Exposición Individualene 2001 - mar 2001· Por Christine Frérot

Magali Lara

Centro Cultural de México

La Galería del Centro Cultural de México —uno de los centros culturales extranjeros más bellos de París— acaba de inaugurar su espacio ampliado y renovado con la exposición One woman show, de Magali Lara. En colaboración con la muy activa Galería Nina Menocal de México, con la que ha sido editado un importante catálogo, el Centro Cultural de México presentó un conjunto coherente y equilibrado, compuesto de tres grandes tapices (gobelinos) tejidos en México, dos juegos de cerámica, diez dibujos y siete grabados, bajo el título genérico de Allá. Se reconoce una escenografía muy aérea y transparente, ligera, en el espíritu de las obras expuestas, aun si una cierta violencia se une a la dulzura para alimentar la sustancia de estos juegos eróticos y carnales. 

Exposición Individual: Magali Lara — imagen 1
Podar/Tapiz vertical

Todavía no nos decidimos a adoptar una versión femenina de la palabra “pintor”, mientras que la palabra “artista” queda fácilmente abandonada a una comodidad asexuada. Sin embargo, las preguntas abundan. ¿Existe un arte específicamente femenino? ¿Se puede identificar el sexo de un artista a través de su arte? ¿Existen discursos pictóricos sexuados (o asexuados)? ¿Se les puede reconocer con facilidad? Las preguntas no tienen fin. Pero lo que de verdad importa es que el acto pictórico crea un espacio de sentido donde se cruzan y se entrechocan las formas, nutridas de emociones e intenciones, portadoras de símbolos, metáforas o mensajes más o menos inconscientes. Naturalmente, estos componentes nunca son neutros. La imagen se halla filtrada por un prisma que forma la sensibilidad, la inteligencia, la ideología y la identidad social, cultural o sexual. Empero, no se le encontrará sentido a la obra con el mero hecho de buscar a todo precio su condición femenina o masculina, ni se la definirá. Lo que hace falta es interrogarse sobre la articulación entre la idea y la forma. El arte expresa su verdadera naturaleza en este encuentro no fortuito. La cuestión del sexo, el de los artistas y su propensión a abordar los temas en relación con la sexualidad, es una cuestión falsa. No obstante, es verdad que los hombres y las mujeres no viven la sexualidad (o el sexo) según los mismos registros. Y, en consecuencia, ¿por qué no se produciría lo mismo en la creación, en la opción de su representación, la intensidad puesta o sustraída para evocaría, describirla o mostrarla, la reserva o el desborde, el pudor o la exhibición, el sueño o la realidad, etc.? Son rasgos y comportamientos que evidentemente caracterizan más a un individuo que a otro, pero que indudablemente diferencian al hombre de la mujer. 

El título escogido por Magali Lara es a la vez incierto e intemporal. Evoca la distancia, el otro, la diferencia. Pero es también una alusión a la vida y a la muerte, a la identidad en el deseo, el placer, el sufrimiento y la pérdida. Magali Lara aborda estas orillas de la emoción personal y universal, como las de una mujer-artista sensible, sensual y generosa, que inventa, reescribe e invoca en una obra que interpela todos nuestros sentidos. Esta sintaxis del tacto, esta arqueología amorosa que ella elabora en su cañamazo de carnes, sangre y pasión, procede de una simbólica femenina que naturalmente ella reivindica. Con ella, se está en el corazón de la “herida” del “vértigo”, del “ardor”, de la “caverna tibia”, del “fuego”, de la “mancha”, de los “pliegues”, de la “penetración”, de los “ojos” y de “lo abierto”. Se está en el rozamiento, el enfrentamiento y la palpabilidad de Eros. El acto acecha en torno a la carne, los sexos, y los corazones “ausentes” se tocan, se acarician, se hieren, en una proximidad y una violencia retenidas. En estas grandes tapicerías existe una atmósfera de intimidad que la dimensión monumental (de 220 cm a 350 cm) no logra alterar. En ellas sólo cabalgan y se funden los rojos, los pardos, los negros y los grises. 

Si después se les compara con los dibujos y los grabados presentados en la planta alta, se observa que la proyección hacia el espacio y el desborde —de lo íntimo a la sugerencia, del papel liso a la superficie rugosa del tejido de lana— no modifica en nada el contraste entre la delicadeza y la fuerza, entre el ajustamiento y la explosión. Este trabajo sobre las diferencias, a la vez plásticas, técnicas y sexuales, logra crear un nexo que no es sólo visual y estético, sino una relación de cuerpo a cuerpo de sentidos y de emociones. Así, se puede imaginar una savia (sangre o esperma) que atravesaría el conjunto de su trabajo. Símbolos, una historia; el rojo y el negro. Oposición entre dibujo y fijación de color, entre tarea y gesto, entre libertad y retención. El artista sugiere y dice en pequeñas frases escritas a la mano, que a veces puntean en grabados sobre los que ella interviene después, o dibujando otros grafismos en el vértigo blanco o crudo de sus grandes tejidos. 

Palabras para decir y para testimoniar. En sus inscripciones sobre dos platos distintos de cerámica, las palabras se transforman en metáforas plásticas y conceptuales. También es un mensaje que se dirige al hombre, que lo interroga, por lo mejor: “Hazlo”, “Pero no me lo digas”. Pero la herida sigue ahí, agazapada bajo la forma de manchas de color rojo sangre, para no olvidar lo peor. Y para estar seguros de que el discurso dialéctico de amor-odio de Magali Lara sólo le pertenece a ella. Entre gritos y susurros. 

CHRISTINE FRÉROT

Magali Lara, por Christine Frérot | artnexus