La última exposición de John Castles (1946) es una continuación del trabajo que este escultor abstracto viene realizando desde 1 996. Si se toma en cuenta la periodización que esbozó Luis Fernando Valencia en el catálogo que editó el Museo de Arte de Pereira, en 1998, para la exposición Intersecciones, tendremos que señalar que su obra sigue insistiendo en los mismos problemas y principios que planteó cinco años atrás, cuando mostró su trabajo en el marco del premio Luis Caballero, que organiza el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.
Valencia afirma que la obra de Castles ha pasado por tres momentos: un primer período estaría signado por la construcción de una escultura abstracta radicalmente moderna, en donde la consecución de la autonomía de la obra era su principal objetivo. Luego vendría, a finales de los años setenta, a través de la intencionada supresión del pedestal, un acercamiento a lo que Rosalind Krauss denomina el campo expandido de la escultura. Al perder el pedestal, el límite que las separaba del espacio, las esculturas de Castles empezaron a plantear relaciones con su contexto más inmediato, sin abandonar su carácter autorreferencial. Finalmente, en la década de 1990 aparecería un tercer y último período, en el que las obras del escultor se han puesto a dialogar abiertamente con el espacio, llegando, incluso, a transformarlo: las piezas inciden en éste, llamando la atención del espectador sobre la sala de exposición.

Esta última preocupación, sin duda, estructura la muestra que la Galería Diners exhibió en el pasado mes de septiembre. El artista mostró piezas de acero realizadas entre 1998 y 2000, a través de las cuales, nuevamente, llama la atención sobre la relación que se establece entre la obra y el espacio. Grandes volúmenes adosados a los rincones superiores de las salas, o pequeñas piezas que invaden irónicamente el pedestal que las sostiene, tejen una y otra vez su “lugar”.
Por su parte, los volúmenes de grandes dimensiones introducen en la relación con el espacio tres elementos: gravedad, tensión y equilibrio. Por la posición de estas piezas, cada uno de ellos es condición de posibilidad del otro. Suspendidos en la parte superior de los muros, estos trabajos parecen levitar desafiando la gravedad. Su posición es producto de la tensión y el equilibrio de varias fuerzas.
Adicionalmente, en algunas de estas esculturas o de estas estructuras axiomáticas, como denomina Valencia los trabajos de Castles de este período, se podría agregar un elemento adicional: la ironía. Esta se construye a través del tamaño y de la posición de la obra. Pareciera que Castles ha buscado rechazar la definición negativa y también irónica que Barnet Newman hiciera de la escultura, en la década de 1950 (“La escultura es aquello con lo que tropiezas cuando retrocedes para ver una pintura”). Invade el muro y sus rincones ubicando sus volúmenes, subvirtiendo el orden mínimo a través del cual el famoso crítico reconoce los límites entre la escultura y la pintura. La ironía también está presente en las piezas de pequeño formato. Estas esculturas subrayan la relación de su volumen con el espacio que las circunda, a través de la base que las sostiene. Aparentemente, la obra reposa tranquilamente sobre su pedestal, pero si se la observa detenidamente vemos cómo ese reposo es dinamizado por los planos del volumen que se extienden hacia abajo. Estas pequeñas piezas ya no encuentran todo su sentido a través de sí mismas y de su autonomía absoluta, sino que se dirigen hacia el lugar que las contiene y que ellas mismas transforman, por cuanto reconocen su existencia a través de la experiencia arquitectónica, de la experiencia del espacio.
WILLIAM LÓPEZ
