Cerca de su décimo aniversario, Art Chicago 2001 mezcló ofertas conservadoras de galerías tradicionales con un fuerte contingente de nuevas obras más riesgosas. Es una gran feria, sobrecogedora en su amplitud y alcance, y este año un nuevo plan de distribución del espacio dispersó los puestos para lograr una experiencia en la que el ávido espectador del arte pudiera deambular más tranquilamente. Una nueva sección de veinte galerías “internacionales que fueron invitadas” trajeron obras de sitios en los que el arte contemporáneo está recibiendo mucha atención últimamente, como Glasgow, Berlín y Copenhague, y junto con un próspero grupo de galerías de Chicago crearon una atmósfera local/global que se espera sea una buena señal para el futuro de la feria. Los organizadores también le dieron campo a una docena de instalaciones de artistas individuales (como statements, de Basel), que ayudaron a desviar la atención de un comercialismo abrumador hacia una apreciación más balanceada de la ambición artística.

La representación de galerías latinoamericanas ha sido tradicionalmente fuerte en Chicago. Las estrellas de este año fueron Ernesto Neto y Vik Muniz, alimentados por la reciente atención internacional hacia sus obras, evidenciada por una miríada de exposiciones en museos y mucha representación global. Las esculturas misteriosamente sensuales de Neto hechas de pantimedias, y las fotografías de Muniz, de cuadros con referencias a la historia del arte, reelaborados de manera artificiosa, sugieren un uso autorreflexivo del surrealismo, combinando extraños materiales cargados de un contenido psicológico. Esta característica está firmemente arraigada en el compendio del mundo del arte contemporáneo. Latinoamérica ya no es un “otro” (aunque quizás todavía se le explote como tal), sino una parte integral de la mezcla.

Por el lado más conservador, dos galerías de Santiago de Chile presentaron cada una exposiciones individuales de apreciados artistas con una larga historia de exposiciones. La Galería Tomás Andreu exhibió pinturas y esculturas figurativas de Gonzalo Cienfuegos. (Mi favorita fue un perro rechoncho lleno de energía). La Galería AMS Marlborough dedicó su puesto a la obra de Benjamín Lira, un venerable pintor de figuras en paisajes urbanos, reminiscencias de Edouard Vuillard (el artista francés cuya obra se estaba exhibiendo simultáneamente en una exposición postimpresionista en el Instituto de Arte de Chicago). En la Galería El Museo, las esculturas de Jim Amaral presentaban la figura humana atada por la cualidad física del cuerpo, sujeta y cosida a su propia mortalidad.

Por toda la feria había galerías latinoamericanas que presentaron obras que se veían bien, pero que daban qué pensar y que se abren camino por entre estereotipos regionales, a la vez que asumen inquietudes geográficas y políticas. La Galería Camargo Vilaça, de São Paulo, presentó nueva fotografía de Vik Muniz, compuesta de tornillos cuidadosamente colocados, y algunas esculturas de Los Carpinteros. Sobre el piso de su puesto había un tapete de falsas ranas desolladas, una fuerte obra de Lía Menna Barreto que hacía referencia a temas ecológicos en forma desagradable. Yvonamor Palix, de ciudad de México, presentó fotografías del proyecto de Orlan para convertirse a sí misma —por medio de cirugía plástica y Photoshop— en íconos arqueológicos del “Tercer Mundo”, y pinturas de estatuillas de porcelana de Alicia Paz que fueron empleadas para representar identidades culturales de clase y género. Las fotografías de Eduardo Muñoz se hallaban en la Galería Nina Menocal. En estos hermosos grabados multiescalonados, el artista proyectó sobre superficies dentro de su apartamento contemporáneo viejas fotografías tomadas en su juventud; los fotomontajes resultantes son recuerdos que se mantienen vivos, que se hacen presentes de manera inquietante.

La Galería Nara Roesler, de São Paulo, representó al cineasta Arthur Omar con una suntuosa fotografía de un rostro femenino con tres ojos, una entrada a su serie titulada Atropología de un rostro glorioso. Una escultura de formas orgánicas de plástico transparente inflado contenida dentro de un marco de madera, elaborada por Ricardo Ribenboim llenaba su puesto, como un virus contaminante, retenido, pero reproduciéndose incesantemente para ocupar un espacio.
En forma similar, Alfredo Gavaldón acumuló esos pequeños rótulos plásticos de nylon empleados para colocarles el precio a los artículos, hasta formar blancos campos minimalistas de texturas y movimiento implícito. Sus obras se podían ver en la Galería de Arte Mexicano, de Chapultepec, junto con un gallardete de Edgar Orlaineta que representaba Objetos de deseo, como una Leica nueva y unas sandalias de piel artificial de leopardo de Dolce & Gabbana.

Diana Lowenstein Fine Arts, de Miami, presentó una variada selección de obras de artistas argentinos. Las coloridas fotografías de Raúl La Cava de carpas de circo enrolladas y dejadas sobre el prado listas para ser empacadas para un viaje parecían hacer referencia a la naturaleza móvil de la cultura —la cultura del circo sustituyendo al arte sofisticado— y a las insaciables ansias de entretenimiento que tenemos.
La Galería George Adams había colgado una obra sobre papel de José Bedia, que era una crucifixión y a la vez un esqueleto del Día de los Muertos, y Lisa Sette, de Nueva York, tenía una mordaz pieza de José Toirac, Gray Series (Che), una mancha al estilo de Gerhard Richter de nuestro ídolo latinoamericano más inquieto y reverenciado. Brent Sikemma representó a Arturo Herrera con un tapiz de pared de fieltro negro que actualiza el agobiado minimalismo de Robert Morris, con una alegre representación disneyesca de un sincero gesto expresionista abstracto. Y en una exagerada y espectacular representación, Annina Nosei presentó una hilera de bustos elaborados por Federico Uribe, torsos sin cabeza formados por filas de pequeños objetos mundanos repetidos interminablemente, como monedas de cobre y tornillos de acero acumulados sobre armaduras, erizados objetos de destreza física que hacen referencia al humanismo de las estatuas griegas y a lo burdo del consumismo capitalista. Christopher Grimes, de Los Angeles, presentó una escultura para piso, de Tunga, que abarcaba muchas de las inquietudes alquimistas de este artista: calderos y limaduras de hierro imantados se convierten en compañeros sexuales asociados para crear nuevos universos estéticos.

Las pinturas del argentino Marcelo Pombo, también en Grimes, mezclaban una tradición paisajística inexpresiva con una pintura estampada casi alucinógena que comparte con el arte Pop una agradable sensibilidad visceral. Jacob Carpio, de Costa Rica, representó a Priscilla Monge, cuyas fotografías de un balón de fútbol hecho de toallas higiénicas femeninas y cuero negro confunden de manera mordaz los estereotipos masculinos y femeninos. Las fotografías de Monge de su performance, en la que lleva puesto un traje elaborado con productos higiénicos para mujeres —algunos de los cuales tienen la marca roja de la sangre de la menstruación— describen sucintamente la vergüenza que la naturaleza femenina inscribe en el cuerpo de las mujeres.
Elba Benítez, de Madrid, presentó una escultura muy erótica de Ernesto Neto, con un consolador escultural muy grande, una parodia expresionista abstracta de Vik Muniz, y grandes cucharas de José Antonio Hernández-Diez, que combinan la camaradería de la mesa del comedor con el comercio de la cocaína.

La Galería Enrique Guerrero, de ciudad de México, mostró la muy problemática obra de Santiago Sierra, quien contrató para la serie expuesta a drogadictos y prostitutas para que les tatuaran una línea horizontal en la espalda, de modo que al ponerlos en fila, los sujetos/empleados formaran una pieza estéticamente coherente, como un paisaje. Esta obra trata de la manipulación de su sujeto por parte del artista, a la vez que refleja las fuerzas sociales que insisten en la conformidad de la conducta, la apariencia y el pensamiento. El proyecto de Sierra, como en la serie de la masturbación que se vio en Art Miami el año pasado, aísla los privilegios del voyeurismo del espectador de arte, quien entonces es testigo del trabajo del artista y de su sujeto. Es como el sexo. Guerrero también presentó caricaturas de Fabián Ugalde que confunden la simplista y directa naturaleza de la ilustración gráfica exagerando el contenido sexual subyacente para hacer comentarios sociales completamente ambiguos.
Art Chicago, en conjunto, es un lugar exquisito para la ambigüedad y la manipulación, un lugar próspero para el futuro del mercado del arte.
KATHRYN HIXSON
Editora de New Art Examiner.

