Abordar lo cubano desde un cuestionamiento de los estereotipos constituye una de las aspiraciones principales del artista Douglas Pérez, en obras cargadas de una festividad carnavalesca que destierra cualquier visión dramática de los supuestos de identidad. Como heredero de un discurso latinoamericano de descolonización, “disfruta” de la Historia y nos la devuelve otra, su recurso para sugerirnos la posibilidad de hacernos mejores nosotros mismos. El “precio” que debe pagar por aspirar a la utopía lo resuelve a través del humor.
Su más reciente exposición en La Casona, El buen cuadro y la mala idea, mantuvo la mirada sobre los clichés acerca de la identidad, a partir de historias donde los negros sugieren la presencia intemporal del atraso, la pobreza, lo precario, lo mutilado, características del contexto donde la colonización hizo estragos. El título de la muestra, con doble sentido explícito, responde, según el artista, a un afán por reivindicar la pintura, debido a la manera en que ésta se ha devalorizado gracias a la impronta del mercado en Cuba. En su opinión, no sólo el lenguaje instalativo o de environment heredado de la década de 1980 reporta funcionalidad, sino que es necesario recuperar las posibilidades propositivas de lo pictórico como sistema capaz de influir en la conciencia común con reflexiones que vayan más allá de lo contemplativo.

Al realizar esta muestra, le interesa hablar sobre los niveles de criterio y las urgencias de nuestro arte en la actualidad, (...) explotar una técnica que está aparentemente descolocada de los juicios formales: la tempera, (...) usar la casa colonial (donde realizó la muestra) como espacio coherente, asequible a la cuestión de la pintura, emisor de contenido, y por ser un lugar arquitectónicamente vetusto que evoca melancolía.
La muestra la conformó con témperas y óleos; con las primeras hacía referencia fortuita a las litografías del siglo XIX, del francés Eduardo Laplante, por ser de las manifestaciones artísticas que evidencian tempranamente el interés foráneo en nuestras tierras. El autor aludido forma parte de un grupo de artistas extranjeros que en esa época llegaron a Cuba atraídos por la industria del tabaco, y desarrollaron un estilo original en las marquillas y envases del cotizado producto. Es por ello que Douglas utiliza las témperas remedando litografías, y mantiene la decoración de sus bordes (orla), a semejanza de las cajetillas de cigarros. El “chiste” es que sus escenas funcionan como secuencias de un típico recorrido turístico de nuestros días, durante una semana, que se desarrolla en versiones diurnas y nocturnas de tono irónico: la aristocracia criolla, el turista, el negro, el mendigo, el calesero, comparten en ellas un espacio unívoco donde se “trapichea” (comercio ilícito), se seduce, se mezcla, se degrada y se cuece lo cubano en una atmósfera sórdida.
De los grabados de Laplante, Douglas ha tomado el ingenio azucarero como alegoría, en una suerte de abreviatura de la idiosincrasia insular. Es allí donde se encuentra el origen de muchos elementos de nuestra lexicografía, costumbres, tradiciones, maneras de entender la sexualidad, de proyectarnos ante la vida en Cuba. De él ha ido extrayendo las supuestas claves que definen nuestra psicología, en la que el negro es colocado en la posición de encarnar características negativas del cubano: el choteo (llamado por Fernando Ortiz “desgracia criolla”), la festividad, la voluptuosidad, el desenfreno, el afán por triunfar pronto, la vanidad, entre otras, todas ellas caldo de cultivo de una estructura psicosocial emergente, donde lo marginal se integra con la clase en el poder para dar como resultado un híbrido de “resistencia ciclópea”.
El hecho de que hoy en Cuba se desarrolle de manera aprehensiva una industria del turismo que tiene en cuenta la restauración arquitectónica de la ciudad, cuidando de mantener las maravillas remanentes de la Colonia, a la usanza de la época en que pasean a pie o en calesas, sirve al artista para burlarse del mercadeo que se instaura. En medio de estas circunstancias aparecen la jinetera (prostituta local), el gallego, el vendedor ambulante, el estafador, el proxeneta, el malojero (el que vende yerbas), elementos indisolubles de la realidad cubana, y que en las historias contadas nos hacen reír de nuestras propias flaquezas.
Con frecuencia, Douglas ha sido interpretado como racista, por su alusión “perversa” al mundo de los negros, quienes comúnmente se asocian con actos de violencia y de desenfreno social; y es que para él éste rememora el pasado y las carencias de toda índole que ha dejado la colonización. Es recurrente en estos lienzos verlo identificado con las migraciones, en busca del sentido de pertenencia, del cambio hacia un estado de cosas diferente. Para el creador, África es un continente que toma como referencia constante, por su historia colonial, y le provoca la manera en que sus pobladores, desarraigados de su tierra, encontraron a su llegada a la isla un sitio donde no existía una estructura psicosocial definida, lo que les permitió adaptarse incorporando parcialmente sus tradiciones y costumbres, en medio de la simbiosis con el resto de los elementos raciales que intervinieron en la formación de nuestra nacionalidad.
Se esmera Douglas en recuperar las cualidades de la tradición académica, venida a menos en la última década en el país; sirviéndose para ello de los paisajes de Esteban Chartrand, y de las escenas costumbristas del vasco Víctor Patricio de Landaluze, donde aparecen el guajiro, el negro y la mulata. Resalta en su hacer un excelente dominio técnico en sintonía con una asidua indagación conceptual ganados, en buena medida, por su formación en el Instituto Superior de Arte en Cuba. El forma parte de un grupo de creadores que en la década de 1990 decidieron retornar a la academia, y en particular a la pintura como oficio, en aras de vindicar los valores de la manifestación.
El buen cuadro y la mala idea encierra una filosofía de la precariedad, que
se aprovecha de los clichés identitarios, para pensar acerca de éstos asumiendo
la nacionalidad desprejuiciadamente, sin ambages ni velos que susciten maniqueísmos
e impidan gozarla, aun con choteo implícito.
AMALINA BOMNIN
