Remo Bianchedi (Buenos Aires, 1950) es una figura clave del arte argentino de la década de 1980. En esa década su obra, como la de otros artistas de su generación, marcó un decidido regreso a la pintura, el cual se ejercitaba en otras latitudes. La sensorialidad pictórica, el gran tamaño, el volver a ensuciarse las manos, fueron las claves del programa de acción de un grupo de jóvenes emergentes dispuestos interrumpir la continuidad de la desmaterialización conceptualista que caracterizó a una gran parte del arte de las décadas de 1960 y 1970.
Pero Bianchedi no sólo contó con sus infalibles dotes de pintor. Desde la pintura, desarrolló un pensamiento brillante sobre aspectos que tradicionalmente la definen y que también fueron tratados por los asépticos conceptualistas. Cuestionó la idea de autoría realizando, con algunos de sus colegas, pinturas “a cuatro manos”. Representó críticamente temas conectados con la génesis de la obra, como el de la originalidad. Reveló entonces la admiración y la influencia de diferentes artistas, entre otros, Malevich y Alberto Greco. Polemizó también sobre la noción de obra terminada, confundiendo muchas veces el boceto y el trabajo final, la obra “menor” y la “mayor”.

Esas cuestiones deconstructivas, reveladoras de un proceso de producción, tuvieron tanta importancia en su obra como las concernientes a la problemática de la existencia humana. La muerte, la angustia y la soledad tomaron cuerpo en muchas de sus series. Asimismo, en más de una ocasión, la crítica implacable a la intolerancia y a la injusticia social fue un importante eje temático.
La serie Los inocentes, exhibida en el amplio espacio de tres salas contiguas de la Fundación F. J. Klemm , contó con un referente concreto: la Argentina del año 2000. Los inocentes, que Bianchedi antes vio en el Holocausto o en los desaparecidos durante las dictaduras militares latinoamericanas, fueron esta vez “los jóvenes vulnerables a la desocupación, a la pobreza, a la violencia y a su consecuente exclusión de la estructura social”. Porque él cree, recordando a Bruce Nauman, que “dibujar es equivalente a pensar”, e intenta generar, con su nueva serie, “una corriente de responsabilidad de opinión y de acción” a favor de los jóvenes socialmente desprotegidos.
Las 50 obras expuestas representaban otros tantos cuerpos heridos, quebrados, evanescentes, que padecían distintas posiciones (parada, acostada, cabeza abajo). Todos los trabajos—de técnica mixta, realizados sobre papeles de gran tamaño—requerían una lectura atenta, detenida. Sucede que Bianchedi siempre parece querer decir algo más de lo que supuestamente dice. Si bien deja pistas, no es fácil resolver los enigmas planteados. ¿Por qué hay pisadas que ensucian la superficie blanca del papel? ¿Sólo indican que alguien (el artista) estuvo allí o son también elocuente signo de autoviolencia?. Otro enigma a resolver es el de las enormes fechas que indican el día exacto en que ha sido realizada cada obra. ¿Por qué los números chorrean pintura? Quizás nos estén diciendo que el arte, para cumplir con su destino, no puede sino acompañar el sufrimiento humano, “desangrándose” al igual que los cuerpos heridos de los inocentes de hoy.
Un aspecto digno de atención es la relación que guardan las figuras con los textos, de cuidada caligrafía, que las acompañan. En muchos trabajos de la serie Los inocentes, al igual que en otros anteriores, Bianchedi dialoga con un alter ego o amigo imaginario, de nombre Max. “Qué hecho es (determina) un cuerpo, Max”. El autor —o alguien desde el cuadro— hace la pregunta. Pero Max no responde. Al menos no lo hace directamente. Quizás lo haga a través del giro receptivo del lector, un elemento crucial en estas obras, concebidas como un work progress inacabado, en permanente realización.
Días antes de inaugurada la muestra, Bianchedi hizo llegar un pequeño libro de inteligentes reflexiones, tan poético como irónico, en el que continuaba su diálogo con Max. Con el título de Max y la bestia, funcionó como comienzo virtual de la exposición. “Las cosas pasan Max porque algo antes”, dice una de las cortas frases que componen el texto. De alguna manera, el libro fue ese “algo antes” de la muestra. Podríamos deducir que el “después” estaría en cada nuevo receptor que decidiera tomar parte del juego (serio) de Bianchedi-Max.
Agreguemos, para concluir, que Bianchedi no sólo se ha limitado a mostrar las heridas sociales en el mundo de hoy. También ha concebido y concretado programas de acción para luchar contra la injusticia y la desesperanza. Guiado por el concepto ampliado de arte de su maestro Joseph Beuys, creó la Fundación Nautilus y el Taller de Diseño y Oficios en La Cumbre, localidad de la provincia de Córdoba, en el centro de Argentina. Allí, un grupo de jóvenes, liderados por el “maestro” Bianchedi, presta servicios comunitarios recuperando la capacidad creativa del trabajo. Todos asumen que el arte puede llegar a ser un vehículo de concientización y de transformación social. No más una “bella inutilidad”, sino un trabajo integrado al trabajo en general.
ELENA OLIVERAS
