“La casa como símbolo del vínculo entre nuestro mundo imaginario y la realidad. Los objetos de esa casa como expresiones de solidaridad, afecto y convivencias” es una constante en la pintura de Ismael Mundaray (Venezuela, 1952). En Travesía, la muestra de sus pinturas recientes en la Galería Felix, utiliza la casa como el espacio imaginario que contiene los objetos de una cotidianidad doméstica. Zapatos, platos, cama, jarra, hablan visualmente de una presencia humana pero en ausencia, una presencia que parece existir invisible, sólo en hálito vital; es decir, se siente y se presiente, pero no está en cuerpo, posiblemente sea parte de los fantasmas que nos acompañan. Los grandes espacios vacíos expresan plástica y temáticamente esa ausencia.

Al trabajar su pintura en series, el artista consolida sus temas de siempre, aquellos que tienen como columna vertebral al hombre y su entorno; es su travesía desde las aldeas del hombre indígena que vive en la casa de paja en comunidades integradas en grandes familias hasta llegar a la casa urbana del hombre que vive rodeado de objetos para no sentirse totalmente solo al representarse en objetos-formas en muchos casos banales. En consecuencia, su pintura es una metáfora de un “lugar” cargado de presencias y ausencias simultáneamente, de sentimientos misteriosos, de signos sin cargas literarias, y todo esto le sirve de pretexto para instalarse en la pintura-pintura donde color y luz tienen un carácter funcional; la materia pictórica define la estructura de la superficie de la tela en grandes planos de luz y sombras coloreadas en los que se instalan los objetos en soledad.
La pintura de la serie Travesía (Le lit) tiene una importancia particular. Una gran cama cubierta de color amarillo-ocre, se presenta en escorzo al espectador, en un contundente primer plano; ella es símbolo de la ausencia a la vez que del objeto doméstico que espera cumplir una función. Como todos los objetos presentes en las otras pinturas, la cama es el entorno, es lo que está ahí, lo que se queda. Con un repertorio figurativo esencializado en la forma de los objetos y otro abstracto configurado en el espacio como ente activo, Mundaray renuncia a un vocabulario minimalista en esencia para adentrarse en las ricas posibilidades del diálogo plástico entre lo primero y lo segundo. Allí reside la modificación de lo ordinario para elevarlo a la categoría de lo sublime como parte de un planteamiento conceptual. La pintura está, entonces, cargada de algo más que un significado. Contiene la sorpresa del viaje creativo hacia lo desconocido, hacia aquellas atmósferas tangibles donde el registro de su lectura sólo necesita un mínimo de medios para hacer del discurso visual pictórico un acontecimiento.
Ismael Mundaray, con paciencia y voluntad, en su pintura reflexiona sobre el hombre como él, en vidas como la suya, planteando así una travesía en la que nada es simple ni azaroso. Todo lo contrario, el cálculo es parte de una actitud creativa en donde lo formal es un vehículo para expresar un tema, y viceversa, importando al final sólo el hacer arte. No han sido banales los estudios de ingeniería geodésica, ni tampoco su dedicación al dibujo como una manera de dominar el espacio pictórico, ni menos los largos viajes de estudio y reconocimiento de las realidades del hombre y sus características materiales y metafísicas. Todo ello le ha servido en el momento de plantearse una nueva serie, pero que tiene su origen en la anterior. Travesía es una consecuencia de Orinoco y ésta de Wabanoko, Casas con corrientes de aire y Shabonos. Con agudeza científica de antropólogo, ha trajinado el universo de culturas indígenas venezolanas y su hábitat, y con la intuición de hombre moderno, lo ha hecho en sociedades desarrolladas. Todas las series forman una larga línea que termina en otra Travesía, la que lo llevó del río Orinoco en Venezuela al río Sena en París. Decir “La travesía soy yo” comporta para el artista la toma de posesión de un tema que tiene mucho que ver consigo mismo y con los demás. La travesía como vitrina de testigos elocuentes y silenciosos de vidas pasadas, presentes y futuras. Es la continuación del hombre a través de esos testigos, o sea "las representaciones de las cosas básicas que me rodean, una silla, una camisa, un vestido, unos zapatos. Es mi travesía pictórica desde el delta del río Orinoco hacia el universo íntimo de los objetos. Pero la casa es el objeto central de mi inspiración, tanto en esta nueva serie como en las anteriores".
Mundaray se traslada de su espacio local al espacio metafórico del espíritu y el alma. Allí la curiosidad y el trabajo afanoso dan como resultado la calma sólida del artista que no obedece a caprichos transitorios de la imaginación. La imaginación es fuente creadora pero sólo resulta al lado del dominio de los medios plásticos y de la claridad de los objetivos. Así, él tiene la última palabra.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
