Exposición Individualene 2001 - mar 2001· Por Graciela Kartofel

José Gurvich

Museum of Latin American Art, MoLAA

La exposición de José Gurvich en el MoLAA tiene la característica de presentarse como una retrospectiva de valor histórico que va creciendo en atractivo y significación a medida que se avanza en el recorrido. Gurvich no es un autor cuya obra haya sido ensordecida por el paso del tiempo; mantiene la frescura, el detallismo, la vehemencia y el sentido del humor que han caracterizado tanto su plástica como su personalidad. Es aleccionadora la sabia y sacrificada decisión de la entonces joven viuda: no desprenderse de la obra realizada. A esto hay que añadir la realización del trabajo de clasificación y conservación, que es fundamental para que la obra sobreviva y pueda presentarse en exposiciones como la que se reseña en este espacio. José Gurvich (Lituania, 1927, Nueva York, 1974) llegó Uruguay a la edad de cinco años; se interesa por la música, disciplina que estudia y que considera su futuro hasta que conoce a Joaquín-Torres García y dialoga con él; a partir de entonces entra al taller del citado maestro, y su vida da un giro definitivo hacia las artes visuales. En los primeros años en esas lides predominan las obras clásicas de cuadrícula torresgarciesca, las relaciones de símbolos y maneras de dibujar y pintar así como la figura humana. Pero Gurvich hará muchas otras cosas en su corta vida. Indiscutiblemente, subsistirán la estructura de maestros y escuela tan marcadores, en una capitalización de la amplitud de enfoques técnicos y temáticos del taller aunado a lo cual, este trabajador incansable demostrará su capacidad de expansión creativa, su espíritu jovial y despojado de ataduras intelectuales. 

Exposición Individual: José Gurvich — imagen 1
Pareja extraterrestre en collage/Oleo sobre madera

A los 29 años de edad ya había expuesto en Uruguay solo y con el taller y estaba viajando a Europa camino a Israel para trabajar y pintar en un kibutz durante dos años, al término de los cuales regresa a Montevideo e inicia un periodo de numerosas exposiciones, a la par que impartía clases en el taller y realizaba murales. Las sucesivas distancias geográficas que recorre —varios viajes al Viejo Continente y a Tierra Santa— equivalen a los mundos estéticos que une, interrelaciona o separa en sus etapas plásticas. De la cuadrícula pasa a las pinturas, sin que esa trama sea visible; roza la abstracción sin abrazarla totalmente, mientras hace de la figura humana en pareja su tema fundamental. Del orden ortogonal y torresgarciesco llegará a diversos tipos de barroquismo que advertimos en las obras de temas judaicos, en las de preocupaciones cósmicas, en las de elementos urbanos, en algunos proyectos monumentales y en aquellas del “hombre nuevo”. 

Gurvich es un hombre y un artista que se forma a sí mismo con valentía; representando una faceta característica de los inmigrantes europeos que llegan a América Latina y a Estados Unidos. Insisto, esto no niega la importancia del Taller Torres-García, sino que señala a quien se atreve a independizarse de varias maneras (lo que no siempre se busca o se logra con maestros tan marcadores). Por otra parte, sus viajes, la búsqueda de fuentes judaicas para realizar encargos, las inquietudes de realizar cerámica y joyería más allá del taller confirman esta aseveración que bien pudieron percibir quienes visitaran la exposición en el MoLAA. Cabe consignar aquí que la estación previa de esta exposición itinerante fue el Museo José Luis Cuevas de la ciudad de México, donde también tuvieron relevancia todos estos aspectos. En Los Angeles, la sección de dibujos de Gurvich se presenta en el Centro Cultural Judío, mientras que en Argentina, Brasil y México —las estaciones anteriores— los dibujos estaban integrados al resto de la exposición. Ya sea que se presente la pintura sola o acompañada de las otras manifestaciones técnicas, la variedad de facetas creativas e impulsos productores del autor quedan bien claros; la curaduría y las opciones museográficas a cargo de Alicia Haber explicitan lo dicho hasta aquí. La obra de este autor se sostiene en todas las facetas de su modernismo clásico. Haber también es la autora del ensayo del catálogo, una completa publicación que se incorpora al territorio de los siempre bienvenidos libros de arte latinoamericano. 

Las obras de más estricto orden constructivo son densas, a la par que motivadoras. Cuando Gurvich se encauza hacia el hombre cósmico, pone de manifiesto la magnitud de su inquietud humana y estética. En algunos óleos sobre tela o sobre madera, como es el caso de Hombre construido en rojo, 1960, la cuadrícula torresgarciesca subsiste con expansiones gurvicheanas. La línea es el vector de verborrea de su obra. En Pareja con rayitas, en las varias y notables piezas "con cuñas" (ya sean dibujos o pinturas) de la misma década y en Pareja cósmica, entre muchas otras piezas, la inteligencia libre y asociativa del autor se pone en acción. Kibutz y ¡Qué pesado es ser judío! —ambas de la primera mitad de la década de 1970— concretan el abigarramiento de figuras de diversos tamaños entramadas con símbolos, paisajes y animales, al estilo de las sagas hebraicas populares de los pueblitos perseguidos, algunas, a la usanza inmortalizadora de Chagall. En la misma época hay obras como Collage en naranjas, una técnica mixta de ascendiente informalista, tendencia en boga en esos años; en esa obra se enlazan la fragmentación humana y de objetos con la mancha y el dibujo, así como ciertas texturas más visuales que físicas. El artista vivió en Nueva York una etapa conflictiva y de contrastes; se le oponían las emociones tanto como las preocupaciones; los rascacielos y la arquitectura en general —así como las zonas vacías y las esculturas urbanas— lo deslumbraban mientras lo acosaba la nostalgia por Uruguay. En esas últimas etapas de José Gurvich se advierte una concepción monumentalista a través de bocetos, obras y anotaciones para posibles monumentos públicos. 

GRACIELA KARTOFEL

José Gurvich, por Graciela Kartofel | artnexus