Museo Rufino Tamayo Las escenas de violencia doméstica generalmente son el material predilecto de los periódicos amarillistas. El rico contenido de morbo, lujuria y vicio enmarcan los encabezados: un padre de familia tortura a sus hijos mientras golpea a su mujer; el padre borracho que mata a su mujer en un arranque de celos, para después suicidarse; o la madre, desesperada ante el abandono y la soledad, apaga su cigarro sobre la espalda del bebé que no dejaba de chillar. Estos crueles episodios de la vida diaria nos repugnan, a la vez que atraen en su fatídica agresividad.
Rosana Palazyan (Río de Janeiro,1963) retrata distintos ejemplos de escenas en las que el común denominador es el abuso en contra de los niños (y niñas, como se dice en la actual administración de democracia foxista). Infantes engañados, convencidos, golpeados, violados y después despedazados son el imaginario iconográfico de la artista brasileña, quien confronta al espectador con un aura de aparente pureza e inocencia.

Me refiero en particular a la técnica que Palazyan ha elegido para la elaboración de sus escabrosas piezas: el fino bordado en hilo de algodón y nylon sobre telas de algodón, seda o satín. Las imágenes que la artista borda sobre sus tejidos aparecen en forma de historietas sin ningún detalle especialmente tenebroso que llame la atención, excepto cuando el espectador se percata de que debe leer los íconos presentes y percatarse de que es cómplice de una desangradora narración en la que el destino fatal del infante es una ineludible e irremediable constante.
En la instalación titulada Cajita de música, se penetra en una blanca habitación rodeada por un listón rosa claro que decora la pared a manera de cenefa, solamente interrumpida por unas ventanas decorativas, y mientras damos cuerda a una cajita de música con una canción de cuna, nos adentramos en una descorazonadora historieta de una niña desde que nace, se alimenta del pecho de la madre, gatea, duerme, es golpeada, violada y finalmente embarazada, mientras el padre bebe de una botella, primero al margen de las actividades de la niña, y después siendo el protagonista de la infernal escena incestuosa.
En la siguiente habitación, se exhiben tres modelos a pequeña escala de máquinas de pinball, donde se retratan distintas historias en las que, una vez más, los infantes son las víctimas del abuso autoritario de los mayores. En los primeros dos casos, los niños mueren a consecuencia de una balacera; en la tercera máquina se narran los episodios de un grupo de niños que asisten a la escuela, juegan, por alguna razón son llamados por el director, quien los regaña, castiga, golpea, viola y después mata.
Antes de entrar a la tercera sala, un monitor presenta el video de otras piezas de Rosana Palazyan, en el que se muestra más detenidamente el proceso laborioso del bordado sobre las telas, y algunos ejemplos de obras anteriores de la artista, como pañuelos o calzones de niños con distintas escenas bordadas, otra vez aludiendo al tema de la violencia. En otros ejemplos, muñecos de tela escenifican —como si se tratara de la maqueta de una puesta en escena episodios de una guerra intrafamiliar.
La última instalación se titula Recuerdos de primera comunión, conformada por una manta en satín sobre el piso, que dirige a un reclinatorio con colchones forrados en tela y bordados con cruentas historias de una violación a un niño por parte del cura que lo instruye en el catecismo. Los padres de familia entregan diligentemente a su hijo al cura, quien, después de adoctrinarlo e instruirle algunos principios, convence al infante de ser atacado y violado, para después ser entregado a sus padres, que ignoran-tes del infortunio de su hijo, agradecen al cura por la lección del día.
La técnica del bordado fue rescatada a mediados de la década de 1970 del ámbito meramente doméstico, e incluida como una forma válida dentro de las piezas de arte culto; sin embargo, siempre se le ha asociado como una técnica “sumamente femenina”, y su laboriosidad está confinada a la representación de elementos decorativos. La fuerza de la obra de Palazyan no radica únicamente en la excelsa destreza que muestra en los bordados, sino en la descontextualización de motivos aparentemente ornamentales, pero con un contenido escalofriante.
LUZ MARÍA SEPÚLVEDA
