Exposición Individualene 2001 - mar 2001· Por Elena Oliveras

Alfredo Portillos

Fundación Andreani

En 1971, con el patrocinio del Centro de Arte y Comunicación (CAYC), dirigido por Jorge Glusberg, se creó en Buenos Aires el Grupo de los Trece. Cuatro años más tarde, reducido a seis miembros, pasó a llamarse Grupo CAYC. Lo integraban, y lo integran, Glusberg, Víctor Grippo, Luis Benedit, Jacques Bedel, Clorindo Testa y Alfredo Portillos. 

En un cuarto de siglo de trayectoria, el Grupo CAYC dio cuenta tanto de la heterogeneidad como del interés de la tendencia conceptualista en Argentina. Los reconocimientos fueron tempranos. A sólo dos años de creada la agrupación, recibió el Gran Premio ltamaraty de la XIV Bienal de São Paulo (1977). Además de este reconocimiento grupal, Alfredo Portillos (n.1928) cosechó muchos otros individuales; entre ellos, el reciente Premio a la trayectoria otorgado por el Fondo Nacional de las Artes. 

La importante retrospectiva que Portillos presentó en la Fundación Andreani, y que abarcó más de 50 años de su producción, fue la ocasión de descubrir la singularidad y la linealidad de su pensamiento. Contribuyó a esto una cuidada selección, desplegada en el espacio de medidas generosas de esa institución. 

Exposición Individual: Alfredo Portillos — imagen 1
Vudu a los conquistadores latinoamericanos/Tecnica mixta

Develando la trama biográfica que nutre la obra de Portillos, la muestra se inició con objetos y fotografías que documentaban la historia personal y familiar. A continuación se ubicaron, en secuencia cronológica, pinturas de las décadas de 1940 y 1950, con representaciones de velorios, funerales y entierros en pequeñas ciudades del interior. Parte de esos trabajos fueron realizados en la provincia de Tucumán. 

Aunque nacido en Buenos Aires, Portillos estuvo más interesado por el contacto con el interior del país que con la gran ciudad internacionalista natal. Por eso decidió estudiar en la Universidad de Tucumán para pasar luego a La Rioja. Allí trabajó como docente y fundó la Escuela Superior de Diseño y Técnica Artesanal, de la que fue rector. Su impulso nómade lo llevó, asimismo, a recorrer el camino del Inca a lomo de mula y a vivir en una comunidad de aborígenes del Amazonas. 

Afirma el artista que al revés de los mestizos y los hijos de españoles, que jamás participaron de los rituales indios, yo me entregué a todas las ceremonias de este pueblo. Rompí con la estructura europea, corté el cordón umbilical y acepté el elemento mágico de la Pachamama, la Madre Tierra. Como euroamericano, di gracias a la Pachamama por haberme recibido en su seno. Y, al cortar el cordón umbilical con Europa, sin resentimiento alguno comencé a sentir a la América Latina. 

La marca de lo latinoamericano es motivación central en la obra de Portillos, lo demuestran series como Vudú a los conquistadores latinoamericanos o La segunda Conquista, y performances como A la búsqueda de nuestra historia latinoamericana u Homenaje a los santos y mártires latinoamericanos. 

Además de sus vivencias latinoamericanas in situ, otro momento decisivo en su carrera fue la incorporación, a principios de la década de 1970, al Grupo de los Trece. Esto condujo a un afianzamiento teórico de su conceptualismo critico y antropológico. Desde entonces, se sucederían las ceremonias rituales, muchas de las cuales incluían la participación física del espectador. Una de ellas fue elegida para la presentación del Grupo CAYC en la XIV Bienal de São Paulo. Consistía en un espacio ecuménico en el que se reunían las religiones de mayor trascendencia del continente americano: católica, judía, protestante y candomblé. Un sacerdote, un rabino, un pastor y una mae de santo oficiaron ante los espectadores. 

Con excepción de sus pasajes por la abstracción, a mediados de la década de 1950, por el arte lumínico, en la década de 1960, y por la activación lúdica con dispositivos visuales y sonoros, como los subibajas de la década de 1970, la casi totalidad de la obra de Portillos está articulada en torno al tema de la muerte como fuente de vida. Por eso, “De la muerte a la vida” fue el título elegido para su reciente retrospectiva. Desde las tempranas pinturas de las décadas de 1940 y 1950, de mirada ingenua y colorida, hasta su última instalación en la que llega al extremo de velarse a si mismo, representando su propia muerte ante una cámara de video, todo muestra su obsesión por aquel tema universal. 

Podríamos concluir que el paradigma latinoamericano y la idea positiva de la muerte son los dos pilares que sostienen la producción de Portillos. Ubicado en los márgenes de lo “artísticamente correcto”, no tiene reparos en hablar a viva voz de eso de lo que no habla: la propia desaparición. De allí que su discurso pueda resultar inadecuado, tanto como la materia elegida: huesos, momias, urnas, altares y hasta un cerdo muerto encerrado en una pecera. 

Es indudable que, con el paso del tiempo, su mirada se ha vuelto menos complaciente, como si quisiera sacudir al espectador sacarlo de su somnolencia habitual. Por eso concibe acciones in extremis, como aquellas en las que representa su propia muerte, o la iniciada a mediados de la década de 1990, consistente en el tatuaje de fragmentos de la propia piel, con diseños producidos por otros artistas. La idea es que luego de su muerte, esos fragmentos sean vendidos con fines humanitarios, a favor de Unicef o de la lucha contra el sida. 

Que Portillos tiene un trato particular con la muerte es algo fuera de duda. No le teme, la acerca, la exorciza, intenta volverla familiar. Y todo esto, ¿para qué? Podemos imaginar que este neólogo, como se autodefine, interesado en la investigación de una nueva conciencia y de nuevos lenguajes (materializados en la fotografía, el objeto, la performance, la instalación, la apropiación, el artecorreo o el libro de artista), nos está diciendo, más bien gritando, que hasta hoy la vida, dominada por los actos egoístas y mezquinos cotidianos, no ha llegado a comunicar a los hombres entre si. Quizás lo haga una nueva y profunda conciencia espiritualizada de la muerte: eso que efectivamente, por más que pese, nos une a todos. 

ELENA OLIVERAS

Alfredo Portillos, por Elena Oliveras | artnexus