Exposición Individualabr 2001 - jun 2001· Por Christine Frérot

Ricardo Brey

Crestet Centre D'Art

Rodeado por colinas boscosas que dominan el pueblo medieval de Vaison-la-Romaine, en las cercanías de Avignon, el Centro de Arte Le Crestet se ha establecido en una casa modernista, construido para el escultor francés François Stahly entre 1969 y 1971. Se trata de una casa-taller que se volvió centro de arte, gracias a la instigación de Jacques Leenhardt, y que ahora es propiedad del Ministerio de Cultura. Su vocación es difundir el arte contemporáneo en la región, organizar la acogida y la sensibilización de los visitantes a todos los proyectos multidisciplinarios que tengan como base la relación entre el arte y la naturaleza. El proyecto artístico del Centro de Arte de Crestet responde a la peculiaridad de su ubicación, al edificio que lo acoge y a su implantación en territorio rural y mediterráneo. Desde su inauguración oficial en 1993, el Crestet ha recibido y confrontado las miradas, las ideas y las creaciones entrecruzadas de músicos, paisajistas, coreógrafos, filósofos, escritores, videastas y sociólogos, pero también las de artistas llegados de todos los horizontes, tanto geográficos como estéticos. 

Exposición Individual: Ricardo Brey — imagen 1
Ricardo Brey. Signos en el polvo, 2000. Instalación con vidrio, cartón y peluche. 180 x 140 x 100 cm.

En el marco de una política de apertura dinámica a la creación multidisciplinaria, el Crestet invita cada año a un artista en residencia, para que trabaje en un espacio excepcional, en el que la inspiración del sitio y la flora, así como la historia del lugar y su geografía, pueden nutrir, en grados diferentes, un proyecto y su realización, con la finalidad de exponer en el Centro. 

El artista cubano Ricardo Brey, instalado desde 1991 en la ciudad belga de Gand, fue invitado por el Centro durante el verano de 2000 a trabajar in situ y a exponer sus dibujos, instalaciones y objetos en una construcción que, gracias a la proporción de sus volúmenes y a su relación con la naturaleza, aparece como una verdadera obra de arte. La mayoría de las obras expuestas había sido realizada en el Crestet. 

El lugar posee una fuerza mágica: luz, espacio, pureza, silencio. Sorprende, interroga y envuelve. Lo mismo sucede con el trabajo de Ricardo Brey, siempre diferente, atravesado invariablemente por una reflexión en la que se entreteje un imaginario en cuestión, desbordando una curiosidad insaciable por las culturas, sus signos, sus memorias y sus intercambios. El tema escogido para su residencia fue la noción actual de “salvaje”. En torno a ella, Brey ha recogido, acumulado y construido, utilizando materiales naturales como hojas, ramas y tierra. Pero también objetos buscados o encontrados: un ventilador, hebras de piel de león, huevos de avestruz, guantes, botones, un tapiz o una partitura, pigmentos, pan de oro. Se trata de un inestable equilibrio del imposible, en el que el artista propone diversas metáforas de la cotidianidad, operando transgresiones y sobreposiciones, y declinando los objetos a la manera de notas musicales: orden y desorden presiden su poesía visual. 

El dibujo constituye el hilo conductor de este desfasamiento que es también confrontación entre “naturaleza” y “razón”, entre “salvaje” y “cultural”; forma una estructura invisible que permite al artista ir hasta las “fuentes” de su relación con el mundo. El dibujo es el camino y la carne de toda su interrogación. Los trabajos presentados, tanto en la planta baja como en el primer piso, confrontan lo irrisorio o lo relativo. En cierta manera, ellos aparecen como una arqueología personal de lo “crudo” y lo “cocido”, inspirada por el lugar y su historia, en la que interfieren el propio destino y la cultura del artista. 

La obra expuesta conjuga un conjunto de signos que construyen una forma de ofrendas o altares. Ricardo Brey invoca el tiempo, el espacio, el amor a la música, a través de una cotidianidad trascendida pero inútil (botones, una frazada gastada, viejos guantes, una almohada usada), en una “oración” plástica en la que también se oponen lo interior y lo exterior, lo íntimo y lo público, lo privado y lo colectivo. En las salas de la planta baja, uno se halla en presencia de tres importantes instalaciones y de diferentes objetos y trabajos en papel. En primer lugar, en Signs in the dust, 2000 (Signos en el polvo), el artista representa, en una caja de vidrio, una vieja piel de león de peluche, recostado sobre una almohada igualmente envejecida. El rey de la selva, símbolo de la omnipotencia, se halla vencido y desprovisto de su sustancia, reducido a ser la sombra de sí mismo. El mito (referencia a la leyenda del león de Tarascón, localidad vecina) es cuestionado, el emblema mítico resquebrajado. La historia ha quedado superada, a pesar de que el pequeño ventilador aporta todavía un ligero soplo de vida a lo que queda del rey de los animales. 

Con una partitura sobre piano mecánico (“Fausto”), algunos botones y perlas, Brey ha “dibujado” en el espacio Rag-a-time (2000), una “escultura” aérea y “musical” instalada en el muro. Gracias a la súbita complicidad del azar, uno imagina una especie de insecto haciendo eco a un verdadero saltamontes gigante (símbolo sonoro de la Provenza), pegado en el inmenso ventanal de la sala. En Untitled (2000), Brey ha dispuesto una manguera roja, como la que utilizan los bomberos, como si fuera una serpiente sobre un viejo tapiz. Durante su estadía en Crestet, cada día se le cambiaba de lugar. El fuego amenaza al bosque, y con esta amenaza Brey evoca la relación entre la permanencia y la inestabilidad de las cosas y los lugares. Máscaras y tótems, (cascos de motociclista y perlas), realizados algunos años antes, son testigos y juegos de la confluencia fugaz e inédita de las culturas. 

La tercera instalación, denominada Nest, es el corazón viviente de la exposición. Constituye su eje espiritual, estético y conceptual. Ella alude a la naturaleza provenzal y al jazz (homenaje a Charlie Parker), que Brey cita con frecuencia. Conformado por ramajes secos dispuestos en círculo cóncavo, por un saxofón, un viejo abrigo, huevos rotos y fragmentos de vajilla, el “nido” está acompañado de un pequeño tronco de árbol, a la manera de un pene plantado a su lado y rematado por un huevo de avestruz, blanco, intacto y liso. Uno se siente regresando a su propio punto de partida, envuelto en un vértigo intemporal. Si hay serenidad y espiritualidad en esta búsqueda, hay que buscarlas en la vida misma interrogada por el artista más que en sus propios orígenes, Cuba, África (Nigeria, Yoruba), España. 

Sus intervenciones sobre papel mezclan dibujos de piedras, huesos, tierra, arena y pelos de animales. Son clichés antropométricos agrandados que el artista toma como soporte y como “fondo” y sobre los cuales imprime sus marcas. Aquí, en este lugar aislado, no hay más huellas del hombre. Existen la naturaleza y la materia, todopoderosas. Brey elabora un inventario maculado, manchado, que preside el origen físico de toda creación. 

En la planta alta, dos obras: una instalación, Untitled (1997), presenta una “escultura” de forma fálica o totémica, conformada por el amontonamiento vertical de guantes, nuevos y usados. Black cross (2000) es otra intervención sobre papel, con hueso, tinta, tierra y materia, en la que Brey ha optado por dibujar una cruz negra. 

En este lugar monacal impregnado por las interferencias del día y de la noche, del negro y del blanco, del interior y del exterior, Brey, atraído por los filósofos orientales, podría hablarnos también de las oposiciones existenciales generadas simbólicamente por el yin y el yang. En la confrontación que propone, nada es anodino; todo tiene valor y sentido. En este mundo de homenaje a la memoria, Brey se halla lejos de la anécdota. Está en el presente, en la vivencia. Para vivir. No se interesa en la brevedad de las cosas, sino en su valor constante de eternidad. Brey filosofa sobre la inmanencia, sobre el nacimiento y la vida. Su obra es más apretada, más depurada que los destellos un tanto “violentos” que nos presentó en la Documenta de Kassel o en la Bienal de São Paulo. En todo caso, es mucho menos oscura. Es una oda a la vida, a los mitos, a la música, a los entrecruzamientos. ¿Será quizás la serena belleza del lugar la que lo transforma y pacífica? 

CHRISTINE FRÉROT

Ricardo Brey, por Christine Frérot | artnexus