En el Museo Amparo de la ciudad de Puebla, así como de manera simultánea en varios espacios abiertos de esa misma ciudad, se mostraron los trabajos de Yolanda Gutiérrez (Ciudad de México, 1970), referidos al agua, tema central de esta exposición que llevó por título justamente Atl/Agua.
Curada casi en su totalidad por Jaime Contreras, esta muestra dejó ver algunas de las obras que Yolanda Gutiérrez ya venía trabajando de manera constante desde hace algunos años, así como simultáneamente piezas facturadas especialmente para esta exposición. La Casa de la Cultura de esa ciudad albergó una instalación y una pieza, al igual que el lago de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el Parque Ecológico de esa localidad recibieron trabajos realizados ex profeso para estos sitios.

Desde 1992 cuando fue su primera exposición, el trabajo de Yolanda Gutiérrez se inscribió claramente en el ambientalismo o land art, del que ella se ha ocupado con acierto a partir, sobre todo, de sus investigaciones referentes al tema del agua y su significación, en culturas prehispánicas mexicanas y en otras, como la china y la hindú.
Estas largas indagaciones han situado a Yolanda Gutiérrez como una de las más vigorosas representantes de este pensamiento que une de modo tan preciso lo natural con lo divino. La muestra deja claro el camino que se ha de seguir durante el recorrido para comprender su verdadera dimensión dentro de la realidad, que es parte de la naturaleza, pero que también es vista desde la dimensión divina, "en Ia que se transita de Ia mano de entes naturales en ocasiones benefactores y en otras exigentes depositarios de un tributo indispensable para Ia continuación de Ia vida", escribió Yolanda Gutiérrez en la introducción a su muestra.
Su obra conlleva de manera íntima una profunda fe religiosa de concienzuda actividad ritual. Es por ello que cada una de las partes que conforman sus instalaciones tienen un significado preciso y una connotación exacta que nos hacen asistir a una suerte de celebración de la naturaleza y de su lectura particular, a través de sus ojos y sus manos. Yolanda Gutiérrez nos había de lo imperdonable que es no atender a un sentido primigenio de la vida y convertirnos en mutantes circulando por un planeta que se ha cansado de gritarnos su agonía y su historia, al tiempo que le pasamos por encima sin siquiera lanzarle una mirada, ya no de compasión, sino de entendimiento.
Su obra nos obliga a estar claros en el aquí y en el ahora. En apariencia intemporal o atada más a las costumbres prehispánicas que se piensan extintas, sus instalaciones cobran vigencia y contemporaneidad en piezas como A la memoria, en donde se rinde tributo a todos los que sufrieron la pérdida de sus seres queridos y muchos de sus bienes durante las pasadas inundaciones que azotaron el mundo.
Esta referencia es sólo una de todas aquellas que pueden eslabonar su trabajo a una cotidianidad que muchas veces, sin darnos cuenta, nos habita y ante la cual sucumbimos al descubriría en toda su magnitud. Se trata en parte de un ejercicio de memoria evocadora; cada una de las instalaciones de Yolanda Gutiérrez nos remite a nuestros orígenes, tanto espirituales como culturales. Los mitos, las leyendas prehispánicas, dejan de serio para convertirse en certezas; en verdades. Aquí están su agua y su sangre regando las semillas, haciendo crecer el maíz sagrado que ahora es hormiga y movimiento, precisión ancestral que ha sabido desde siglos adónde ir, de dónde venir, cómo morir y cómo volver a estar entre los vivos.
Es por ello que en algunas zonas de la exposición ha puesto por el suelo y los muros centenas de hormigas hechas con granos de maíz y alambre de cobre. Ellas son el orden, lo preciso, el trabajo a secas, llevado a su más pura expresión de colectividad organizada. Ellas, hoy maíz, han sido las que por siglos han transportado los granos hasta sus guaridas para subsistir desde siempre. "Donde no hay inteligencia, no puede haber estupidez".
En Atl/Agua, es como si Gutiérrez vaciara con sus manos un cántaro de lluvia sobre nosotros, como si quienes visitamos su muestra fuéramos los elegidos que entramos a un ceremonial para ser purificados, actores de un ritual en el que desde nuestros más primeros orígenes estamos involucrados y ejerciendo a un tiempo nuestra vida y nuestra muerte.
Es clave en esta exposición la presencia de cientos de mariposas hechas con la punta de la planta del maguey, sus cuerpos y sus alas con esqueletos de hojas. Estos seres voladores, que van uniendo las instalaciones por las que el espectador recorre las salas, poseen diversos significados: para los antiguos mexicas, nos explica Gutiérrez, "eran una representación del fuego y por ello entran en el símbolo para representar Ia guerra: el atl-tlachinolli (de atl, agua, tlachinolli, cosa quemada) que representa Ia unión entre los contrarios agua y fuego".
Y también son representación de las almas de los muertos. Para los chichimecas, eran la Diosa Madre de los sacrificios humanos, de la guerra y de los viajeros. Significaban también, por lo tanto, el movimiento. Es por ello que Gutiérrez ubicó las mariposas en grandes grupos, de tal manera que el espectador viese la sombra de estas figuras contra los muros, al mismo tiempo que la sombra del espectador se fusionaba con la de las frágiles criaturas hoy suspendidas por delgadísimos hilos de nylon.
Acompañados de estas nubes de mariposas que se mueven delicadamente al paso de los visitantes, llegamos a una de las instalaciones de mayor belleza: El espejo. Ahí, 1.718 pequeñas esferas de cristal, de apenas tres centímetros de diámetro cada una, han sido llenadas de agua y se encuentran suspendidas del techo a una altura de 160 centímetros del suelo. Por ello, pasar por debajo de esta lluvia que está permanentemente en su viaje hacia la tierra, sin en realidad llegar a ella, obliga al espectador a agacharse y, así, adoptar una postura de humildad, calma y contemplación ante el elemento primordial de la muestra, que es el agua.
Alcatraces (o caías) cortados de cuyo talio brota sangre que cae sobre polvo de mármol; conos de acrílico llenos de agua clavados sobre una montaña de blanquísima sal; una serpiente (Malaire) hecha de varas delgadas y finas cubiertas de semilla de amaranto; un caracol nautilo cortado por la mitad y teñido con la sangre de Gutiérrez; una antiquísima bola de acero oxidada, de manera irreversible cubierta de lágrimas de cristal, gotas de rocío que al tiempo que la visten colaboran a su proceso de deterioro irrefrenable; pequeñas barcazas elaboradas con hojas de bambú que navegan en círculo como si se persiguiesen unas a otras. Todo esto es parte del gran homenaje al agua que Yolanda Gutiérrez ha hecho a manera de ofrenda a veces delicada, a veces violenta y siempre atada a las más antiguas sabidurías y mitos sobre este líquido en nuestra Tierra.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
