Gironella es sin duda uno de los nombres señeros de la plástica mexicana de los últimos años. Artista plástico y poeta, Gironella es heredero directo del espíritu iconoclasta y rebelde de las vanguardias, con cuyos principales representantes, entre ellos André Breton, compartió las inquietudes y el desasosiego de los revolucionarios años sesenta e intentó insertarse de manera marginal, como lo hace todo rebelde, con la última de las vanguardias que conoció la modernidad: el arte pop.

Imbuido de la fuerte tradición pictórica española, muchas de las obras mayores de este artista abrevan en las fuentes de los grandes creadores del siglo de oro hasta la modernidad; de Velázquez a Picasso, pasando por el imprescindible Goya. Todos ellos, y otros más, han sido revisitados por Gironella, estableciendo un diálogo que tiene mucho de continuidad y de ruptura. Su pintura, ha dicho Octavio Paz, es disparatada, pero no en la intención de crear un estilo a partir de este concepto, como lo afirmaba el escritor español José Bergamín, ni de recrear el absurdo que, de acuerdo con el diccionario, está en la raíz del término, sino más bien en una afirmación de su propia marginalidad y rebeldía. El Nobel mexicano inscribe su trabajo en una suerte de disparate ontológico que es consustancial a la condición humana. Cito a Paz: "El disparate vuelve inverosímil a la realidad. Según Bergamín, el disparate es un estilo y cita como ejemplo a la arquitectura barroca, disparate en piedra . A mí me parece que el disparate, más que un estilo, es una rebelión; es el disparo del hombre contra su destino disparatado y contra el gran disparate en que concluyen nuestros disparates: la muerte".
La supuesta filiación de Gironella a una especie de arte pop mexicano no debe entenderse en un sentido estricto, sino más bien encuadrarse en las múltiples exploraciones que el artista llevó a cabo. Sin duda que hay elementos pop, particularmente de Robert Rauschenberg, pero los orígenes y fuente principal de sus peculiaridades estilísticas, debemos encontrarlas en la gran tradición de la pintura modernista. Hablar de tradición en el arte moderno parecería, en primera instancia, un contrasentido en un período que, citando de nuevo a Octavio Paz, se caracterizó por rupturas y restauraciones. Gironella es moderno en el sentido en que lo son pontífices de la vanguardia como Duchamp o Picasso. La desmitificación del arte del pasado tiene un antecedente revolucionario en el más conocido readymade de Duchamp, LHOOQ, realizado en medio de la turbulencia dadaísta, en 1919.
Su obra es a la vez un esperpento y una greguería en las formas canónicas que sobre estos estilos nos legaron autores como Valle Inclán y Gómez de la Serna, escritores ambos admirados por el artista. Su obra es esperpéntica porque recontextualiza y desacraliza las obras del pasado con irreverencia y con admiración, como en Carmen o en Las Meninas, presentes en esta exposición en la Galería Enrique Guerrero. La greguería le viene por lo lúdico, porque su trabajo rezuma un gusto y un placer por el acto mismo de pintar. Entre sus muchas obsesiones intelectuales, Gironella pareciera resaltar su predilección por Nietzsche. Las afinidades entre el filósofo de la sospecha y nuestro artista se centran más en la sensibilidad que en las razones intelectuales, y sin duda su cercanía con la obra de este filósofo puede explicar muchas de las actitudes de su trayectoria artística. De cualquier manera, nos encontramos frente a un artista cuya obra merece ser estudiada y difundida, pues están aún pendientes catálogos razonados y monografías que le dan el lugar que le corresponde dentro del arte mexicano contemporáneo.
ERNESTO SOSA
