Las pinturas de la reciente exposición de Manuel Ocampo en la Galería Jack Shainman son tan visual y verbalmente densas que inicialmente parecen casi impenetrables. Estas obras a gran escala asaltan al espectador con una serie de figuras realizadas en diferentes estilos ilustrativos y ejecutadas en gruesas pinceladas artísticas de colores chillones. Ocampo agrega otra capa de signos a este palimpsesto de imágenes, colocándole a cada obra frases de texto que hacen reflexionar.
Those Long Dormant Pimples of Inattention Meandering Through the Cranium Arcade of Pitiless Logic Swastikating Between Love and Hate es el título dado a esta exposición, y compendia la sensibilidad general de las obras incluidas en ella. Lentas, pesadas y absurdas, ininteligiblemente intimidantes y cargadas de humor basado en el argot, estas obras casi desafían al espectador a alejarse desdeñosamente o a sentirse desconectado sin esperanzas. Ocampo ha escrito que como artista en desarrollo se sumergió en los escritos de crítica de arte de las décadas de 1980 y 1990, y que llegó a darse cuenta de que estos escritos estaban aislándose cada vez más, debido al también cada vez más especializado y enrarecido modo del discurso. Él dice apreciar este discurso como una forma de arte muy particular, pero, a juzgar por el tono generalmente burlesco de esta exposición, no podemos evitar preguntarnos cuán verdaderamente aprecia lo que ha leído. A Responsibility in the Name of Ideas (todos los títulos se duplican como el texto que leemos en las pinturas), por ejemplo, mina la urgencia didáctica de sus instrucciones nominales, presentando a un frívolo y extremadamente lindo cachorrito de apariencia inocente. De otra parte, The Stream of Transcendent Object-Making Consciously Working Towards the Goal cargó su lienzo con una verborrea tan excesiva, que ya no queda espacio para las imágenes.

Sin embargo, a pesar de su humor, estas obras resuenan en otro nivel. De hecho, si todo lo que pretendían hacer eran criticas ridículas y pomposas, inevitablemente empezarían a desgastarse, dado que el objetivo es muy fácil. Estas pinturas, al igual que las obras de la exposición simultánea de Damien Hirst, con un título igualmente ostentoso, quieren que se les tome muy en serio, a la vez que quieren divertir. Así, Ocampo inclina la balanza a veces con símbolos cargados que tienen el propósito de provocar. Por ejemplo, en The Unseen Power of the Monochrome, hace un retruécano del precepto greenbergiano del campo del color. Pero la semidesnuda afrolatina presentada simplemente como un objeto sexual responde a esta forma de mirar estrictamente formal; es decir, objetivadora. La figura que la observa es un hombre de dos cabezas las de Marx y Lenin, sugiriendo las fragmentaciones ideológicas que dividen a la izquierda, e invocando, por extensión, el discurso crítico y de neoformalismo del círculo editorial October, temas de objetivación occidental de los no occidentales e, incluso, el socialismo artificial del mismo Greenberg.
Además de estas pinturas hay un grupo de dibujos clavados humildemente en la pared, los cuales hacen referencia a diferentes formas del arte de las historietas, de manera similar a como lo hace Raymond Pettibone. Ocampo mismo sugiere esta comparación con Pettibone, pero la presentación de textos como imágenes también sugiere a Ed Ruscha, y dados estos dos marcos de comparación, la obra de Ocampo da la impresión de ser un poco débil.
Con esta serie de pinturas, Ocampo se apropia hábilmente de muchas de las estrategias de la pintura de los últimos 15 años, como un medio para criticar el criticismo que intenta tratar estas obras. Lo que raya en lo problemático, sin embargo, es la propia dependencia del artista de los recursos de los cuales surgió la crítica postmoderna. Estas pinturas continúan con la tradición del artista de confiar en el uso extensivo del signo y el discontinuo plano pictórico, invocando diferentes sistemas para comunicar sus significados, y muy inclinado hacia lo personal y las políticas de identidad. Una cosa es jugar con la relación texto-imagen pero, en alguna forma, a estas obras les falta poco para reconocer las limitadas opciones de que dispone un escritor a quien no le queda más sino emplear el texto para hablar del arte basado en un texto. Hay también una cierta falsa negligencia de la relación artista/crítica, y de cuánto dependen los artistas de la crítica para ayudarles a que su arte sea inteligible.
Sin embargo, esta serie muestra un grato giro, en comparación con sus exposiciones anteriores, y ciertamente logra lo que para muchos es lo más difícil de todo: provocar y entretener al mismo tiempo.
JOHN ANGELINE
