A primera vista la sala 6 del Museo Alejandro Otero, espacio donde se exhibe la primera muestra individual de Mariana Bunimov, parece una habitación desordenada. Los objetos, fotografías, dibujos y demás artefactos que integran la selección están dispersos por el suelo y las paredes, sin un criterio de cohesión aparente. La voluntaria precariedad del montaje es reforzada con el uso de alfileres, chinches, teipe y clavos para sostener las piezas. Tampoco hay rótulos, ni textos de sala que indiquen una lectura precisa. Al margen de los principios formales y técnicos que dominan el discurso museográfico tradicional, la propuesta invita a penetrar un ambiente íntimo en el cual se mezclan fetiches de la infancia muñecos de peluche o plástico, hojas de libros o cuadernos escolares—y elementos de la vida doméstica: servilletas, papel higiénico, bolsas de tela.

Sin embargo, ese caos aparente cobra sentido tan pronto se descubre que el material reunido en la exposición gravita sobre la memoria afectiva de la artista, quien ha convertido todo ese corotero en signos de un mundo recuperado y profundamente imbricado con su cotidianidad. Aquí, como en gran parte del arte contemporáneo, el discurso creativo se articula a partir del reciclaje de materiales desechables a los cuales se les atribuye un significado diferente. Los objetos —en este caso los juguetes dejan de ser elementos lúdicos para transformarse en emblemas de un drama personal cargado de alusiones psicoanalíticas.
Para la psique adulta el retorno a este mundo encantado es tortuoso, pues los juguetes de antaño se convierten en trofeos nostálgicos de una infancia perdida. El trabajo de Mariana Bunimov sortea esta dificultad con franqueza y sin resentimientos, especialmente en aquellas piezas que tienen mayor carga autobiográfica, como Lo que mi papá me pagó. Esta suerte de palimpsesto, realizado con facturas de restaurant sobre las cuales aparece el dibujo de una casita sin techo, expresa un leve sentimiento de pérdida. Por su parte, la serie de esculturas blandas elaboradas con trozos de muñecos, bolsas de tela y medias rellenas parece retener la violencia de las jornadas de juego. Las fotografías, en cambio, ostentan una postura crítica frente al carácter seriado del juguete industrial, transformado en artículo de consumo. De esta manera, La señora Lumpuy o la moral del juguete establece un sistema de relaciones abiertas que atañe tanto al sujeto como a su entorno.
Más que objetos de recreación o pasatiempos, los juguetes encarnan una sapiencia que a menudo los adultos olvidan. Quizá por ello la literatura y el cine occidentales han dedicado gran atención a los relatos de juguetes que desafían su propia condición de criaturas inanimadas para emprender aventuras prodigiosas o realizar acciones siniestras. El Pinocho de Carlos Collodi, el terrible Chucki, los divertidos personajes de Toy Story o los maliciosos muñecos de Julio Garmendia encaran su destino con gran seriedad, tal como los niños asumen sus juegos. Generalmente, en cada una de estas historias se contraponen dos mundos: uno positivo y benigno, encaminado a la conquista de nobles propósitos (bondad, camaradería, justicia); otro negativo y maligno, asediado por el miedo a lo desconocido (oscuridad, monstruos, fantasmas). Pero detrás de este enfrentamiento un tanto elemental entre el bien y el mal se ocultan ciertos indicios conflictivos —Freud los llamaría síntomas—vinculados a la subjetividad infantil, la vida familiar y las relaciones sociales. Esos indicadores o síntomas son los que precisamente explora Mariana Bunimov en su propuesta, ubicándose en la posición incómoda, y no siempre placentera, de quien interroga el lado más sensible y frágil de su existencia.
Más allá de las referencias freudianas que atraviesan la sobria y muy pertinente interpretación curatorial de Julieta González, en esta muestra los símbolos de la infancia, las prendas personales de la artista y las alusiones domésticas son objetos vivenciales, ambientados en un espacio que es, al mismo tiempo, lugar de residencia, sitio de juego y taller. Reubicados en esta órbita, los juguetes se constituyen en una especie de memoria corporeizada y actual, cuya fuerza significante se deriva de la experiencia.
FÉLIX SUAZO
