Las pinturas de Diego Gravinese están cargadas de elegante información y contradictorias intenciones; él es un narrador informal de un tipo diferente. ¿Se supone que conozcamos sus secretos, o que simplemente admiremos su virtuosismo? La obra refleja la ambivalencia que inspira. Lánguidas e intensas a la vez, sus figuras compiten ansiosamente por nuestra atención con diagramas de exhalaciones de invisibles humores post-modernistas, y la extraña forma geométrica. Las pinturas reclaman atención.
En su exposición en la Galería De Chiara/Stewart, Gravinese enfatiza la yuxtaposición bipolar de imágenes, las cuales, junto con su estilo pictórico realista, en forma inmediata, incómoda e injusta nos recuerdan a David Salle. Gravinese trabaja tan duro para lograr un efecto espectacular cuando está inventando los nombres para sus obras, como cuando en realidad está pintando, pero títulos como Sad (The inherent truth in every cliché) nos dejan más desconcertados que informados. El artista emplea sus propias instantáneas para establecer un contexto personal para las pinturas, y luego equilibra, o socava, esa imagen con una aparentemente más genérica. El primer impulso del espectador es aceptar la dicotomía misma como tema de las pinturas. Después de todo, la identidad transmitida y definida por los medios masivos es terreno familiar para muchos maestros jóvenes del pastiche. Sin embargo, esto constituiría una mala interpretación de Gravinese, porque su verdadera intención parece totalmente personal, casi solipsista, en realidad. El contenido visual de las pinturas está tomado directamente de la vida del artista: sus luchas con las mujeres, las drogas y su madre, en especial, aunque no necesariamente en ese orden.

Infortunadamente, el placer de extraer las narrativas de Gravinese de las pinturas está comprometido por la ambición de éstas. Parecen pinturas importantes o, más bien, parecen como si quisieran ser entendidas como pinturas importantes. Así se dirigen con franqueza a su público: miran hacia fuera más que hacia adentro. Esto es lamentable, porque son realmente pinturas que hablan de sufrir, pero Gravinese está solamente empezando a agobiarse. Los significados especiales que motivan al artista están doblemente perdidos para nosotros; perdidos en el sentido inmediato, ya que no podemos negociar la obra para verlos, y perdidos de nuevo cuando los desciframos, porque la pasión que los anima parece perdida en un jeroglífico, como acertijos.
La buena nueva es que Gravinese, un pintor inteligente, industrioso, experto y ambicioso, se está moviendo diligentemente en la dirección correcta. Se está deshaciendo con asombrosa eficiencia de los brillantes trucos de la pintura y de las deslumbrantes aunque en el fondo vacías fusiones de imágenes personales y del pop que caracterizaron sus (muy populares) primeras exposiciones. Está moderando el acto del maestro joven y se está moviendo hacia una consideración más seria del tema que realmente lo consume: El mismo, sus deseos, miedos y esperanzas. Bien mirado, éste no es un mal tema; después de todo, es el tema de casi todo el mundo y, de todos modos, parece que Gravinese lleva una vida bastante interesante.
Las intelectualmente rigurosas ideas sobre la sociedad contemporánea le dieron a Gravinese una plataforma conveniente, atractiva y vendible, pero fue una tentación peligrosa y perturbadora, y el artista lo reconoce. Ahora está trabajando contra el atractivo fácil de su estilo primario, literal, aunque tentativamente, enredando las cosas. Está manchando sus pinturas con exageradamente descuidadas muestras de pintura y salpicaduras blancas —una referencia no muy sutil a la cocaína— y acribillando su deliberada imaginería banal con pequeñas abstracciones arbitrarias que tienen el propósito de tender un puente entre el mundo real y el interno. El problema se resuelve tanto en estilo como en el contenido de las imágenes.
En todas las pinturas, una refinada distancia separa sus temas de nosotros, y con respecto a esto el artista no puede hacer nada, porque su toque es intrínsecamente frío. Pero aquí hay algo más. Un artista íntegro está empezando a reconocerse y a desafiarse a sí mismo, a encarar su propia naturaleza. No será fácil para Gravinese llegar al final de esta evolución. Si continúa con la lucha que parece haber iniciado, le esperan tiempos difíciles. Una triste paradoja la que enfrenta este artista cuyo pincel simplista le ha dado no poco éxito con la crítica y en el ámbito comercial. Si es sincero en la búsqueda del sendero que se ha trazado, debe empezar a deshacerse de la retórica que rodea sus exploraciones actuales. Las pinturas de Gravinese halagan ahora a sus sofisticados admiradores con su exquisitamente presentado y bien informado punto de vista sobre el mundo. Los pequeños e inarticulados gritos que están empezando a abrirse paso por entre la verborrea pueden no ser tan atractivos para un público irónico e impaciente. Habla mucho a favor de Gravinese el hecho de que todavía parezca insatisfecho; sería interesante ver hasta dónde quiere llegar; como él bien lo sabe, es mucho lo que está en juego. Tal vez se encuentre a sí mismo y pierda el mundo.
MATT FRIEDMAN
