Exposición Individualene 2001 - mar 2001· Por Mónica E. Kupfer

David Solís

Galería Habitante

Las pinturas al óleo en la reciente exposición de David Solís lograban tal sensación de armonía y madurez pictórica que producían un profundo placer visual en el visitante. No era de sorprenderse, porque ya venía anunciándose en sus exposiciones anteriores y en su desarrollo a través de la última década lo que ahora es palpable en sus pinturas. No hay estridencias, ni desproporciones, sino una paz inquietante —valga la contradicción— en obras que enamoran por sus texturas matizadas, colores inusitados y composiciones poéticas. 

La superficie en las pinturas de Solís produce esa impresión que dan los muros viejos, en los que las diferentes tonalidades parecen reflejar trozos de vidas o experiencias, recombinados como capas de historia para producir una nueva imagen. Sus colores —azules, grises, verdes, ocres, amarillos y rojos, de esos a los que ninguna reproducción hace justicia— resultan seductores y casi indescriptibles porque son el producto de estratos de pintura. De hecho, cada lienzo contiene varias composiciones que el artista produce una sobre otra pintando, velando, borrando y repintando a través de varios años, en lo que él mismo describe como un proceso arqueológico, una búsqueda de la obra que finalmente permanecerá visible sobre el lienzo. 

Exposición Individual: David Solís — imagen 1
Laguna amarilla/Oleo sobre tela

La búsqueda de Solís no ha sido gratuita. Sus años de exploración y práctica en las técnicas del dibujo, el grabado y la pintura se ven reflejados en sus trazos y la lucidez de sus lienzos de hoy. Sus pinturas mantienen una constante calidad técnica que es el producto de una sólida educación artística y de una continua investigación y búsqueda personal. Solís inició sus estudios en Panamá, su país natal, pero maduró como artista en Francia, país al que se fue inicialmente para seguir sus estudios y en el que ha residido por varias décadas. Su manera de expresarse, como persona y como pintor, refleja la combinación de su herencia latinoamericana con la cultura europea a la que ha estado expuesto, y a la que en gran medida se ha incorporado con el pasar de los años. 

Sus óleos reflejan esa amalgama. En ellos, se percibe una sensación de humedad y luz difusa que ya no se puede identificar como obviamente tropical ni claramente mediterránea. Pinta palmeras alargadísimas que se confunden con raíces y postes urbanos, en obras como Laguna azul; horizontes elevados que recuerdan el borde del mar, como en su Tarde en el malecón, o puertos y embarcaciones que no representan ningún lugar pero que no dejan de evocar su ciudad natal. Pinta el gris brumoso de las tormentas costeras y el verde oscuro que se da en las sombras del bosque lluvioso. Aparecen los caballos de su infancia y de la historia del arte, así como sensuales formas humanas, a veces en trozos, que parecen sustraídas de alguna pesadilla religiosa o del recuerdo de algún gran maestro español. 

En Solís, nada tiene un solo significado. En sus paisajes recientes hay cercas más psicológicas que reales, árboles antropomórficos y solitarios, coronas de palmas de un negro sensual e insinuante, y grandes planos que podrían interpretarse como lagos en el constante flujo visual de estas obras en las que el cielo podría ser la tierra, y viceversa. Y curiosamente, los bodegones son similares a los paisajes, y los exteriores a los interiores, porque para Solís son intercambiables. El borde del precipicio podría ser el canto de la mesa o del viejo gavetero. Las frutas funcionan como formas tridimensionales, a color o a rayas, con luces y sombras, como en el caso de las que reflejan ventanas que no vemos y parecen caerse de la mesa, en Colección Selenita. Es más, las sombras y los esbozos —a veces meras insinuaciones o recuerdos difusos— de objetos o muebles constituyen elementos protagónicos en las composiciones de Solís. Hay una enorme y deliciosa carga existencial en sus paisajes desolados o en las naturalezas muertas en las que las frutas son parte de un juego lírico, melancólico y visual, más que la representación de una cosecha. 

A través de una cuidadosa ejecución técnica, el artista ha llegado a dominar una ambigüedad espacial y temática que hace que el espectador se sienta partícipe de la imagen y alejado de ella a la vez. Hay algo familiar en estas obras, algo conocido y envolvente, pero también representan —simultáneamente— grandes espacios vacíos de humanidad con horizontes lejanos a los que no pertenecemos. Es igual que muestren supuestos bodegones o pseudo paisajes, que se vean al derecho o boca abajo, pues las composiciones muestran un control sobre el campo pictórico que no depende del tema sino del balance entre las formas abstractas, las texturas y la luz. 

En Solís, este dominio sobre las masas y el espacio se relaciona seguramente con sus años de entrenamiento y trabajo como arquitecto y con su práctica ininterrumpida del dibujo como forma de expresión personal y como reto artístico fundamental, tan olvidado por muchos pintores contemporáneos. Solís tiene magia, pero también tiene mucho oficio. Sus composiciones ofrecen una estructura abstracta que se percibe inicialmente en el formato cuadrado por el cual muestra preferencia, y luego, en la manera en que subdivide ese cuadrilátero en rectángulos, círculos, óvalos y líneas. Sobre la superficie, definida por las texturas y múltiples capas de pintura, Solís distribuye los elementos iconográficos de una manera sui géneris. Por ejemplo, en algunas telas, no vacila en dejar toda la parte central “vacía”, desprovista de objetos, personas o símbolos, en lo que se vuelve un estudio abstracto de color, un área cargada de sugerencias. Además, juega con los volúmenes, el espacio y nuestra interpretación de la profundidad, usando una variedad de elaboraciones ópticas. A veces, crea la impresión de cercanía o lejanía a través de la mayor o menor definición de algún elemento. Mezcla la perspectiva tradicional con la perspectiva oriental, en la que la parte inferior del lienzo corresponde a lo más cercano y la parte superior, a la distancia profunda. O recuerda a Cézanne con su manera de ver y representar los objetos desde ángulos diversos a la vez. Pero sobre todo, Solís llena todo de un aura y una luz extraordinarias que contribuyen a crear la atmósfera insólita de sus telas. 

Hay algo conmovedor en esta visión del mundo, en esta otra realidad que Solís interpreta para nosotros. Como poesías, sus lienzos nos invitan a un espacio meditativo, apasionado y a veces nostálgico. Incitan al espectador a participar, a llenar las partes ausentes, a tratar de interpretar lo que ven y resolver los enigmas que presentan los lienzos. Se trata de un artista intenso, pensante, pero también pícaro, para los que entienden su humor sutil. 

La obra de Solís es tradicional, en el sentido de que dibuja, graba y pinta usando materiales acostumbrados y técnicas conocidas. Sin embargo, las imágenes que crea no son repeticiones de nada conocido, más bien son obras que integran conscientemente las lecciones del pasado y retan una actitud apática frente al arte. Dentro de la actividad frenética, cambiante, instantánea y digitalizada del arte actual, Solís ofrece una experiencia contemplativa e íntima, de rebeldía sutil y genuina, que no deja de ser un comentario sobre el mundo en que vivimos. 

MÓNICA E. KUPFER

David Solís, por Mónica E. Kupfer | artnexus