Las relaciones que involucran sentimientos siempre implican juegos de tensión y distensión, así como de armonía y desequilibrio. Ellas se establecen a partir de interacciones vitales que arrastran expectativas plurales que no siempre marginan la confrontación. En el marco de estas opciones, Rolando Peña ha pautado un largo recorrido de convivencia y vivencia con el petróleo. Con base en este péndulo se ha aproximado a todo el caudal de las corrientes de arriba asociadas a los procesos de exploración, y también ha explorado lo concerniente a las corrientes de abajo relativas a la producción y refinación de hidrocarburos.
Ahora, con su actual videoinstalación exhibida en el Museo Jacobo Borges, se centra en una realidad muy concreta de la cuestión petrolera, como es el lugar desde donde se saca dicho producto: El pozo. Desde el punto de vista técnico, se entiende que un pozo es un hoyo que se hace hasta determinadas profundidades de la capa terrestre, con el fin de extraer hidrocarburos hasta la superficie. Cuando hay suficiente presión en estos lugares, el petróleo fluye y se empoza creando la sensación envolvente de su presencia más cruda y tangible. Dentro de este foco de intensa resonancia ambiental se inscribe todo su empeño indagador, cuya intención se orienta cada vez más hacia las entrañas más secretas, enigmáticas y desafiantes del petróleo. Pero aquí, como en otras ocasiones, su relación de tensión y distensión con el petróleo se traduce en la reiteración de un enriquecimiento bidireccional: Rolando Peña se apoya en el petróleo para generar su especulación creativa y, al mismo tiempo, el petróleo encuentra en Rolando Peña la prolongación estética de sus efectos visuales. En el orden de esta reciprocidad ocurre algo análogo a lo que sentenciaba Michel Seuphor: “El grito fecunda al estilo, y el estilo hace perdurar al grito”.

El pozo está concebido como una videoinstalación solventada en tres instancias de lectura. La primera se asume desde un piso superior que permite abordar el acontecimiento desde arriba, al igual que fomenta el contacto con un video, cuyas imágenes reproducen el incendio ocurrido durante la guerra del golfo Pérsico. Luego el espectador tiene la posibilidad de introducirse dentro del pozo y de rodear su núcleo de ebullición. En este ambiente se acentúan las fuerzas expresivas de los elementos, debido a las sensaciones rústicas de aceites densos que reflejan los efectos del video, así como las repercusiones de las luces y sombras que invaden la atmósfera. También la temperatura se nutre con la combinación de estímulos sonoros que retumban por la carga sugestiva y misteriosa de una combustión que procede de las perturbadoras dimensiones de fuego. Un tercer plano completa el registro resolutivo de la obra, como es aquel que se activa al ver desde abajo los efectos perceptivos del video, con lo cual se sugiere una especie de fuego suspendido que emerge desde entrañas telúricas para apoderarse de la atmósfera. Esta mezcla de sensaciones deja sentir fulguraciones arrebatadas, así como impactos de irritabilidad y de asfixia. El estallido y la resonancia invaden todo el espacio y rodean al espectador para crear una enrarecida ambientación.
Los tres planos aludidos se integran en dos dimensiones expresivas. Por una parte, la que procede de percibir el petróleo en su estado de reposo y en su condición densa y líquida. Por la otra, la de contactar la ebullición de su potencia más agresiva. Tales extremos dejan sentir las contingencias sorpresivas y sospechosas propias de todo recurso energético. Para incrementar estas potencialidades, el artista integra los elementos expresivos y los recursos mediáticos en un compendio que reivindica la esencia de lo que significa una instalación. En efecto, en esta realización, se respira y experimenta el estar en un nicho que promueve una íntima relación con un entorno animado y palpitante. Esto permite que la obra se vea y se sienta adentro y desde adentro.
La conjugación de esos atributos nos lleva a precisar que la intención de Rolando Peña no es captar ni describir la presencia anodina de un pozo petrolero. Su interés se orienta, más bien, a convertir el petróleo en algo más de lo que es, en algo superior a lo que significa y en algo distinto a lo que aparenta. En fin, su acercamiento no está condicionado por la inocencia complaciente, pero tampoco está empujado por la denuncia estridente. Lo que busca es prolongar la resonancia del petróleo más allá de su existencia material y de su significación empírica.
No podemos omitir en este análisis la presencia del barril. En esta resolución, como en casi la totalidad de sus ejecuciones, Rolando Peña recurre a este objeto sin disimular ni esconder que él representa el dato visual más elocuente y el estímulo sensitivo más abarcador de sus discursos plásticos. Es conveniente destacar que originalmente el barril era el recipiente en el cual se almacenaba y transportaba el petróleo. Ahora los mecanismos son diferentes y el barril ha quedado para ser usado ocasionalmente y para representar la unidad de medida de la negociación de petróleo, la cual equivale a 42 galones (159 litros). Esta significación, aunada a su antecedente histórico, ha convertido al barril en el símbolo más representativo y reconocido de la industria petrolera en el mundo. Rolando Peña lo usa, lo interviene y lo manipula en su más amplia y heterodoxa potencialidad. El artista, en primer lugar, concibe el barril como forma autosuficiente que se afirma a partir de su presencia real. También el barril es revelación del petróleo en su acepción más convencional. Pero, por encima de estos alcances, el barril se convierte en expresión de un foco sensible que está colmando de asociaciones que van desde lo muy explícito hasta lo más secreto. Es igualmente un símbolo de amplio espectro en el que se identifican polos vinculados a la riqueza del oro negro o al impacto de la contaminación. Es, además, metáfora que dice algo distinto a lo que aparenta decir, o alegoría que promueve la repercusión de las metáforas que engendra. Finalmente, el barril es concepto que sedimenta y problematiza el más hondo significado de las inquietudes creativas del artista.
La concurrencia de esos alcances del barril demuestra que Rolando Peña parte de lo referencial pero no se circunscribe a su anécdota. Su secuencia podría sintetizarse como un esfuerzo que se despliega entre el dato sensible y la más especulativa interpretación. No sobra repetir aquí —con palabras de Octavio Paz— que “la representación significa la distancia entre la presencia plena y nuestra mirada”. Dentro de este trecho ocurre el proceso de diseño y la definición estética de El pozo. En este espacio las cosas se muestran para dejar de ser lo que aparentan y para asumir la suprema significación de sus polivalencias.
Otra vez, con el apoyo de Octavio Paz, podemos subrayar que las polivalencias que el artista le otorga a su obra reflejan “la hendidura por donde entramos en las cosas y la hendidura por donde el ser escapa de ellas”. Aquí, como en la generalidad de sus resoluciones, se opera un extraño encadenamiento de reproducción-presentación-reversión, al igual que se enfatiza la interacción entre realidad e imaginación. Dentro de este ámbito pendular se ha movido siempre su obra con una solidez que se ha alejado de los radicalismos efectistas y de los fundamentalismos vehementes. Rolando Peña está más cerca de la problematización que del panfleto y, por eso, sus acercamientos al tema del petróleo se caracterizan por ser comprensivos y no enjuiciadores.
Para cerrar, sentimos la necesidad de reconocer que en esta obra se promueven, simultáneamente, los alcances de seducción, contradicción, especulación y ficción que rodean al mundo del petróleo. Lo interesante es que todas estas apreciaciones se mezclan y confunden en un compendio tramado y sinérgico, en donde el todo es más que la simple suma de las partes. A partir de tales valoraciones resulta imposible dejar de transcribir una reflexión que Gaston Bachelard escribió en su libro póstumo de 1988, titulado Fragments d’une Poétique du Feu, y cuyo contenido permite revivir la esencia más palpitante de El pozo. Ahí se lee: "¿Qué me ocultas al mostrarme esta imagen? El que muestra no demuestra. Al que demuestra le repele mostrar. Cuanto más brillante es la imagen, más inquietante es su ambigüedad. Pues la imagen es la ambigüedad de las profundidades. Y todo lo que asciende oculta las fuerzas de la profundidad".
VÍCTOR GUÉDEZ
