Exposición Individualene 2001 - mar 2001· Por Ernesto Sosa

Arturo Rivera

Palacio de Bellas Artes - México D.F.

El rostro de los vivos, exposición del pintor mexicano Arturo Rivera, constituye una oportunidad para acercarnos a un trabajo inscrito en la más pura tradición de la pintura occidental, en la que el virtuosismo académico se conjunta con la riqueza de un universo mítico y conceptual. 

Para Rivera, la realización de la pintura es la selección o apropiación de métodos y técnicas para conformar un continuum de este arte como un amplio bagaje que le permite elaborar su discurso poético. Su principal recurso formal es el de la utilización del plano como superficie para la representación del espacio. La perspectiva renacentista queda minimizada a ciertos apuntes del cuadro dando preferencia a un primer plano en el que las figuras denotan su volumetría por el manejo del claroscuro y la perfecta línea dibujística, quedando fundidas o desvanecidas en este corto espacio con el plano del fondo. 

Las técnicas utilizadas por Rivera reafirman esta convicción histórica inscrita en la gran tradición occidental y este respeto por la doxa; óleo, caseína, temple de huevo, grafito o acuarela son las más comunes, pero es principalmente un homenaje al canon occidental lo que podemos apreciar en la mayoría de sus trabajos. Evocaciones a artistas como El Bosco, Goya, Velázquez o los pintores italianos del Renacimiento y algunos artistas de la tradición mexicana, como Julio Ruelas y José Guadalupe Posada. 

Exposición Individual: Arturo Rivera — imagen 1
Vulcano/Oleo sobre tela

La armonía de los cuadros, lograda por una luz de color predominante y la utilización de grisalla, confiere a las obras presentadas una calidad atmosférica escenográfica o teatral que se configura como un elemento más para la puesta en escena del drama sempiterno de la vida y la muerte. La utilización del plano recuerda las ilustraciones de disecciones de plantas y animales o los dibujos de Leonardo da Vinci sobre estudios anatómicos y maquinarias fantásticas; el plano como una superficie explicativa de los diversos elementos constitutivos de su discurso y su visión poética. Con esta elaborada técnica representacional y una buena cantidad de recursos simbolistas, Rivera rinde tributo a artistas y poetas. Las múltiples vertientes del simbolismo han influido poderosamente en una importante generación de artistas mexicanos en diferentes períodos y con resultados desiguales. En un primer grupo, en Ángel Zárraga y Alfredo Ramos Martínez, y después, en Montenegro y la escuela mexicana de pintura, ya con una clara filiación surrealista y la fuerte yeta de Chirico. En pintores más recientes, imágenes muy cercanas a un “simbolismo de primera generación” se encuentran en Rafael Coronel, Rafael Cauduro o Benjamín Domínguez, entre otros. 

Las obsesiones literarias y pictóricas del artista desfilan por sus cuadros en complejas visiones oníricas, con simbologías que se entremezclan y se abisman en una enorme y variada gama de lecturas posibles. Coronas de espinas, rosas secas, ojos, frutos y sobre todo animales. En el bestiario de Rivera los animales desollados, mutilados, deformes o mitológicos testimonian o son el contrapunto de una condición humana que devela una íntima unidad, un sustrato común entre el hombre-animal y el animal-hombre. Además de las cargas simbólicas que los animales tienen en las diferentes tradiciones, sea cristiana, hermética o gnóstica y aun en tradiciones no occidentales, el bestiario de Rivera permite observar un aparente antagonismo que acaba diluyéndose, y tras el cual el hombre aparece comulgando con animales, flores, frutos y objetos; de la anatomía diseccionada brotan raíces o vahos sutiles como el aliento de la vida; flotan objetos en una armonía insospechada. En el universo de Rivera se produce, a veces con un grado máximo de tensión, la epifanía de los símbolos, el trastocamiento del mundo de los objetos y del mundo de las ideas, en una aproximación al espacio insondable de lo sagrado. Al igual que en las Elegías de Duino, de Rilke, hay un momento en el que el hombre puede remontar la prisión de su limitada condición terrena y entonces encontrarse con el Angel. Esa revelación, como en una de las elegías, está más allá de lo bello que todavía podemos soportar. 

En una exposición anterior llamada Historias del ojo, Arturo Rivera exploró las diferentes connotaciones acerca de la mirada, tomando el ojo como metáfora. El ojo como el vehículo a través del cual el mundo se hace y al hacerse se revela como el espacio de las significaciones. El ojo permite también acercarnos a lo diferente y específicamente al rostro del otro. Para el filósofo de la alteridad, Emanuel Levinas, las huellas del rostro permiten reconocer al Otro en su infinita humanidad, aquel con el que compartimos una misma condición pero que es también irremplazable y único. Una intención similar es advertible en El rostro de los vivos, que se construye a partir de las muchas formas de mirar. En una de las lecturas que la obra permite, el rostro de los vivos es también el de los muertos, porque es a partir de esa finitud inexorable, fundadora de lo humano, que se articula el discurso de la vida. Vida y muerte se entrelazan y corresponden. AI igual que en la estructura existenciaria heideggeriana, el trabajo de Rivera mantiene esta dualidad de vida y muerte que con intención diferente ya representaban en el vanitas de la pintura barroca y fue un tema caro justamente al simbolismo, no sólo pictórico, sino también, y de manera fundamental, literario. 

Las Meninas de Velázquez ha sido uno de los cuadros fundadores de la modernidad artística, pintura-icono que, según se afirma, marca el fin de la representación, del sujeto y de la modernidad, o al menos de una de las muchas etapas de esta edad equívoca en la que sucesivas generaciones de seres humanos han pretendido estar. Las Meninas ha sido glosado, transfigurado o deconstruido (para usar un término de pura cepa postmoderna) por muchos artistas, que han visto en él las consabidas cargas simbólicas y conceptuales. Rivera hace lo propio, no como algo ocasional o accesorio dentro de su pintura, sino como la médula de un tejido de referencias “clásicas” que recorre todo su trabajo. Su paráfrasis de Las Meninas, sin embargo, no está a la altura de los otros cuadros y es más bien pobre, si se compara con Saturno, cuadro de excelente factura, a la vez inquietante y provocador que pone de manifiesto la simbiosis hombre-animal; o quizá otra que hunde sus raíces en lo mítico, la fusión entre hombre y dios, o con La última cena, pieza de gran formato, en la que el maestro y sus discípulos se congregan bajo una enorme liebre desollada que irrumpe en ese espacio pretendidamente sacro. 

Sin duda, se trata de un artista imaginativo, cuya solvencia formal y estilística están fuera de duda, y sobre todo es un artista que, gracias a la enorme iconografía que maneja, está lejano de uno de los males que aquejan a la mayoría de los creadores contemporáneos; la repetición y el desgaste de las imágenes que propias o apropiadas acaban convirtiéndose en meras fórmulas sin contenido. En cambio, los recursos iconográficos de Rivera parecen inagotables, tal como son los mitos y la capacidad simbólica del hombre. 

ERNESTO SOSA

Arturo Rivera, por Ernesto Sosa | artnexus