Aplicando su política de seis grandes exposiciones al año, la Casa de Francia presenta Arte de Guadalupe, Espacios Criollos. Organizó el evento el Instituto de Cooperación Franco Caribe, con sede en Pointe-à-Pître, un organismo cultural departamental, dirigido por Patricia Terrière, con autonomía en su programación. La muestra está montada en las galerías de la misión diplomática francesa, coauspiciadora. Es definitivamente uno de los mejores lugares para exposiciones en Santo Domingo, aunando marco histórico secular y condiciones museográficas óptimas.
Combinación de exposición colectiva e individual —de cuatro a seis piezas por expositor—, el conjunto propone obras de cuatro artistas guadalupeños contemporáneos, que viven y trabajan en Pointe-à-Pître. Una es la veterana Marie-José Limouza; los otros tres, Marielle Plaisir, Richard-Víctor Sainsily y Sanmyel, son jóvenes.
Todos exhiben pinturas, sobre tela o papel, con rasgos experimentales distintos. Acentúan el legado africano y la reivindicación del patrimonio ancestral, aunque usen materiales sintéticos y la tecnología más sofisticada. La convicción de una identidad propia, otrora perseguida o rechazada, motiva por cierto a la mayoría de los creadores antillanos franceses y genera denominadores comunes en las artes visuales. Los cuatro expositores pertenecen a esa corriente que define los mejores resultados plásticos.

Marie-José Limouza, con casi cuatro décadas en el arte, dice que le llegó el tiempo del reposo. No le queremos creer; las telas que expone renuevan sus construcciones del espacio pictórico y sus versiones de la memoria colectiva que habíamos descubierto en 1992. Es como si ella reconstituyera el pasado, por partes ensambladas, invitando a una doble lectura, de la estructura global a las pequeñas piezas que la componen.
Si la máscara es un elemento recurrente y motivador, que se esconde y se evidencia a semejanza de los espíritus que ella “significa“, los ritmos alcanzan una trascendencia sonora, y la pintura de Marie-José Limouza se escucha percusiva y grave. Las tonalidades sordas, mestizas y nocturnas evocan los orígenes, los antepasados, la nostalgia de la tierra africana y gran madre nutricia.
La memoria es alternadamente cósmica y ceremonial en la pintura de Marielle Plaisir, mujer artista de la generación del 90. Inscrita en la filiación de la nueva imagen y su desenfado expresionista, el primer desciframiento sugiere un estilo internacional, más europeo que caribeño.

Si se mira con mayor atención, mensaje y signografía se regionalizarán. La “geometria sensible» de las cuadrículas y las figuras esquemáticas nos remiten a creencias mágicas en los astros, o a la esclavitud no olvidada. El tam-tam, tan presente en los escenarios antillanos como la máscara, alterna con alusiones astrales, pero los tambores predominan signo-gráficamente en el juego de los tableros. Le chien fou —la serie se llama “Perro loco“— es sinónimo de condición humana, asociación frecuente en la pintura caribeña.
Las técnicas mixtas utilizadas por Sainsily necesitan cuidado en la manipulación de sus piezas. Una fuerte humedad puede causar la desaparición parcial de las impresiones infográficas, percance que sucedió en nuestra exposición intercaribeña, y primeramente fue interpretado casi como arte de magia.
Artista gráfico y plástico, Richard-Víctor Sainsily investiga simultáneamente medidas y contenidos. Le fascina atravesar el espacio con perspectivas tridimensionales, surcadas de escrituras —¿reminiscencias de pictogramas amerindios?—, mientras rostros fetiches presiden la ofrenda de desnudos femeninos. Las fuentes afroantillanas de inspiración encajan exitosamente en ese lenguaje de avanzada, impecablemente instrumentado: la búsqueda de las raíces es compatible con la tecnología numérica.

Coincidencialmente, el cuarto expositor, Sanmyel, es también un profesional de la electrónica, pero disocia esa vertiente de su oficio plástico. Dos tendencias se diseñan en las obras expuestas: series de figuras en composiciones geometrizantes, informalismo que trabaja el color y la materia. Ahora bien, ambas modalidades se expresan en torno a una indagación étnica, geológica y mítica, que exalta la fuerza de la negritud, el simbolismo de la máscara, las perturbaciones de zonas huracanadas, las energías proviniendo de los elementos fundamentales: tierra, cielo, agua, fuego.
Sanmyel —solamente declara su nombre de artista— trasciende la bidimensionalidad. Siempre interesado por las turbulencias del relieve y los hallazgos matéricos, aplica en la superficie rostros moldeados en resina. Además montó una gran instalación, que transmuta la evolución del mundo en términos sincréticos.
La exposición Arte de Guadalupe demuestra, como lo afirmó anteriormente el crítico Jocelyn Valton, que en esas Antillas se puede mantener la fe en uno mismo y en sus valores, preservando el espíritu de apertura.
MARIANNE DE TOLENTINO


