Galería Espacio Alterno La historia de la gráfica en Colombia está estrechamente asociada a la actividad de Umberto Giangrandi, quien nació en Italia y se radicó en Bogotá desde 1966, donde ha vivido hasta el presente. En 1967 se vinculó como profesor al departamento de Bellas Artes de la Universidad Nacional y al año siguiente fundó en la Universidad de los Andes el Taller de grabado; esta disciplina, acorde con las necesidades del arte del momento que buscaba un lenguaje altamente expresivo y una difusión amplia, se convierte en una línea de especialización.
La obra de Giangrandi se caracteriza por una figuración expresiva y directa, que en ocasiones recurre a la fuerza expresiva del color, otras veces a la línea incisiva del aguafuerte y los tonos oscuros de la aguatinta, medios con los que registra su entorno inmediato.

Los rasgos de su obra precedente se pueden reconocer en la muestra exhibida a fines del año pasado, en la Galería Espacio Alterno, titulada Cuerpo es x cenario, conformada por una serie de pinturas sobre papel y otra de obra gráfica producidas en los últimos años. En las pinturas, Giangrandi dirige su mirada a espacios interiores, espacios cerrados, en los que, como anota Raúl Cristancho, se hace evidente que “su obra transita desde el espacio social hacia el espacio privado donde transcurren los grandes dramas del individuo". Luego agrega: “Es allí donde el erotismo, la locura y las pasiones humanas tienen lugar. No es un intimismo burgués plácido y contemplativo; el suyo es dramático, claustrofóbico y decididamente marginal”1. Evidentemente, en esta serie de pinturas que tienen un formato de 61 x 91 cm, las escenas enfocan momentos diversos, en los que figuras solas o en grupo realizan sus ritos personales, íntimos y privados, en unas atmósferas densas y oscuras que, por una parte, están cargadas de un cierto lirismo cromático y, por otra, del elemento dramático y claustrofóbico al que aludíamos anteriormente. Esta densidad ya estaba presente en algunas obras de La doce, en las que, por ejemplo, un hombre vestido con un corsé y medias de mujer exhibe su ambivalencia sexual ante un espejo y ante el espectador, provocando en éste un choque directo y brutal.
Ese espejo vuelve a aparecer una y otra vez en su obra reciente capturando casi siempre la imagen de un cuerpo de mujer que en cada pintura adopta actitudes diferentes, pero algo que llama la atención en estas escenas íntimas es el refinamiento del color: líneas delgadas cargadas de pigmento se encargan de iluminar estas atmósferas oscuras y densas en las que priman los violetas, los verdes y los azules, de manera que toques de rosa o amarillo dotan a estos ambientes de una luz particular que otorga un lirismo melancólico y conmovedor que está acorde con sus intenciones actuales. Sus pinturas, que se originan a partir de un monotipo que imprime el papel, se encuentran vinculadas a la lectura de algunos textos de Lacan que abordan desde el psicoanálisis el tema de la pérdida. Esta perspectiva psicoanalítica lo aparta del lenguaje directo de sus series anteriores, para sumergirlo en un ámbito relacionado con lo inconsciente que, más que señalar, sugiere, y de allí la efectividad del color que se observa, por ejemplo, en la única pintura desprovista de presencia humana. En ésta, la mirada se proyecta sobre el piso de una habitación; una línea y un objeto geométrico señalan la presencia de la pared; un par de objetos dispuestos sobre el piso capturan el interés, cada uno proyecta su propia sombra, y en medio de esta composición silenciosa, que de alguna manera nos hace pensar en Chirico, los colores, rosas, lilas, azules y violetas sugieren una atmósfera inquietante y solitaria.
Otro elemento importante de esta serie de pinturas es el uso reiterado de palabras que aluden, como ya dijimos, a la noción de pérdida. Al respecto, Ivonne Pini comenta: "Partiendo de los textos de Lacan sobre el cuerpo —Giangrandi— recoge palabras que refieren, en quien lo experimenta, a la noción de residuo y despojamiento. Esos términos son placenta, que es la primera pérdida, luego las heces, el destete que supone el abandono del seno y por último la mirada y la voz que quedan a veces como únicos referentes del recuerdo"2. Esta noción de pérdida, que en el caso de Lacan alude a las distintas fases del individuo, es asociada por Giangrandi a la situación de este país en el que él habita y que desde hace tanto tiempo se encuentra golpeado por la violencia y la muerte. Esta relación entre imagen y palabra, que se hace explícita también en el título de la muestra, es reiterada en el catálogo en el que sobre cada imagen se coloca un poema de Luz Ángela Caldas con quien ya, en 1994, habían editado en el taller de Giangrandi un libro conjunto de poemas y grabados.
En la muestra se podían observar algunos trabajos gráficos realizados en técnicas tradicionales pero que revelan nuevas facetas de su trabajo en los que se evidencia un trabajo más delicado e intimista que contrasta con la fuerza expresiva y directa de su obra inicial. Otros fueron realizados en la facultad de artes de la Universidad Pau Gargallo en Barcelona, donde Giangrandi realizó un postgrado intensivo en torno a la imagen digital y a los procedimientos ecológicos del grabado que se apartan del uso de sustancias contaminantes. Estos últimos presentaban escenas urbanas conformadas por imágenes fotográficas en las que se puede observar un aspecto experimental de su trabajo, en el que el escenario urbano sigue siendo una constante que permanece y que ahora se presenta a través de una imagen fragmentada compuesta de detalles que hablan de una calle, una acera, unas rejas, dando cuenta del entorno urbano a través de una percepción móvil. El hombre y su entorno, el cuerpo y el lugar, conocen en esta serie otra mirada y una nueva forma de pensamiento y tratamiento que dan cuenta de la versatilidad de este maestro que divulgó la práctica del grabado en nuestro medio.
NOTAS
1. Raúl Cristancho, “Umberto Giangrandi: el espacio actuante’’, en el catálogo de la muestra.
2. Ivonne Pini, en el mismo catálogo.
MARTHA RODRÍGUEZ
