Exposición Individualabr 2001 - jun 2001· Por Marianne De Tolentino

Ramón Oviedo

Museo de Arte Moderno

Visitar el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo es hoy un deleite. Hace años que no se había realizado una museografía de tanto nivel y actualidad, excelente del sótano al tercer piso, con una obvia preocupación por el realce de las obras en los espacios museales, por el uso de la información y la tipografía. 

En el área abierta de la tercera planta, la exposición individual de Ramón Oviedo impone su riqueza y la facultad de renovación que manifiesta este maestro. Una labor de equipo entre el Museo de Arte Moderno y la Fundación Oviedo ha distribuido pinturas y dibujos, según un criterio que invita a descubrir, valorar y disfrutar. 

Exposición Individual: Ramón Oviedo — imagen 1
Ramón Oviedo. Habitantes del silencio, 2000. Técnica mixta sobre lienzo. 120 x 90 cm.

Los cuadros respiran, señalan pausas, siguen un circuito “natural” entre cronología y aspectos adrede destacados. Así, los “paréntesis” de los autorretratos —un testimonio de virtuosismo en distintos estilos— y del espléndido rincón de los dibujos demuestran la profesionalidad y la inteligencia museográficas. El visitante, ante una antología que parte de 1996 y llega a noviembre de 2000, inducido por notas biográficas y analíticas, quisiera conocer lo que sucedió antes. 

La pintura de Ramón Oviedo es, pues, un desafío permanente. Cuando ya creemos haber debatido, descifrado, descodificado la obra presente, él habrá iniciado una etapa que provoca otras reflexiones. Hay en su personalidad un caudal inagotable, lo que llamamos fenómeno Oviedo, una capacidad de autorrenovación compulsiva, excepcional entre los artistas de su generación. 

 Hasta en una misma obra, el artista trabaja y retrabaja el soporte a su guisa, cambia estilo y factura, acumula lo aleatorio y lo premeditado. Puede pintar un cuadro por encima del primero, especie de arqueología pictórica a la manera de civilizaciones sepultadas. Sólo Ramón Oviedo sabe lo que oculta la “forma” recién surgida y qué “forma” yacente reposa en el lienzo, pasmada debajo de una nueva turbulencia. 

El dominio técnico y la habilidad del creador permiten esa libertad total. Comprobamos todavía una mayor soltura, de Persistencia evolutiva de la forma en la materia —parte de este período, iniciado en 1994, expuesto en el MAM— a Fábula mutante. Ahora, él juega con las disonancias y la cacofonía, la espontaneidad y el gesto, la provocación y los disturbios. Pero las energías aparentemente desbocadas culminan en el control perfecto de la buena pintura. Esto lo logra un virtuoso del pigmento, de las mezclas, del cromatismo. 

Mordaz, violento aún, Ramón Oviedo ya no tiene que presentar ni representar. La obra en sí basta. La fábula se ha adueñado del acto de pintar, orquestando valores y colores sobre la tela. Es su historia y moraleja, despidiendo la dimensión narrativa y sustituyéndola por una desconcertante sintaxis visual. 

 Ramón Oviedo ha afirmado que él se consideraba un pintor figurativo y que la abstracción sencillamente no le interesaba. Él era sincero y consecuente con la historia. Cuando él descolló profesionalmente, se libraban las luchas populares, se cuestionaban las colonizaciones, ardía el fragor de los movimientos políticos y sociales. Dibujó y pintó la miseria, la protesta, la insurrección, linchó con lápiz y pincel la dictadura. 

Así mismo, el período siguiente de las introspecciones, angustias y preguntas sobre el destino, y más tarde esa especie de era trascendental que lanzaba la condición humana por los espacios siderales, demandaban puntos de referencia. Había una gran coherencia entre los símbolos y su transcripción, entre el significado y los significantes (recordando a los lingüistas). 

Aunque los problemas subsisten y que otros se les han sumado, las coyunturas y el arte han cambiado. Los medios, los esquemas, las expresiones han cambiado, Ramón Oviedo ha cambiado. Llegado a la cumbre de la madurez, ha mantenido igual coherencia en la mutación de su expresionismo que, desde la década de 1990, explora nuevas posibilidades y se encamina hacia la pintura pura. Lo formidable es que esa depuración semántica no deja de estremecer y transmitir la inconformidad: sigue insurrecta la Fábula mutante. 

El dinamismo interior ha incrementado las preocupaciones metafísicas, y particularmente la “eternidad” —elemento predilecto de los actuales títulos—, que podríamos interpretar como la dimensión suprema del tiempo, Después de aquí nada, pues las palabras-- Oviedo es un hombre de palabra y de palabras—, en sus títulos, excepcionalmente en un cuadro o en las paredes del taller, adquieren una significación especial, a la manera de los poetas. 

Una se repite, acompañada de un adjetivo o un complemento de nombre, en las etapas expuestas (la más reciente comenzó en el umbral del año 2000). Es la “forma”. No se trata sencillamente de un módulo, un contorno o una relación con el fondo. Entendemos esas formas sucesivas que ameritarían un estudio lexical, emparentadas y distintas, como un sinónimo de mundo. El mundo de Oviedo se autocalifica de “ignoto”, “voraz”, “a la deriva”, “protuberante”, “antitiempo”, “en transición”, “confuso”, “atrapado”, “en extinción”, “molécula precipitada” y, por supuesto, en “persistencia evolutiva”. Para formas sin límites, los títulos, a veces sorprendentes, revelan tanto al explorador como al mago, que ciertamente cultiva un “jardín fecundo” (así se llama un dibujo). 

Mundo, formas, obras, la historia de Ramón Oviedo continúa. 

MARIANNE DE TOLENTINO

Ramón Oviedo, por Marianne De Tolentino | artnexus