Espacio Mínimo ha cerrado sus puertas en Murcia y ha celebrado la inauguración de su nueva galería en Madrid (cercana al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía) con una exposición de Liliana Porter. Esta primera exposición madrileña de Liliana Porter (Buenos Aires, 1941) incluye una pequeña representación de sus fotografías, un buen número de dibujos, collages y ediciones de obra gráfica, y su último vídeo, Solo de tambor. Gran parte de la obra sobre papel partió de su trabajo hace dos veranos en el Civitella Ranieri Center, donde empezó a utilizar esas hojas de cuadernos escolares que tan bien se adecuan al perfume de inocencia y de descubrimiento de su obra. Sobre ellas, dibuja a línea, con un estilo infantil, animalitos que parecen haber nacido ayer, que se sorprenden de todo lo que les rodea y que, por su vulnerabilidad, corren toda suerte de peligros. Además, a menudo introduce pequeños objetos, con intención casi siempre humorística. Todo con una limpieza admirable, con un gran dominio de la simplicidad compositiva, de los blancos, del vacío, en el que sus personajes se enfrentan solos a la vida.

En la sala de la planta inferior, de muy reducidas dimensiones, se puede ver en un televisor el segundo de los vídeos de Liliana Porter; el primero, For you, se estrenó en Madrid en la Galería Ruth Benzacar en Arco‘99. Solo de tambor, que se presentó en marzo del pasado año en la misma galería argentina, se articula, al igual que For you, en escenas cortas, a veces de sólo unos segundos, en las que se teatralizan situaciones protagonizadas por los habituales muñecos de todas las clases y por figuritas de porcelana. Las escenas, geniales, ponen en juego los sentimientos más primarios: el amor, el miedo, la necesidad de compañía, haciendo gala de un sentido del humor blanco que algunas veces se troca en negro, macabro. En el Finale, todos los protagonistas salen a escena para saludar, lo que, de alguna manera, da unidad a la secuencia de imágenes y, sobre todo, convierte en actores a los juguetes, presentados ahora como si hubiesen representado conscientemente un papel. Como en el otro video de Porter, la música, de la mano de Sylvia Meyer, juega un papel fundamental.
En estos tiempos de complejidades teóricas, de filosofías postmodernas, de arte comprometido con las causas más dispares, se huye de la ingenuidad como de la peste. La creación de Liliana Porter también ha sido sometida a las interpretaciones más sesudas, como para justificar su aparente ingenuidad. No cabe duda de que estamos ante una obra inteligente, en la que se encuentran referencias a la historia del arte, a la cultura de nuestro tiempo: sus juegos entre realidad y ficción, sus personales estrategias narrativas, reducidas al mínimo y, sin embargo, extraordinariamente elocuentes, su sorprendente habilidad para hacer dialogar como iguales figuras tan absurdamente distintas que parecen surgidas de planetas diferentes, su sugestión del movimiento, en los videos, a través de entrecortados desplazamientos. Hay mucho trabajo intelectual, conceptual si se quiere, detrás de esos grandes logros. Pero no olvidemos la enorme ternura que impregna sus tristes encuentros, la vulnerabilidad a la que antes hacía referencia, la reivindicación de la imaginación, de esa capacidad que, de niños, tenemos para hacer que lo inanimado cobre realmente vida..., todo eso que caracteriza el universo creado por Liliana Porter. Un universo que, por ser conocido de todos, se nos abre con facilidad. Facilidad tan difícil. Ingenuidad tan sabia.
ELENA VOZMEDIANO
