Después de tres presentaciones en ARCO con la Galería OMR (1995, 1998 y 2000), Alonso Mateo inaugura su primera muestra individual en la ciudad de Madrid, quizá el contexto más natural para su colección de pintura cortesana inspirada en la revista HOLA!, la biblia de la prensa rosa en España.
La muestra —que incluye retratos de ilustres personajes de la nobleza europea, imágenes de las colecciones de joyas reales y una breve instalación de mobiliario— conserva la ambigua intencionalidad característica de los trabajos de Mateo, y vista desde aquí, incluso potencia las inquietudes que provoca en cuanto a su sentido. El montaje tiene mucho que ver en ello: en la sala principal de la galería se extiende un alfombra roja sobre la que desfilan tres malformadas sillas doradas, en torno a las que se distribuyen algunas pinturas y fotografías. En el catálogo de la exposición, Santiago Sierra comenta las interpretaciones de estas piezas que las explican como una metáfora de la endogamia propia de las clases nobles de todos los tiempos. Al margen de la coincidencia de dichas interpretaciones con las intenciones del artista, si es verdad que sugieren una postura demasiado estrecha para ser cómoda, y esto ha de entenderse literal y metafóricamente: se trata de objetos que conservan una supuesta elegancia y belleza pero que igualmente exigen una incomodidad difícil de soportar. De ahí que las sillas puedan dar la pauta de la lectura que proponen los retratos de una realeza igualmente siempre estrecha, alargada y comprimida, hasta el punto de volverse plana y casi diáfana. La corte de Alonso Mateo es una corte incorpórea que sólo existe en la planimetría de la fotografía impresa.

El plato fuerte de la exposición se encuentra en el sótano de la galería, un espacio lleno de columnas, de iluminación bastante tenebrosa y dentro del cual se han colgado sobre el nivel de la cabeza del espectador medio —sin marcos y con una inclinación de unos 45° hacia adelante— los retratos reales de mayor tamaño y envergadura. Un modelo a escala de lo que podría llegar a configurar un Escorial del siglo XXI.
Todo aquí es solemnidad y protocolo, incluida la cuidada factura de cada una de las piezas. Poco importa que estos retratos deriven de las fotografías cándidas captadas por los fotógrafos de HOLA!, su restitución en el lenguaje pictórico más tradicional parece —pero sólo parece— devolverles a los personajes la dignidad que la masificación fotográfica les ha robado. Los personajes alargados al punto de la deformación —una deformación que tiende siempre a la estilización y no a la monstruosidad— vuelven paradójicamente a ese lugar sin tiempo ni espacio propio de lo que ha de permanecer eterna mente. En efecto, a través de su permanencia mediática los personajes de Alonso Mateo han recuperado su valor icónico. Hay que notar que Mateo hace desaparecer todos los detalles contextuales y efímeros de las fotografías, para pintar a sus personajes flotando en ese no lugar propio de los iconos o de los espectros. Los textos tomados directamente de los pies de foto de HOLA! parecen devolverles la referencialidad a los personajes, y más de una vez Alonso Mateo los ha utilizado con sentido irónico, pero simultáneamente aparecen simplemente como cartelas de identificación.
Frente a tanto protocolo, esta vez Alonso Mateo nos da un refrescante respiro: una serie de impresiones digitales de formato mediano en las que no se dejan ver sino detalles de los pies de los personajes tan solemnemente retratados en las pinturas. Un zapato que suavemente lleva el ritmo de la música, un paso dudoso, un par de pequeños pies calzados con delicadeza oriental, que se cruzan y se esconden tímidamente, detalles en los que el trabajo de Alonso Mateo recupera lo humano. Quizá sea éste también el sentido de esa patita de madera dorada un poco torcida, un poco imperfecta y por lo mismo más entrañable.
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
