Exposición Individualene 2001 - mar 2001· Por Manuel Álvarez Lezama

Pepón Osorio

Museo de Arte de Puerto Rico, Museo de Arte Contemporáneo, Escuela de Artes Plásticas, Museo de San Juan

Por fin Pepón Osorio (Santurce, Puerto Rico, 1955) regresa a Puerto Rico, su patria, para asombrarnos y provocarnos con un proyecto sin precedentes en esta pequeña isla. Bajo el título de Pepón Osorio, de puerta en puerta, el nuevo Museo de Arte de Puerto Rico, el Museo de Arte Contemporáneo, el Museo de San Juan y la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico presentan En la barbería no se llora (una de sus instalaciones más importantes que ha sido expuesta con gran éxito en diferentes partes del mundo); Insignia de honor(que relata la conversación de un padre encarcelado y con sida con su hijo adolescente), Escena del crimen; ¿el crimen de quién? [el escenario de un crimen (¿pasional?)] en un hogar puertorriqueño/latinoamericano de Nueva York], y Visita al hogar (un proyecto de arte semipúblico de carácter itinerante que toma como punto de partida el ritual católico de “la visita del Santo” a ciertas casas escogidas). 

Este mago de la hipérbole, del barroco plástico, del kitsch postmoderno, que nace en Santurce en 1955 y que emigra a Nueva York en la década de 1970, vuelve a su isla colmado de honores —desde sus numerosos éxitos internacionales hasta haber sido premiado con la prestigiosa MacArthur Fellowship en 1999— para compartir con su pueblo su singular visión estética y ética de los puertorriqueños que viven “allá”, en los Estados Unidos. Su arte siempre poderoso, poético siempre inmediatamente nos invita a convertirnos en magníficos voyeristas para darnos cuenta pronto de que en verdad nos estamos viendo a nosotros mismos como nos ve “el otro”, los norteamericanos, y muchos, en los países que llamamos “civilizados”. 

Exposición Individual: Pepón Osorio — imagen 1
Escena del crimen, ?El crimen de quien?/Instalacion. Puesta en escena de crimen con camaras de video y equipos de medios de comunicacion

Aunque al principio rechazó “el mundo” de los puertorriqueños de Nueva York, en muy poco tiempo Osorio se convierte en uno de los cronistas más importantes de la diáspora puertorriqueña (que es también la caribeña y la latinoamericana en general). Su alucinante sincretismo donde su singular mirada de la Patria perdida, donde sus fascinantes juegos con Eros, donde su enigmático baile con la Muerte, se convierten en un increíble carnaval logra que comencemos a vernos como nos ve “el otro”, los que se burlan de nuestra estética y de nuestra ética, los que nos discriminan tanto en la vida como en Hollywood (desde Ricky Ricardo y West Side Story hasta el desagradable political correctness de los últimos años). 

Otra vez este genio del barroco postmoderno, que abiertamente nos ha dicho que le “encanta la contradicción”, que ve “las casas de los puertorriqueños de Nueva York como templos sincréticos”, logra que podamos ver “el paso de la tierra al plástico”, y nos invita a que a través de su arte entendamos que aunque creamos que somos parte de “el sueño americano”, en verdad somos parte de otro sueño que muchas veces se torna en una larga y terrible pesadilla porque en esencia somos y continuamos siendo diferentes. 

Y ¿cómo logra esto Osorio? Más que un artista de instalaciones, Pepón, como le llama todo el mundo, es un constructor de “altares” altares a las pequeñas y grandes deidades que rigen nuestras vidas; altares a los pequeños y grandes recuerdos que nos han formado donde el barroco latinoamericano y el kitsch norteamericano (el del Warhol del Midwest, no el del Warhol cosmopolita de Manhattan) se mezclan delirantemente para crear “unos paraísos” que aunque tuvieron su origen en nuestros países, no eran posibles de construir en nuestra tierra. Osorio convierte en poderosísimas metáforas de supervivencia su barroco surrealista o su surrealismo barroco y logra que cada uno de sus “escenarios” pueda ser visto tanto como una tragedia griega como un snapshotde lo que nos ha ocurrido 508 años después de Cristóbal Colón. 

En las instalaciones antes mencionadas, Escena del crimen: ¿el crimen de quién?, En la barbería no se llora e Insignia de honor —impecablemente montadas y presentadas—, vemos cómo Osorio establece un brillante diálogo entre el catolicismo, la santería, los atletas y la farándula puertorriqueña (y latinoamericana), una serie de objetos repetidos de plástico y porcelana barata, trofeos, fotografías, velas, flores plásticas, espejos y un patriotismo muy superficial, diálogo que nos asusta al principio pero que rápidamente se convierte en un brutal espejo que refleja muchas de nuestras caras y muchas de nuestras máscaras. 

Detrás de una cinta plástica amarilla que dice Police line-do not cross, Osorio logra que compartan el protagonismo tanto un cadáver cubierto por una sábana ensangrentada, como un San Lázaro de más de un metro, como una cámara que parece haber sido tomada de la última escena de la película Muerte en Venecia de Visconti (Escena del crimen). Por otro lado, este poeta de lo tridimensional logra que una barbería se convierta en un impactante laberinto visual donde el macho puertorriqueño, un homoerotismo impresionante, y la posibilidad real del homosexualismo se miren y se abracen sin ningún tipo de inhibiciones (En la barbería no se llora). 

Finalmente, este cronista de las supervivencias, y de las felicidades de los nuestros en Nueva York, logra que entendamos el patetismo de una conversación entre un padre encarcelado y con sida con su hijo adolescente que a pesar de todo todavía se atreve a sonar como lo hacen los adolescentes de los suburbios burgueses de los Estados Unidos (Insignia de honor). 

En fin, “Pepón Osorio, de puerta en puerta” ha sido una verdadera celebración estética y ética para los puertorriqueños que no conocían el arte de uno de sus grandes artistas. Mediante sus instalaciones (¿espejos?), este inagotable tejedor de nuestras realidades logra que nos veamos con nuestra confusión política y cultural, con nuestras penas, con nuestros sueños, con nuestras lágrimas y nuestra risa, creyendo que, a diferencia del Infierno de Dante donde existe “el deseo sin esperanza”, todavía “los nuestros”, nosotros, podemos desear y creer en el Futuro. 

MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA

Pepón Osorio, por Manuel Álvarez Lezama | artnexus