Exposición Individualabr 2001 - jun 2001· Por Adrienne Samos

Mario Calvit

Museo de Arte Contemporáneo de Panamá

La reciente retrospectiva curada por Pedro Luis Prados, recorrió medio siglo del trabajo de Mario Calvit y representó una ocasión sin precedentes para comprender el lugar que ocupa este maestro en la historia del arte de Panamá. Calvit, nacido en 1933, empezó su larga carrera a inicios de la década de 1950 y formó parte del primer grupo de jóvenes inquietos por aprender lo que ofrecía el arte contemporáneo fuera del istmo. 

Sus abstracciones evidencian vínculos con cierto informalismo sudamericano, por un lado —dada su atmósfera críptica y las masas contrapuestas a grandes fondos vacíos—, y por el otro, con el constructivismo. El aliento expresionista de toda su producción lo enajena de la tajante geometría y postulados del constructivismo más riguroso, pero la indudable presencia de ciertos factores lo acercan, como ningún otro panameño, a esta tendencia tan influyente en el arte del siglo XX. Factores que incluyen el empleo diverso del metal, el juego geométrico y la creación de estructuras que pretenden ser “imágenes vitales del espacio y del tiempo”, como diría Naum Gabo. 

Exposición Individual: Mario Calvit — imagen 1
Mario Calvit Cabalgando con viento norte, 1982. Técnica mixta sobre lienzo. 33 x 40,55 cm. Foto: Fernando Martínez.

La curaduría pareció mejor concebida en la sala que reunió obras de las primeras tres décadas de la producción de Calvit. El acertado montaje permitió establecer la estrecha relación entre sus esculturas y sus pinturas abstractas, y constatar que tanto las unas como las otras poseen un ritmo mesurado pero dinámico, de formas abiertas. La escultura mejor lograda cuando aprovecha la crudeza del metal— muestra varios estilos. Las figuras masculinas se inspiran en sus propios dibujos y en Giacometti. Mucho más numerosas son las piezas abstractas, que a su vez se dividen en las de formas contundentes que contrastan con sus curvas y dobleces, las que parecen garabatos en el aire y las de fuertes líneas diagonales extendiéndose hacia el espacio, a menudo contenidas en un rectángulo tridimensional a manera de cajón hueco— o enmarcadas en círculos. También están las piezas que integran formas más estáticas, ya sea mediante objetos distorsionados, como sus flautas, o ensamblajes abstractos trabajados con placer en el detalle. Todas estas creaciones son en pequeño formato, y sin embargo muchas están dotadas de la belleza y la fuerza que las capacitaría para erguirse en un espacio público, como grandes monumentos a lo desconocido. 

 La evolución de la obra de Calvit revela que su firme preocupación por desarticular el espacio pictórico —contraponiendo masa y vacío— fue transfiriéndose en forma gradual al ámbito figurativo. La pintura en esta nueva etapa se vuelve más gestual, más fluida, y la precisión anatómica no importa. También distorsiona los contornos del cuerpo, magnificando el cerebro y en ocasiones “abriéndolo” para derramar la agitación que se mueve en el interior. Calvit da la impresión de haber convertido la suya en una abstracción “humanizada”: personajes y caballos (metáforas del ser humano, o del mismo artista) nos sugieren interioridades mentales y anímicas. Más aún, en su obra figurativa existe una clave onírica que se ve reforzada por la voluntaria irresolución de sus cuadros. Contrario a tantos artistas, cuyo horror vacui los previene de caer en la simpleza, Calvit se arriesgó una y otra vez. En sus mejores cuadros la sensación de que algo falta tienta al espectador a completar la escena y constituye una de las cualidades más enigmáticas y cautivantes de su arte. 

Es en sus paisajes donde Calvit ha logrado con mayor frecuencia la síntesis de las dos intenciones opuestas que rigen su arte. Dicho género parece ofrecerle los mecanismos para depurar lo superfluo y lograr ese preciado equilibrio entre la forma espontánea y la construida. Pero quizás el cuadro que mejor reúne esas condiciones es todo a la vez: mezcla de paisaje, abstracción y figuración, e incluso autorretrato. Cabalgando con viento norte, firmado en 1982, constituye, a mi parecer, una de las obras maestras de la pintura panameña por su cautivante simplicidad y su impecable balance de forma y color. 

ADRIENNE SAMOS

Mario Calvit, por Adrienne Samos | artnexus