luego precisa su interés por la arquitectura y el piano, el trabajo como creativo en una agencia de publicidad, y una serie de referencias a la historia del arte que Salcedo ha usado cuando lo ha considerado conveniente y a su modo. Se pueden encontrar cruces con el surrealismo y el dadaísmo, el neorrealismo o el pop, los artistas del Land Art o del Arte Povera, pero insistiendo en una mentalidad de autodidacta que navega libremente por un espacio de fragmentos que el artista ensambla a su manera. La curadora destaca como su principal influencia su conocimiento del cine, que ve reflejada, entre otras cosas, en la edición con un “orden emocional” de muchas de sus obras. 

La exposición en las salas de la Biblioteca Luis Ángel Arango empezaba con Las cajas blancas (1966-1979), que son ensamblajes de objetos en una caja abierta, o un cuadro- caja, sobre la pared. Su contenido no escapa del melodrama que también está en la base de la narración del cine y la televisión, esas dos cajas culturales por excelencia, y en la construcción de las noticias del periódico. La reunión de maniquíes resulta un poco siniestra como una película de suspenso. Beatriz amaba el control de la natalidad es un ensamblaje de huevos y manos de niños. La valija de Lola tiene un atomizador de veneno que sale de una maleta con manos de niños que parecen naufragar. Melodrama en un acto sorprende con una delicada mano femenina que sostiene, de manera precaria, un embudo con una pierna de niño. Instantáneas de la creación es una semblanza del diálogo de las manos de la Capilla Sixtina. Virgen de Bojaca está construido por fragmentos de maniquíes con ojos fijos e inquietantes como los de las esculturas de la Colonia. Huida a Egipto son pies pequeñitos como escapando. El viaje (el enmaletado) es una maleta de viaje con miembros de un cuerpo humano cuidadosamente empacados, basado en una noticia del periódico; un ensamblaje que se anticipa a la historia del país que vendría después. Luego el espectador entraba a una sala circular con La hectárea de heno —1970— en el centro, constituida por 500 sacos de plástico marcados y numerados, con un montón de heno en su interior, que sumadas son una hectárea cultivable. Alrededor se encontraba la serie de las  Cajas elementales, 1969. Su contenido se puede ver a través del vidrio opaco de una de sus caras. Esta sensación difusa permite pensar que la realidad prosaica que está en su interior, como arroz, fríjoles, zapatos y una peluca rubia, que recuerda el asesinato de Sharon Tate, es fácil de olvidar; finalmente, no le interesa a nadie. Pero es aún más incisiva esta percepción en La Caja Agraria y su sucursal, ya que detrás del vidrio no hay sino un montón de paja. Y Minifundio es una caja con tierra, como restos de la erosión. En la historia reciente del país, el hombre agrario parece lejano, nunca resuelto; se intensificó la violencia y se multiplicaron los desplazados. Entonces, la materialización simple y precisa de un artista acaba recordando la verdadera historia. 

Al final de la sala se encontraban las Frases de cajón, 1975, que son cajas de bocadillo de guayaba con frases como "Triunfo total de Colombia", "Bajó el costo de la vida", "Fracasó el paro", y muchas otras; originalmente fueron alrededor de 150. Estas frases se siguen usando hoy; es la misma sintaxis en la construcción de frases, alejadas de la realidad. Esa no correspondencia entre un lenguaje estático y los acontecimientos es lo que en un principio hace reír. Pero estas obras, 30 años después, lo que permiten pensar es que la realidad que hemos vivido en Colombia es una ficción, una mala película. 

En esta misma sala, sobre la pared del fondo, el espectador podía ver de nuevo Los bodegones, 1972, que originalmente fueron vallas de metal con tres grandes letreros: “Un repollo (no hay nada más)”, “En una mesa hay una piña, dos cebollas y se ven dos vasijas”, y “Dos naranjas (solas)”. 

Aquí las palabras toman forma en la mente del espectador, y se refina el trabajo de Salcedo con el lenguaje dentro del espíritu de la década de 1970, que planteó que somos pensados por la cultura en la cual se nace y por el lenguaje que aprendemos. Y esto hace aún más significativas sus lecciones de historia. La primera lección, 1970, son cinco vallas en las cuales el artista borra en el escudo de Colombia los signos que ya no existen y los subraya en el lenguaje: “No hay cóndores, No hay abundancia, No hay libertad, No hay Canal, No hay escudo. No hay patria”. 

Antes de subir al segundo piso, el espectador podía ver los dibujos que son planas de colegio. Los castigos escolares, 1970, repiten, por ejemplo, “el tiempo es oro”. Este método persiste y permite hacer una plana, un poco impaciente, que repite: “No debo pasar la noche en blanco”. Y dibujos con las interminables “Operaciones”, “Cuentas”, “Multiplicaciones”, a los que nos someten las noticias, algunas en forma de calculadora, y las Listas de mercado, protagonistas de la vida cotidiana. Eso no le impide a Salcedo hacer Las notas sobre el cielo, Hojas sobre el mar y Acuarelas a la lata 1976, enfatizando el soporte en las que están hechas. 

Esta incursión por la cultura oficial con sus interminables listas parece llevar Salcedo a aburrirse de tantos estereotipos repetidos y a interesarse en asuntos más serios, como el mar, el cielo y sus metáforas. Los signos estáticos que encuentra los combina con los otros, con el fin de ampliar sus significados. 

Es así como en el segundo piso estaban exhibidas las cajas con serruchos como metáforas de mar o vidrios como lluvia (1983-1985), y las fotografías intervenidas, 1989, que son su mayoría retratos antiguos de personas de las que no se conoce su historia. Salcedo la cuenta a su manera, pegando sobre ellas objetos y relacionando la imagen, guardada en un depósito, con un mundo de ideas más amplio. Una cola de zorro sobre el rostro de una mujer la convierte en zorra, o unas tijeras de podar, en Mirada cortante. Las fotografías institucionales de grupos militares o de universitarios, Salcedo las uniforma aún más, pegando en cada una de sus cabezas semillas, clavos o tornillos. En esta incursión por la metáfora, la madera y los perdigones se convierten en Cielos de plomo, 1986. En Música doblada 1983, un disco de acetato cortado a la mitad sobre un trípode puede tener una mejor existencia en el lenguaje y en el recuerdo que en un almacén de antigüedades. Sus casas de acero minimalistas,1995, en el diálogo con un objeto real, se pueden convertir en Casa por cárcel. La exposición terminaba con una presentación de los proyectos de escultura pública, algunos de los cuales Salcedo ha realizado en Medellín y Bogotá. 

NATALIA GUTIÉRREZ

Bernardo Salcedo, por Natalia Gutiérrez | artnexus