Temiendo que los tomaran por simples hedonistas o traficantes de dinero o algo más siniestro, ochenta artistas, que hacían referencia a Foucault, Baudrillard y otros, afirmaban estar respondiendo a la situación social que los rodea. Ellos —y sus críticos— presentaron su obra contra un telón de fondo de textos teóricos que resaltaba su importancia crítica. Nuestro renovado interés en estos artistas radica en parte en lo siguiente: ahora que la situación supuestamente ha cambiado —la economía de la época de Reagan es un recuerdo lejano, el sida se ha vuelto un asunto privado, el feminismo ha retornado al campus universitario, etc.—, ¿cómo han respondido estos artistas? ¿Cómo ha cambiado su obra a la luz de los correspondientes cambios en la cultura? Ross Bleckner, por ejemplo, ha dejado atrás la especificidad de sus pinturas conmemorativas para adentrarse en ambiguas exploraciones de la vida de la célula y la abstracción total, David Salle ha cambiado sus colores estándar por los corrosivos neones Day-Glo encontrados en la obra de numerosos pintores más jóvenes, Peter Halley, según él mismo cuenta, está produciendo pinturas no analíticas. Luis Cruz-Azaceta también ha cambiado. Parece haber permitido finalmente que su obra está marcada por el optimismo del milenio, los años de Clinton con el que nos han intoxicado. Lo que él parece estar trazando en esta exposición es un sentimiento común de que las cosas parecen estar mejorando.

La implicación no es que Cruz-Azaceta haya perdido sus preocupaciones humanistas, que la ira y la angustia ya no tengan lugar en su obra, o que en cierta forma haya abandonado sus esfuerzos para desenterrar y explorar males políticos y sociales existentes. Más bien, la propuesta es que las pinturas de Cruz han cambiado con la cultura y, por el momento, la efervescencia está amortiguando el desespero, y la esperanza está silenciando la protesta. No es tanto un cambio en la obra como en los tiempos lo que explica los nuevos lienzos de Cruz. El sida, que fue el tema de uno de los ciclos de pinturas más importantes del artista, silenciosamente se ha perdido de vista en la esfera pública, los balseros ya no están llegando en masa, el desempleo es relativamente bajo, y los medios ya no hablan del problema de la falta de vivienda. Hablar de la falta de derechos, soledad y desespero simplemente parece ir en contra del tenor de la época. El nuestro es, y esto nos es recordado constantemente, un momento de optimismo. Los años de Clinton son inseparables de la narrativa del mejoramiento social que nos fue incansablemente inculcado por casi una década. El que las pinturas de Cruz-Azaceta se hayan hecho menos ominosas es tan natural como el hecho de que las de Halley se hayan vuelto no analíticas. En efecto, las pinturas de Cruz-Azaceta son alegres y festivas, incluso gregarias. Los colores estridentes de las primeras obras han regresado sin las violentas escenas que los acompañaban; ahora son ejemplos de intensidad cromática que tienen como objetivo generar respuestas contundentes en el espectador. El placer ha reemplazado a lo polémico y perturbador.
Sea Wall, 2000, es un campo que tiende a ser Op y que nos recuerda las entrañas de nuestros teléfonos celulares y tableros de circuitos. Está dividido en dos por una larga e irregular banda de color azul que, a la vez que simula un río, hace referencia al cuerpo, con cierta malicia. Hay una sensación de ciencia ficción en la pintura; es un paisaje digital, como lo describiría un niño. En él, Cruz-Azaceta cambia su acostumbrada meditación sobre la historia del medio y la brutalidad del mundo por la intensidad cromática y la velocidad. La pintura es “rápida” en cuanto a que la información que transmite puede captarse rápidamente, incluso si algunas de las cosas a las que hace alusión regresen para perturbarnos más tarde. Es “rápida” en la forma en que las gráficas de los videojuegos y el website pueden calificarse como “rápidos”, para un rápido consumo, inmediatos y llamativos como los graffiti.
Para ilustrar el ánimo lleno de alegría que invade estas pinturas basta con comparar Fisherman (Pescador), 1999, con una obra más antigua como Fisherman III, 1993. El motivo del pescador, como el del balsero, ha sido recurrente en la obra de Cruz-Azaceta por mucho tiempo, jugando papeles metafóricos y alegóricos que permiten que las narrativas que se acumulan alrededor de las pinturas oscilan entre los detalles de la historia de Cruz-Azaceta como exiliado cubano, y otras historias más universales. En la primera pintura, la de 1993, el pescador es una diminuta figura de color café, abyecta y escuálida, suspendida sobre una serie de rejas, con un enorme sol negro que domina el centro del lienzo. En medio de todos los colores y las suavizadas formas modernistas, una sensación de que el sufrimiento del pescador es inevitable oscurece la pintura. En la obra más reciente, dominada por un masivo patrón gris de espirales, el pescador está arrodillado con su pesca; le faltan los pies. Los miembros ausentes no indican una insufrible condición humana goyesca sino, más bien, que se convierten en parte de un grotesco chiste rabeliano. La narrativa implícita parece más una historia picaresca de supervivencia que un cuento mórbido de pérdida constante e incapacidad espiritual. Estas pinturas nos recuerdan que en medio del caos y la violencia, Cruz-Azaceta siempre ha conservado un sentido del humor tan indomable como el de Severo Sarduy o Guillermo Cabrera Infante.
El que el optimismo de Cruz-Azaceta parezca tan rotundo tiene que ver con el hecho de que la serie de pinturas que precedió a estas nuevas obras fue hecha en melancólicos tonos fecales y estaban perforadas por clavos y parcialmente cubiertas de laca de color orina que chorreaba de los bordes. Estaban cargadas de pesar, resignación, y una sensación de impotencia. En contraste, las nuevas pinturas están repletas de un humor desenfrenado, abundan los chistes, regresan los colores brillantes y un ánimo más ligero impregna todas las cosas. La violencia y el desespero se tomaron un sabático. La ironía de todo esto, por supuesto, es que los años de Clinton ya pasaron, y el optimismo que generaron puede estar, como el pescador de Cruz-Azaceta, sostenido por su última pierna coja.
GEAN MORENO
