Esta nueva muestra de Vik Muniz, un artista brasileño que desde hace años reside en los Estados Unidos, es simplísima. Cuando uno entra en la galería, lo que ve son unas superficies enmarcadas de tamaños diversos que muestran, en apariencia, fotos de periódico ampliadas, cuya trama de puntos, que se agolpan, aquí y allá, en planos oscuros, se ha hecho visible en tanto trama, dejando, por eso, que se pierda la nitidez de la imagen (que, cuando se encontraban, pequeñas, en las páginas de donde han sido sacadas, sin duda se dejaban percibir). Algunas imágenes son todavía inteligibles: en la pared del fondo de la galería, se ve el rostro de Abraham Lincoln. Cerca de él, algo más incierta, la debacle de un vasto globo aerostático (¿el Graf Spee?) Pero otras de las planchas llevan sobre sí apenas distribuciones anárquicas de puntos y manchas (¿o eso que allí se muestra es el cuello de un cisne? ¿O un tramo de ruta?). La cosa no es del todo extraña: es que estas imágenes se parecen mucho a algunas que propusiera, hace ya algunos años, y que a veces aún propone, Sigmar Polke. Mucho de la atmósfera de Polke hay en esta muestra. Y no sólo por el empleo de imágenes de periódico ampliadas basta la evidencia de su trama, sino también por la elección de los motivos, que van desde lo perfectamente insignificante, que no parece que hubiera debido haber nunca ningún motivo para fotografiar hasta los íconos anacrónicos (Lincoln o el Graf Spee, por ejemplo), que no se ve qué motivo podría haber para mostrar de tanto que resisten a la proyección sobre ellos de algún sentido que no sea el más banalmente convencional.

Como en Polke, hay en Muniz una voluntad de presentarse como una suerte de coleccionista sin proyecto, y en suma sin colección, que mostrara tesoros estrictamente banales. Como en Polke, hay en Muniz el recurso a un humor algo patético, humor casi sin gracia. Y ¿hay en este trabajo de Muniz algo más? Creo que sí: una inflexión. Es que no se trata aquí, simplemente, de imágenes ampliadas, sino de otra cosa: ellas han sido realizadas con tinta, y luego fotografiadas. El trabajo es de una dificultad absurda, si se tiene en cuenta lo nimio del efecto. Hay algo de duchampiano en eso, por supuesto: del Ducbamp que se obstinaba en construir minuciosas reproducciones en alambre y papel de un insignificante urinario, como si el arte fuera un foro de celebración de una laboriosidad inútil (en eso, Muniz se encuentra próximo a, digamos, Tom Friedman). O como si eso sirviera para hacer comunicar el terreno del gran arte con el de la banal tarea escolar y la galería de arte con el aula de trabajos manuales.
En cualquier caso, el resultado es interesante: es que las imágenes, si se las observa atentamente, muestran ciertos brillos perturbados que horadan, en cierto modo, la placidez extendida de las figuras que exponen (nada de violencia aquí, ni siquiera en las figuras de la violencia). Estas imágenes aparecen, en el momento en que las vemos, como si estuvieran a punto de derramarse, recién emergidas de una mera mancha o borrón, o a punto de precipitarse en ellos. Esa fragilidad es particularmente adecuada a la nadería que en ellas se muestra, y dota a las obras de un cierto poder discreto, retraído.
En la sala posterior hay una serie de cajas de luz en las que se ven, pintados sobre vidrio, los rostros de ciertos anchors de canales de noticias, más espectaculares, incluso en su presencia desvaída, y menos eficaces.
REYNALDO LADDAGA
