Santiago Armada (Chago) murió en La Habana en 1995, a los 58 años de edad, justo cuando dos jóvenes galeristas independientes lo habían sacado de su auto-ostracismo, para hacerle dos exposiciones que hicieron eco en La Habana. Habían transcurrido nueve años desde su última presentación, época por la que el artista comenzó a aislarse: apenas salía de su casa y casi no recibía visitas, resentido porque algunas instituciones culturales habían censurado su obra, en momentos en que el sexo y lo escatológico —platos fuertes en ella— no eran del todo aceptados.
Tanto por su trabajo controvertido como por su carácter ácido, al igual que por su forma intelectualizada de acercarse al humor, Chago ha devenido, en cierta forma, un personaje mítico en el medio plástico cubano. Decía: "Rechazo las concepciones sobre el humor como simple consolador bufo, comercial, cruel, panfletario, idiota. Busco hechos y motivaciones trascendentes. No desestimo la risa o la sonrisa, pero la ensayo sensible, inteligente, otra. Mi propósito fundamental es hacer pensar".

Entre su polémica obra, la historieta de Sa-lo-món, creada a comienzos de la década de 1960, fue la más paradigmática. Con ella, se organizó una muestra en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, como parte de la Segunda Bienal Internacional del semanario humorístico Dedeté. La curadora, Caridad Blanco, intentó reconstruir la trayectoria de la mutante figura, a la que considera un autorretrato del autor desde el punto de vista de su esencia, por encima de su cambiante forma. Según ella, Sa-lo-món expresa la agonía y el encierro a que Chago mismo se condenó. Desde sus inicios, en 1961, en un suplemento del periódico Revolución, la historieta no era entendida, probablemente por eso desapareció dos años después. Sa-lo-món se salía de las convenciones establecidas para el género, que entonces se trabajaba en Cuba imitando el estilo norteamericano, aunque con temas diferentes. Chago siguió haciéndola hasta 1975, en cartulinas inéditas. Luego siguió trabajando en otra dirección.
Quizá por tratar preocupaciones eternas del ser humano, válidas para una amplia geografía, las divagaciones filosóficas de Chago tienen hoy día la misma posibilidad comunicativa que cuando las creó. El tiempo no borra el sarcástico, irónico y sutil humor chaguiano, con sus experimentos formales y conceptuales. Esgrimió la duda como consigna y, desde ella, trataba de indagar en todo, completamente desprejuiciado.
Uno de los lemas de la primera etapa revolucionaria en Cuba rezaba: "Estudio, trabajo, fusil". Había que estudiar, trabajar y entrenarse por si los norteamérica nos invadían. El sabio Sa-lo-món de Chago, que envejecía, rejuvenecía, engordaba, adelgazaba, perdía piernas, brazos y cabello de una tira a otra, transformó también su gorro de bufón, rematándolo con un fusil y una pluma; pero, en vez de dibujarle un implemento de trabajo, Chago le dibujó un pene. Así, provisto, el irreverente y enigmático duendecillo, nacido según su autor de lecturas de Marx, se cuestionaba la política, la sociedad, las relaciones interpersonales... la vida toda.
Chago decía que Sa-lo-món era tesis, antítesis y síntesis. "Un hombre determinado, un individuo y, a la vez, todos los hombres, la colectividad. Y agregaba: "Con él he querido crear un personaje tan vasto, complejo y contradictorio como el hombre mismo. Puede ser intelectual analiza fríamente su circunstancia. Pero también es emotivo y sus arranques sentimentales e irracionales lo conducen a situaciones imprevistas".
El artista trabajaba por series (El humor otro, El humor ninguno, El humor gnosis, La chanson du condon, Lo amorfo y descorazonador, Domina el diálogo), en ellas las historias se interpenetran unas con otras. Aunque comparto el criterio curatorial de que la totalidad de la obra está permeada del espíritu de Sa-lo-món, me parece inadecuado haber situado en esta muestra a otros protagonistas como condones, bocas o simples esferas parlantes y asumirlos formalmente salomónicos.
Al parecer aun lo más serio, sesudo o trascendente, para Chago era susceptible de ser cuestionado desde planos bien terrenales e hilarantes. De modo que es posible, desde esa perspectiva, que en sus piezas todo lo relativo al ser humano siempre deba asumirse con naturalidad, no resultarnos ajeno y, menos aún, inconcebible. Así, solía poner a sus personajes (figuras desnudas "para lograr un desasimiento de las limitaciones que el tiempo y el espacio imponen") en situaciones comunes de la vida cotidiana y, aun en medio de un arrebato lírico, péan, eructan, eyaculan. Sin embargo, no se trata de exaltar la vulgaridad por la vulgaridad misma, como es de suponer sino que actúan en una suerte de "deconstrucción" de cualquier pose aristocratizante. Entre pedo y eructo se dicen frases de profundo contenido (válidas hoy día), en conjunción simpática de lo sublime con lo pedestre, y se queda el personaje como si tal cosa, en forma cómica, por lo desconcertante.
La obra de Chago, con el decurso de los años, permanece intacta. Ella puede dialogar con nosotros porque, salvo en lo tecnológico, el mundo se mantiene bastante parecido a lo que era 40 años atrás (a pesar de las comentadas transformaciones en los colores de los mapas y de los cuestionamientos sobre la utopía). Específicamente, en Cuba, al igual que Sa-lo-món, muchos nos hacemos muchas preguntas todo el tiempo y no siempre tenemos las respuestas; pero también seguimos la tónica de los personajes chaguianos de fijarnos en las esencias, eso nos permite decantar y, en consecuencia, vivir aun en medio de lo confuso a primera vista.
ERENA HERNÁNDEZ
