Junto a Arnaldo Roche-Rabell, Mari Mater O’Neill, Rafael Trelles y Carlos Collazo, Jorge Zeno (quien nació en Washington, D.C., en 1956) se establece como uno de los pintores más importantes de lo que hoy se conoce en la plástica puertorriqueña como la Generación del ’80. Su estilo original un surrealismo caribeño que combina crítica social con lo real maravilloso construido desde la postmodernidad puertorriqueña— literalmente encanta tanto a los amantes de arte locales como a los extranjeros que se enfrentan a una obra llena de color, energía y, sobre todo, magia.
Aunque era obvia la influencia de todo el surrealismo —especialmente Carrington, Varo y Colunga (sin olvidarnos de los maestros de la primera mitad del siglo XX)—, Zeno logra construir un universo atractivo donde Merlines, princesas, gatos-jirafas, flores eróticas, gallos-luna y naves llenas de pingüinos juegan a la inocencia y al olvido. Su discurso —honesto e inteligente— nos invita a hacer distintas lecturas. Por un lado, es un juego maravilloso donde volvemos a la niñez; por otro lado, puede ser visto como una profunda crítica social a una de las sociedades más materialistas y consumistas de las Américas.

Recientemente, no obstante, el curso de la vida de Zeno cambió. Ante la tragedia y el espejo, dejó sus “rumbones” a la Miró y sus rompecabezas iconográficos (llenos de proas que apuntaban a distintos “puertos”), para dedicarse a la introspección, al autorretrato, a tratar de captar en su pintura las terribles caídas del alma.
Producto de esta búsqueda interna, de este reencuentro con el que siempre hemos sido, son las extraordinarias 11 pinturas de gran formato que expuso en el Museo de Arte de Ponce bajo el sugestivo título de Semilla abierta. Aunque la influencia de artistas de la talla de Brancusi, De Chirico, De Kooning, Twombly, Rothenberg, Paladino, Dahn y, claro está, Clemente, es indiscutible, en sus lienzos, Zeno logra combinar, muy convincentemente, el existencialismo postmoderno de fin de siglo, elementos de la nueva figuración y una influencia zen bien asimilada.
Los personajes de las nuevas pinturas de Zeno —hombres sin cara pero que lo ven y lo entienden todo— pueden ser vistos como arcángeles caídos esperando que el amor les vuelva a dar alas. Superpuestos sobre una abstracción llena de energía y ritmo, estos autorretratos de Zeno (y ¿por qué no llamarles autorretratos cuando los son?) nos recuerdan tanto a Ícaro como a Adán, tanto a Leopold Bloom (el Ulyses de Joyce) como a Buda, tanto al Fool on the Hill de John Lennon como a Gustavo, el de Muerte en Venecia, de Thomas Mann.
Zeno ha sido muy valiente al cambiar su “estilo” en medio de una carrera artística muy exitosa. Aunque para los que estaban acostumbrados a su surrealismo encantador este cambio ha sido casi una tragedia; yo entiendo al artista con diferentes voces que quiere expresarse de maneras distintas. Su obra actual –honesta, desgarradora— nos invita a desnudarnos y a vernos tanto por dentro como en todas nuestras vulnerabilidades. Sus caras vacías son invitaciones a que comencemos a construir ese mapa que hasta cierto punto nos define. Zeno nos acerca a nuestra pequeñez y a nuestra grandeza. Su brújula —y Zeno sabe hacia dónde va—conduce tanto a la paz como a la felicidad. Las pinturas que expuso en Semilla abierta son eso: semillas que se convertirán en fruto, en pasión, en paz y, en última instancia, en felicidad. Estos cuadros, que podrían ser descritos como “fríos” o “vacíos”, son la clave para entender que estamos hechos de ganas y que la inmortalidad puede resumirse en un beso.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
