En París existen alrededor de 800 galerías. El mercado del arte ha conocido fracasos en la capital durante los últimos veinte años y la situación sigue siendo precaria para la mayoría de las galerías. Entre ellas, apenas 50 viven un período de auge y gozan de prestigio internacional. Sólo éstas disponen de los recursos económicos para exhibir artistas poco conocidos en Francia o aquellos que tienen un aura internacional, participando en ferias importantes.
La desmaterialización de la creación artística, las instalaciones de gran envergadura, los encargos de museos, la generalización de grandes proyectos artísticos, los formatos gigantes representan parámetros que progresivamente han desplazado la función de la galería, obligándola a recentrarse y revisar su política de difusión y venta. El artista se orienta cada vez más hacia la institución que, por lo menos en Francia, le encarga creaciones que más tarde puedan ser integradas al patrimonio nacional. El encargo le permite también una enorme libertad de creación, al no enfrentar los límites del espacio, los de gustar o no al público, así como los de la comerciabilidad. Toda una nueva generación de artistas se halla actualmente en Francia preocupada por estas nuevas condiciones de creación.

Sin embargo, estos cambios no se han realizado sin dolor para la creación pictórica. Es un hecho que las ideas preconcebidas del Estado (Ministerio de Cultura), en alianza con las de los críticos más notorios, han relegado la pintura a un segundo plano. Algunos artistas franceses como Valérie Belin (en Berlín) o Isabelle Champion-Métadier (en Nueva York) han optado por trabajar en el extranjero, donde la pintura sigue siendo acogida de manera satisfactoria.
En este clima difícil, se debe saludar el coraje de una galería recientemente inaugurada en París, en noviembre de 2000, con ocasión del Mes de la Fotografía, por la colombiana Tatiana Villegas (crítica de arte y curadora) y la venezolana Liliane Zafrani. Situada en el corazón del barrio del Marais, en el centro histórico de la capital, el Espacio Meyer-Zafra aspira a reforzar los viejos vínculos con el mundo del arte latino-americano y su difusión en Europa. Si bien su proyecto se centra sobre todo en el arte contemporáneo, la galería pretende desarrollar la difusión de la fotografía internacional en un perímetro promisorio, porque en él se halla la primera galería consagrada a la fotografía (Agathe Gaillard) y el nuevo y prestigioso Museo Europeo de Fotografía.
Para su tercera muestra, las galeristas decidieron exhibir al pintor mexicano Alberto Ramírez. La obra de Alberto Ramírez se ha transformado considerablemente desde su llegada a Francia en 1983. Artista solitario, heredero de las resplandecientes trayectorias de Rufino Tamayo y Francisco Toledo, ha sabido liberarse de las tradiciones y romper con la imaginería animalista y descriptiva en boga en Oaxaca. Lejos de adoptar una iconografía urbana, Alberto Ramírez intenta desde hace años crear un lenguaje propio, logrando una relativa independencia pictórica. La frecuentación de la urbanidad parisina y el gris permanente del cielo, la dificultad para exhibir pintura, no han sido determinantes para él y no han estropeado el apasionado virtuosismo con el que continúa combinando dibujo, materia y color. Al cabo de años de intensa creación (exposiciones en la Casa Lamm de México) ha sabido conservar su relación física, carnal y sensual con la materia; su placer de desafiar el espacio de la tela; su sentido del color y su interés por la forma, así como su curiosidad narrativa, confirmando su determinación de pintar para expresar este “entre dos” cultural y afectivo, que define su condición desde que se instaló en Francia.
La exposición presenta diversos pequeños formatos en la vena, casi “clásica”, de los ejercicios formales que controla perfectamente, y sobre todo, dos grandes lienzos que abren y cierran la exposición. Estos últimos atestiguan las preocupaciones recientes de Ramírez y la orientación adoptada por el pintor, al hacer nuevas propuestas plásticas y espaciales. La tela (Sin título, técnica mixta, 195 x 130 cm, 2000) introduce el collage y otros materiales, como tejidos, papeles pintados y pintura. La textura ya no tiene el seductor aterciopelado de la arena, de pigmentos resplandecientes y de oropeles que capturan la luz. Nos hallamos en una imagen diferente del espacio, menos densa, en una ligereza y transparencia del color controlado por diversos materiales pegados sobre el soporte. El acento se pone menos sobre el color que sobre el esquema formal o la estructura interna de la composición. Alberto Ramírez se halla en un proceso de transición conceptual y las nuevas perspectivas plásticas que se forman, sin ninguna duda abrirán al artista otros horizontes. Estos deberían permitirle tomar definitivamente distancias con el “realismo mágico” a la manera de los artistas de Oaxaca, actualmente un tanto desnaturalizado por sus excesos mercantiles.
CHRISTINE FRÉROT
