Es de admirar la actitud de artistas, críticos y curadores puertorriqueños. Tienen plena conciencia de sus dificultades geopolíticas, con el agravante de que actualmente los Estados Unidos no están en la UNESCO. Anteriormente, en otras coyunturas, observamos su persistencia y habilidad para vencer obstáculos semejantes. Puerto Rico, que no había conseguido configurar un verdadero colegio nacional de artistas, en 1999 alcanzó ese objetivo y se afilió a la AIAP, ONG de la UNESCO.
La eficiente organización representativa de los artistas plásticos a escala mundial instrumentó, junto con altas personalidades internacionales y la propia asociación puertorriqueña, una muestra, a la vez retrospectiva y antológica de pintura, gráfica y escultura de Puerto Rico. La gestión, culminó con éxito: entre el 21 de septiembre y el 13 de octubre, 41 artistas puertorriqueños expusieron, deseosos de revelar continuidad y riqueza creativas a través de varias generaciones.

La inauguración congregó un público impresionante, y muchos expositores marcaron con sus presencias el acontecimiento. En este sentido queremos destacar una cualidad: el espíritu de cuerpo de una clase artística y la sensibilidad de patrocinadores que suelen responder generosamente a iniciativas de envergadura como ésta en París. Una museografía sencilla, realizada por un especialista de la UNESCO, distribuyó las obras —una por artista— entre paredes, paneles y pisos. La coherencia de estilos determinó su colocación, donde las piezas tridimensionales sobresalieron, mientras el catálogo —con buenos textos y ensayos— prefirió un orden generacional, desde los mayores hasta los más jóvenes.
El nivel de la exposición es notable, si consideramos que la organizó una asociación nacional de artistas, que generalmente, por su misma naturaleza, destaca más la solidaridad que el criterio cualitativo. Pero la asociación puertorriqueña está dirigida por María Elena Perales, escultora talentosa y exigente, y una comisaría experimentada, Tatiana Villegas, participó en el enfoque selectivo. Es un aspecto importante: de ningún modo, una colectiva concebida por un gremio artístico puede alcanzar el compromiso con la contemporaneidad, de una curaduría independiente.

Una particular abundancia de estilos corresponde a la intención de enseñar la diversidad de la plástica puertorriqueña, demostrando que dista tanto de un arte intuitivo todavía atribuido al Caribe o de un realismo trasnochado, como de una copia de la modernidad estadounidense. Aquí, vemos un “mestizaje” técnico y estético, que rechaza la uniformización de las tendencias, equilibra las fuentes —precolombinas, afroantillanas, europeas, norteamericanas—, preserva la propuesta individual.
Ahora bien, lo que distingue al creador visual puertorriqueño, en su conjunto, es su cultura universitaria, su formación académica y la capacidad de conceptualización. La exposición presentada en la UNESCO reafirma la solidez intelectual y dominio de los medios del artista que busca la identidad nacional y mantiene elementos tradicionales.
Por otra parte, se eligieron pinturas realizadas en distintas fechas, principalmente para los artistas veteranos. Se ha querido dar a la muestra una significación global, más que el sello de la producción puertorriqueña, en el umbral del tercer milenio. De todos modos, una sola obra por expositor implica siempre grandes limitaciones de representación.

Rasgo sobresaliente en esta suerte de colectiva son las esculturas que afianzan la muestra y estimulan el recorrido. Además, salvo el excepcional homenaje a Dirube, son obras muy recientes. Proyectan la personalidad escultórica del país: escritura en el espacio, geometría “sensible”, preferencia por los metales, juegos tonales por variación matérica, labrado de la superficie o toque de color. Pablo Rubio, Carmen Inés Blondet, María Elena Perales, Carlos Guzmán y Víctor Vázquez —combinando fotografía y tridimensionalidad— han aportado piezas de particular interés. La cerámica, con presencia demasiado escasa y con ausencias evidentes, tiene aquí su mejor representación en Susan Espinosa.
La pintura domina cuantitativamente la muestra. Para las figuras mayores, emblemáticas de la plástica puertorriqueña en la segunda mitad del siglo XX, se seleccionaron “obras-referencias” de sus respectivos itinerarios. Opción fehaciente cuando los mismos lineamientos estilísticos se mantuvieron; así, el expresionismo de Torres Martino, la poética de Myrna Báez o los ritmos cromáticos de Noemí Ruiz, pero muy parcial en el caso de Luis Hernández y su riquísima abstracción. Alfonso Arana, establecido en París, merece una mención especial por las becas de residencia que ha ido confiriendo a los jóvenes puertorriqueños.

Acertadamente destacado en la museografía, encontramos un autorretrato “clásico” de Arnaldo Roche, que parecía dar la bienvenida al visitante. Nora Rodríguez —más conformista hoy—, Aixa Requen y Miguel Trelles —con un realismo crítico—, Susan Herrero —y su magnífico dibujo—, los expresionistas Martín García y Ricardo Ramírez, muestran la vigencia de la figuración en las generaciones intermedias y jóvenes.
No puede sorprender, conociendo la historia del arte moderno de Puerto Rico, que el abstraccionismo o su hibridación con signos figurativos tengan en la exposición de la UNESCO un valor de estética nacional. La contundente actualidad de Alberty —muerto en 1985—, la nocturnidad de luminosidad sigilosa de Carlos Raquel Rivera, el informalismo de Olga Albizu, encabezan ese movimiento bien representado. Luego, el lirismo de José Morales, el expresionismo dramático de Mercedes Quiñones, la escritura de Ralph de Romero, el tachismo de la joven Edna Soto, sin olvidar el espacio abierto de Jaime Romano, ilustran una corriente que conserva energías propias y capacidad de afirmación caribeña, trasmutando mundos.
Lamentamos la ausencia de la excelente fotografía, del justamente reconocido grabado puertorriqueño, y prácticamente del dibujo, pero no se puede pedir más a un panorama, concebido como un conjunto plástico de pintura y escultura. Asociación de artistas, creadores, críticos, patrocinadores, han sabido unirse para ofrecer una imagen colectiva, en una plaza que no es habitual para la proyección internacional de Puerto Rico.
MARIANNE DE TOLENTINO

