Después del sorpresivo cierre de la Galería Larrama, el arte contemporáneo más radical se ha trasladado, en Santo Domingo, al Centro Cultural de España. Quisqueya Henríquez presenta allí la exposición Panorama, su segunda individual en República Dominicana.
Para la vida artística local, el hecho de que Quisqueya Henríquez —dominico-cubana de origen, formada en La Habana, casada con un abogado dominicano— no solamente resida en Santo Domingo, sino que también haya tomado la decisión de exponer en esta ciudad constituye un aporte fundamental. En estos momentos, es la única artista nuestra realmente conceptual, cuya idea prima sobre la obra o al menos la genera.
Después de una muestra individual en la experimental Sala 7 del Museo Tamayo, muy comentada en México, Quisqueya Henríquez ha continuado investigando los problemas de la construcción y del entorno urbano capitalino. Comprobamos que, cuando ella prepara una exposición, decide la trayectoria a seguir, sin posibilidad de accidente, y esto, tanto para el creador como para el receptor. Resulta del proceso un arte de transmisión e intercambio, una obra interactiva, que es un planteamiento esencial en este período de Quisqueya Henríquez.

Mientras la exposición anterior adrede no tenía título, la colección presentada en el CCE se denomina Panorama. La autora, que concibe el arte como simbiosis de continuidad y rupturas en el tiempo, nos remite a aquellos inmensos cuadros cilíndricos inventados en la segunda mitad del siglo XVIII, que crearon la palabra “panorama”, donde el espectador, colocado en el centro, veía los motivos en su totalidad: rodeado por ellos, era como si los dominase con la mirada desde la altura. Decía el escritor prerromántico Chateaubriand, impresionado por esa clase de cuadros: “Mi memoria es un panorama: allí vienen a pintarse, sobre la misma tela, los sitios y los cielos más diversos”.
La fotografía, cien años después, utilizó ese formato totalizante, impactante para la época, pero con ciertas dificultades técnicas. Hoy, Quisqueya Henríquez, guiñando un ojo a los panoramas decimonónicos, retoma el concepto de totalidad visual e informativa, mediante la fotografía y la instalación, acerca de la ciudad de Santo Domingo. La artista, a quien hemos apreciado tanto en la excelencia del dibujo como de la obra tridimensional, es también una fotógrafa que maneja la última tecnología.
La exposición está montada en dos pisos. En la sala del primer piso, la instalación principal, que da su nombre al conjunto expuesto, Panorama. En la segunda planta, una secuencia de fotografías, Locus Nómada, 1988-2000. Lamentamos que la fuerza de la obra fundamental reste importancia a imágenes mordazmente críticas y más lúdicas en su criterio compositivo. Además, esas tomas selectivamente ocultadas o duplicadas son fehacientes de la capacidad de Quisqueya Henríquez para dirigir, controlar o exaltar la expresión fotográfica mediante una solución formal.
Panorama del primer piso se compone de dos mesas sobre las cuales se han dispuesto 30 cajas de cartón, colocadas simétricamente y a igual distancia, en rectángulos levemente ahuecados. Todo negro, frío, calculado. Más aún, la sala entera, oscura y cerrada sugiere una metáfora de caja. ¿Puesta en abismo, cajas dentro de una caja? Es un primer enfoque.
Sin embargo, a las tinieblas se opone la luz. El fondo del salón está ocupado por una inmensa pantalla, blanca, sustanciosa, irradiadora, muy bella por cierto. Y en cada caja se oculta una fotografía, que un visor nos hace descubrir. Nos llevamos cada caja, sucesivamente, a los ojos, frente a la pantalla de luz. Y, sigilosamente, vamos reconstituyendo un “panorama” estremecedor de Santo Domingo o de cualquier ciudad similar.
Poca gente, fragmentos de edificios gangrenados o en construcción: esto ya da la sensación de ruina. Quisqueya Henríquez ha seleccionado cinco temas: arquitectura abandonada, espacios vistos por un hueco existente, intervención del sujeto en el paisaje urbano, arquitectura e historia, construcciones en proceso. Aunque escasea la presencia humana, las imágenes no cesan de involucrar al hombre en esta degradación: pasado, presente, porvenir. La obra es una especie de reciclaje de la ciudad en decadencia, a través de la fotografía. Ciudad incierta, depresiva, lastimada, que afecta más nuestra sensibilidad, cuando la artista pone en evidencia los problemas urbanos. ¿No nos pide reaccionar y dejar de ser cómplices de la degradación, empezando por nuestra indiferencia?
El proceso de contemplación es largo. Pero lo observamos, los espectadores no se cansan y se entusiasman más mientras van mirando. Descifran el mensaje, analizan, se autoanalizan. Luego, Quisqueya Henríquez nos deja completamente libres de interrumpir el “ciclo”, de cambiar su orden, de mirar una segunda vez: lo creemos necesario para lograr apresar los mensajes, lo invisible a través de lo visible. La interacción se produce naturalmente y varía según los participantes. Complace además enormemente que esa relativamente difícil exposición en el complaciente entorno artístico dominicano haya sido una de las más concurridas de la temporada.
MARIANNE DE TOLENTINO
