Yolanda Gutiérrez

Yolanda Gutiérrez. Coatl, 1994. Escápulas de res, ligaduras de nylon y espuma de poliuretano. 2.500 x 105 x 20 cm.

Monografíaene 2001 - mar 2001· Por María Lluïsa Borrás

Yolanda Gutiérrez

vivencias, metáforas y mitologías

Si las metáforas de la antigüedad anclan la obra de la joven artista en la tradición, la reivindicación del esfuerzo ecológico que proponen, la sitúan frente a un futuro que nada tiene de halagüeño, en el que la amenaza de la progresiva devastación del patrimonio natural se hace cada vez más inquietante y angustiosa. 

Impresiona su sencillez, yo diría que también su modestia, si no fuera porque esa palabra parece hoy obsoleta en un mundo de gentes prepotentes y ambiciosas. Cuando me explica trabajos que yo no he llegado a ver, se pone de manifiesto que la palabra no es su lenguaje habitual de comunicación porque las frases no le salen con facilidad, sino que hace un auténtico esfuerzo que la deja insatisfecha, y rápidamente busca ayuda en el lápiz y el papel. 

Yolanda nació en la ciudad de México pero vive y trabaja en Cozumel, una isla junto a la península de Yucatán, frente a la de Cuba, en el mar Caribe, es decir, vive rodeada por el mar. Y lo digo porque el agua iba a tener una presencia prominente en su obra de creación. Así, por ejemplo, cuando la isla sufrió en 1995 los estragos del tristemente célebre huracán Roxana que devastó la reserva, Yolanda dedicó una de sus obras mayores, que tituló Retoño, a idear un refugio para las aves en medio del lago que hay en el centro de la isla. 

Primogénita de una familia de muchachos, con dos hermanos y seis primos, se vio en cierta manera excluida de sus juegos, y por ello, forzada a concentrarse en sí misma haciendo de los animales sus verdaderos compañeros, prefiriendolos a cualquier juguete. 

Dice que nunca podrá olvidar las visitas semanales a sus abuelos paternos, campesinos, en Toluca, al noreste de la ciudad de México, donde cultivaban la tierra, ni tampoco las largas temporadas que de niña pasaba con su abuelo materno en Xochimilco, cerca de la zona lacustre conocida en el mundo entero por sus canales y sus jardines flotantes, de modo que la adolescente tuvo un contacto privilegiado con la naturaleza, en un escenario prodigioso que ya nunca olvidaría. Un paisaje que integraría en su obra, poniendo al día una tradición que Octavio Paz definió de una vez para siempre cuando dijo: "El paisaje es para el artista mexicano de todos los tiempos una metáfora, una religión, una idea del hombre y del cosmos". Es en los paisajes donde Yolanda creció, donde ha realizados sus obras mayores, en particular en relación con el agua. 

Monografía: Yolanda Gutiérrez — imagen 1
Yolanda Gutiérrez. Gotas vírgenes, 1994. 30 esferas de vidrio de aproximadamente 60 cm c/u, agua, cloro y estructuras de tubo metálico. Dimensiones variables.

El agua es la vida 

Desde antes de los aztecas existía en México la cultura del agua, símbolo de la fertilidad, de la fecundidad, de la vida. En la dualidad día/noche, el día es la serpiente, símbolo de Quetzalcóatl, dios astral del agua y de la vegetación. De ahí que Yolanda realizara una Serpiente articulada de 25 metros, hecha de grandes escamas óseas, para que sobre el agua tuviera movimiento y de lejos pareciera de verdad. Era parte del Manantial original de 1994, compuesto de dos obras que flotaban en la laguna: Coatl, la serpiente, y Gotas vírgenes, como advertencia sobre la degradación de una laguna que había formado parte integral de la cuenca del Texcoco, siendo vía de transporte fluvial durante 200 kilómetros, desde ciudad de México hasta el valle del Chalco, y de ahí hasta Puebla. Con la llegada de los españoles en el siglo XVI empezó el drenaje de la laguna, a cuya orilla se levantaba la antigua Tenochtitlán, de modo que a finales del siglo XIX, el drenaje prácticamente se había conseguido. 

Me decía hace unos días, precisamente en referencia a Coatl, la serpiente, cuya capacidad reproductora la convirtió en símbolo prehispánico de la fertilidad: 

"La intención de mi escultura es evocar el pasado náhuatl, simbolizando la fertilidad por su gran capacidad reproductora. Hacerlo con huesos alude a mi propia idea del ciclo vida-muerte y es en sí misma una imagen del anillo que une los polos de la vida y de la muerte". 

Lo cierto es que Coatl, ondeando en el agua, tenía, además de su insólita belleza, la pretensión de sensibilizar a la gente sobre el deterioro de las aguas de ríos, canales y mares mexicanos, en los que se vierten materiales tóxicos. Propósito en el que también incidía Gotas vírgenes, otra obra flotando sobre las aguas contaminadas que, a pesar de haber sido tratadas por el gobierno, siguen sin haberse limpiado del todo. Su instalación consistía en 60 esferas de vidrio soplado, llenas de agua pura, virgen, no completamente llenas para que la dilatación del agua no llegara a romperlas. 

Monografía: Yolanda Gutiérrez — imagen 2
Yolanda Gutiérrez. Rocío, 1999. Bola de hierro, gotas de cristal y alambre. 9 x 20 x 20 cm.

En 1995, tras el huracán Roxana que asoló la isla de Cozumel, realizó Retoño como he dicho, contando con el asesoramiento de Laura Domínguez y Roberto Arturo Cabrales, biólogos de la Universidad Nacional de México. Situó en la laguna Colombia, que se halla en el centro de la isla, una enorme escultura para dar refugio a las aves marinas y para que pudieran anidar en ella. Construida con los árboles y ramas que había arrancado el huracán, era la mayor obra lacustre que emprendía, con una superficie de unos 150 metros y 6 de altura. Los científicos procedieron a una observación sistemática y durante los cuatro meses que ésta duró registraron la tres parejas de garzas de la especie Egretta rufascens que hicieron allí sus nidos, de lo que resultaron varios polluelos. Se observó también que pernoctaban en la escultura 14 especies de aves distintas, unos 200 ejemplares. 

En realidad, el huracán provocó que el mismo equipo se pusiera a trabajar de nuevo; Yolanda y los mismos biólogos habían llevado a cabo poco antes Santuario, la primera escultura para aves en los humedales del Departamento Ecológico en Xochimilco, una estructura construida con canastos de carrizo, sobre una plataforma recubierta con pasto y tule del lugar. Yolanda la realizó pensando en los patos y en las aves migratorias que efectivamente se posaban en ella como si fuera algo suyo. 

Muy recientemente, en la primavera del año 2000, ha titulado su exposición en el Museo Amparo de Puebla, compuesta de 14 obras, simplemente Agua, y explicaba: 

"Después de investigar sobre el tema del agua en culturas como la china, la maya, pero sobre todo, sobre la cultura náhuatl, creo que la forma ideal de vida y de sociedad es para mi aquella que establece una equilibrada y estrecha relación entre el hombre, la naturaleza y lo espiritual". 

En La tempestad, de 1997 (expuesta en Les Soleils Méxicains, Petit Palais, Paris, 2000), ilustra las fuerzas opuestas que se hallan en el origen de la vida, con una plancha de plomo colocada directamente en el suelo, sobre la que la artista extiende una capa de espinas de agave. El plomo es una imagen metafórica de un espejo de agua que con la tempestad se transforma brutalmente en una inconmensurable superficie de espinas, a causa de las gotas de lluvia que rebotan en el agua. 

Monografía: Yolanda Gutiérrez — imagen 3
Yolanda Gutiérrez. Los frutos del árbol de corazones, 2000. Rama, hojas de Pápalo cahuite y espirales de caracol. 90 x 100 x 63 cm.

 El fuego es la muerte 

No puede extrañar que la dualidad vida/fuego, en la que el agua es la vida y el fuego la muerte, domine la tradición de un país tropical en el que la estación de las lluvias alterna con una sequía atroz. Tláloc, el dios azteca del agua y de la vegetación, no sólo es el dios de la vida, sino de la tempestad y las devastadoras lluvias tropicales, que exige el sacrificio de ahogar seres humanos para proseguir su acción fecundadora. Se opone a Huehuetéotl, el dios del fuego y del calor de la vida, que, en un país de volcanes, representa también la destrucción, la vejez o el anuncio de una muerte cercana. Agua y fuego, dualidad fundamental: si el agua es la vida, el fuego es la sangre, río rojo en el que la muerte es un renacer. Una de las colectivas en las que la joven artista había participado en sus comienzos, de 1989, titulada Verte que te quiero muerte, despertó en la joven debutante tal interés por la muerte, que se puso a investigar sobre ella y, en consecuencia, a adentrarse en el conocimiento de la filosofía náhuatl. 

Antes de sus propuestas acuáticas, Yolanda Gutiérrez, en su primera exposición individual de 1989, también se inspiraba en la dualidad vida/muerte, al presentar Umbral, una espectacular instalación, realizada con casi un centenar de mandíbulas de reses que representan de modo sobrecogedor el vuelo de una bandada de extrañas aves blancas, cada una de ellas formada por tres mandíbulas, dos para las alas y una para el cuerpo. La dentadura sugiere las plumas dentadas de cada ala, otras mandíbulas hacen las veces de cuerpo y los molares son las vértebras. Pesadas mandíbulas de una vaca o de un buey, suspendidas de cordeles casi imperceptibles que hablan de la muerte como origen de la vida, señalando, por ende, nuestra responsabilidad, personal y colectiva, por la desaparición de las especies. 

La mariposa Itzpapáloti, también simboliza el fuego y la muerte. Para los chichimecas, la mariposa era la diosa madre, diosa de los sacrificios humanos y de la guerra, y entre los mexicas representaba las almas de los muertos. En uno de sus últimos proyectos realizado en Puebla, marcó el recorrido por una serie de mariposas que colgaban del techo. 

En el Museo del Chopo, en 1995, en la escultura Reconciliados trata de conciliar de nuevo los conceptos de vida y muerte suspendiendo del techo una gran mole con aspecto de vísceras humanas, pero que es en realidad un amasijo de mimbre de tule trenzado y con un armazón invisible de hierro dentro. 

No es la única pieza que busca reconciliar la vida y la muerte. En esencias, expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile en 1993, construye flores de loto con huesos y cenizas, signos de la reencarnación en la filosofía hindú, en la que la vida y la muerte son simples etapas. En Deshojándose mi alma, los intestinos secos del cerdo simulan una flor delicada prendida del brutal gancho del carnicero. Del mismo año de 1997 es Aratinga. Yolanda tapiza con plumas de aves tropicales un nido de termitas, rescatado por ella misma en su isla de Cozumel, tras un huracán. 

Monografía: Yolanda Gutiérrez — imagen 4
Yolanda Gutiérrez. El espejo, 1999.1.500 esferas de cristal de aproximadamente 3 cm c/u, agua y doro. Dimensiones variables. Colección: Manolo Rivera.

Una poética del objeto 

Lo realmente sorprendente es que en sólo seis años y tres instalaciones mayores (Umbral, 1989, Manantial, 1994, y Santuario, 1995) Yolanda Gutiérrez había definido una poética propia y se había situado entre los creadores más interesantes de estas últimas décadas, y no me refiero a un ámbito restringido a su país. 

La excelente manipulación de las formas naturales, tanto las orgánicas —como huesos o intestinos o plumas de animales— como las inorgánicas, no podía sino llamar la atención del sector artístico mexicano, y el prestigioso Museo Carrillo Gil le abre sus puertas y es invitada a participar en la Bienal de La Habana de 1994. 

Si las metáforas de la antigüedad anclan la obra de la joven artista en la tradición, la reivindicación del esfuerzo ecológico que proponen, la sitúan frente a un futuro que nada tiene de halagüeño, en el que la amenaza de la progresiva devastación del patrimonio natural se hace cada vez más inquietante y angustiosa. 

Había empezado por inscribirse en la universidad en la sección de pintura, pero el contacto con materiales naturales hizo que se interesara enseguida por las tres dimensiones. Empezó a buscar materias naturales para realizar sus primeros trabajos, y de este modo fue todo un manifiesto su primera exposición individual en 1989 (Casa de Cultura de la Universidad del estado de México, en Tlalpan). La tituló Númenes, "pensando en las divinidades como son entendidas en la mitología náhuatl y azteca, que no eran culturas politeístas como vulgarmente se cree, sino monoteístas, de tal modo que los númenes o dioses de la naturaleza resultan de múltiples desdoblamientos y aspectos diferentes en los que se manifiesta un Ser único, una divinidad que lo abarca todo, que no tiene nombre ni representación gráfica, algo similar al tao que no se puede nombrar ni describir". 

Le pregunto si son una suerte de duendecillos, y aclara: "Con el mismo nombre de Númenes, se alude en distintas culturas prehispánicas a una especie de duendes nocturnos, traviesos y juguetones, pero yo me refiero a los entes divinos que se manifiestan a través de la naturaleza en forma de viento, agua, de ciertos animales, etc., a los que yo pretendía dar presencia en las obras de aquella exposición". 

Monografía: Yolanda Gutiérrez — imagen 5
Yolanda Gutiérrez. Agua sagrada, 2000. 200 recipientes de acrílico rojo de aproximadamente 37 x 26 y 24 x 24 cm c/u, con 3 pabilos encendidos, agua y aceite. Dimensiones variables.

Dispuso en las paredes de la galería varios fragmentos de corteza de palmera, los mayores de medio metro de altura y los pequeños de unos 25 centímetros, utilizando el talco como pigmento. Tituló la escultura Numen de la noche, "cuya textura evoca la piel de la tierra, la naturaleza y en general todas las cosas, en las noches de luna". 

Desde entonces causa asombro hasta esta serpiente hecha de conchas de vieiras que veo ahora en un taller de las afueras de París, gracias al despliegue de su potencial creativo. Bajo la atenta mirada de Yolanda Gutiérrez. Habrá de convertirse en una serpiente de bronce de 38 metros, destinada a flotar en el lago del Parque de Saint Pierre de Amiens, seccionada en elementos, unidos en cadena, para que pueda moverla la brisa. 

Por ejemplo, confiere un aire de eternidad a Magia, una pieza en espiral inspirada en el trazo de un caracol nautilo y formada por caracoles marinos, cortados de manera que parezcan rosas. Por ejemplo, Tzubim, que evoca un arbusto en peligro de extinción, un pequeño ciempiés protegido por una red de espinas, que recuerda cómo la naturaleza dota de elementos defensivos a sus más diminutas criaturas. 

Reina madre es un objeto hecho con esponjas de mar atravesadas por una corona de espinas de maguey, cuyo título no hace alusión a la Virgen, sino a la madre naturaleza. Parásitos es un objeto que recuerda la orquídea u otra flor exótica de las que se instalan en simbiosis sobre una palmera para nutrirse de ella. El Relicario se reduce a una larga corteza de palmera apoyada en la pared con una pluma de ave marina conocida como espátula en la cima. Le interesan sobre manera las relaciones que se establecen en el mundo vegetal, y comprobar cómo la dependencia puede llevar a la destrucción. 

Hay que señalar, sin embargo, que su ductilidad le permite valerse de otra suerte de materiales y, por ejemplo, la instalación que realizó para el Parque de la tranquilidad de Houston, En común, utilizó materiales de carácter industrial (carretillas y palas de construcción), en una sutil evocación de La Grande Jatte, en la que los personajes que se bañan a la orilla se han convertido en extraños insectos mecánicos. 

Fértil, un capullo de tierra inmenso, mezclada con pajas, ramas y huesos, evocaba la idea de la tierra madre, con una abertura en la parte más estrecha, para simular el útero, espacio fecundo, húmedo y cálido que tiene también connotaciones de refugio o de madriguera. 

Monografía: Yolanda Gutiérrez — imagen 6
Yolanda Gutiérrez. Lamiente, 1997. Vainas de cocotero, cenizas de animal, madera y alambre. Dimensiones variables.

 Obra del año 2000 

Por sólo citar dos de sus últimas intervenciones, terminaré por referirme a la invitación que la artista recibió del gobierno de su país para participar en el Pabellón de México en la Expo 2000 de Hannover. Se le asignó un tema, La democracia. Y conociendo su obra, cabria preguntarse cómo iba a resolver Yolanda Gutiérrez semejante papeleta. Me explicó: "Todo tema tiene dos maneras de ser resuelto, al aire libre o bien con una instalación interior donde es posible profundizar en el lenguaje poético. Titulé la obra Reivindicar la vida y tomé el maíz como elemento que simboliza la cultura mexicana, y la mariposa, que simboliza la guerra y la muerte. Hice una estructura metálica en forma de mazorca, una especie de pozo que contenía maíz de dos colores, e invité a la gente a arrojar en él maíz rojo para que se mezclara con los otros y se reciclara cada día. En el interior puse una piedra translúcida, un ónix de horma oval, de modo que los granos de maíz cayeran sobre ella, los granos simbólicos del trabajo, de la lucha por la democracia, por una vida mejor. A la base le di forma de mariposa prehistórica, marcando el borde de las alas con mazorcas amarillas". 

Casi simultáneamente, en abril de 2000 Yolanda Gutiérrez presentó en el Museo Amparo de Puebla una muestra de su trabajo, con el título de Agua, basada fundamentalmente en las culturas del México antiguo "que hasta ahora sólo han sido estudiadas por extranjeros y son consideradas desde un punto de vista occidental". 

La exposición constaba de siete instalaciones y siete esculturas/objeto en el interior del museo. Y en el exterior, sobre dos lagos (el del Aviario del Parque Ecológico y el de la Ciudad Universitaria), Coatl, la serpiente de huesos, y las gotas vírgenes de Manantial. 

Y explica: "Llamé a la exposición Aztl, es decir, Agua, y dispuse sobre la laguna, en forma de meandro, una serpiente de unos 20 metros formada por recipientes rojos con agua y aceite vegetal que contenían dos o tres mechas encendidas. En recuerdo de que en el México prehispánico, cuando los aztecas estaban en guerra, sacrificaban a los soldados en hogueras para que la vida pudiera proseguir, la llamé Agua sagrada, recordando que llamaban a la sangre agua divina, porque era para ellos algo precioso". 

Desde la primera sala hasta la última, el visitante se veía guiado por un hilo conductor formado por miles de mariposas (símbolo del fuego, de la guerra, de la muerte), una pieza que tituló De noche un viento frío las trajo: "Simulé las mariposas haciendo las alas con dos hojas que trabajé hasta conseguir que parecieran transparentes, y el cuerpo con una espina de maguey. Las colgué del techo y marqué con ellas todo el recorrido de una sala a otra, como si volaran por la exposición". 

Para El espejo, "que es en el tao la contemplación, hice 1.500 esferas de vidrio transparente de unos tres centímetros de diámetro, con agua en su interior, y las colgué a 1,70 metros de altura para que la gente tuviera que agacharse, para que tuviera que inclinarse con respeto, en un gesto de humildad. La metáfora del espejo, se refiere a la necesidad de un entendimiento más profundo, de una reflexión lenta que propicie la comprensión". 

En una esquina de una sala alargada dispone A la memoria, una montaña, símbolo prehispánico del hombre, en la que se guardaba el agua: una montaña de sal de unas cuatro toneladas de peso y unos conos invertidos de plástico transparente con agua adentro, en homenaje a la gente que sufrió la pérdida de un ser querido en el diluvio de 1991, que causó tanto dolor y muerte: "Titulé Tlalocan otra instalación que evoca este lugar, mencionado en los cuentos y leyendas como un jardín de plantas rituales y medicinales dedicado al dios del agua, un dios vegetal que intervino en la creación del hombre. Así que realicé un jardín con plantas medicinales, alucinógenas, rituales, con dos serpientes entrelazadas símbolo del ciclo vida/muerte, pintadas en las macetas de cerámica que contenían semillas de maíz en germinación". 

Dedica al maíz, el alimento fundamental del país, una pieza titulada Los ayudantes de Quetzalcóatl, en recuerdo de que esta figura, símbolo de la dualidad y del principio de todo lo creado, descendió al mundo de los muertos en busca de huesos humanos que, triturándolos y mezclándolos con su sangre, dieron nueva vida a los hombres muertos. Luego, Quetzalcóatl los alimentó con granos de maíz que robó a las hormigas mediante un artilugio: se convirtió él mismo en una hormiga y se introdujo en el hormiguero. Yolanda dispuso como pieza principal un gran cántaro roto que llenó de hormigas hechas con hojas de maíz y patas de alambre, que se esparcían por la sala, llegando incluso al techo. 

Cuando le pregunto cuál es el propósito último de su obra, responde: "Transmitir el mensaje de que la cultura actual debería considerar al hombre como un ser integrado en la naturaleza y que sin dios (entendido como conjunción entre el hombre y la naturaleza) resulta incompleto". 

El delicado equilibrio entre la idea y el objeto es uno de los logros que marca todo el trabajo, tan singular, de Yolanda Gutiérrez, en el que hace gala de una prodigiosa imaginación que, basándose en la mitología de antiguas culturas, parte de la naturaleza y crea metáforas visuales de extraordinaria fuerza, de conmovedora belleza. 

MARÍA LLUÏSA BORRÁS 

 Doctora en Historia del Arte de la Universidad de Barcelona.

Yolanda Gutiérrez, por María Lluïsa Borrás | artnexus