V Bienal de Arte en Panamá

Gustavo Araújo. Bocas, 2000. Técnica mixta sobre tela. 280 x 320 cm. Primer premio.

Colectivanov 2000 - ene 2001· Por Adrienne Samos

V Bienal de Arte en Panamá

Más ideas, proyectos y discusiones que nunca ha suscitado la reciente celebración de la V Bienal de Arte de Panamá, por lo que me atrevo a calificarla como la mejor de todas. Quizás esta aseveración no parezca evidente a primera vista. Los jueces invitados —tres curadores de sólido prestigio internacional: el cubano Gerardo Mosquera, del New Museum of Contemporary Art de Nueva York; la guatemalteca Alma Ruiz, del Museum of Contemporary Art de Los Ángeles, y la venezolana María Elena Ramos, presidenta del Museo de Bellas Artes de Caracas— escogieron apenas 17 obras de las 220 que concursaron (frente a las 45 de 257 en la pasada versión), se abstuvieron de otorgar menciones de honor y, no contentos con eso, declararon públicamente que en términos generales el arte en Panamá es mediocre y anacrónico, comparado con el del resto del mundo, obvio síntoma de una educación deficiente y del escaso apoyo institucional a la cultura. Este duro veredicto desató la predecible ola de críticas, pero también ha motivado a muchos profesionales del arte a reunirse para debatir el problema, con el fin de encontrar posibles soluciones. 

En cuanto a los tres premios otorgados, los jueces manifestaron que su intención no era sólo destacar la calidad, sino también apuntar a posibles direcciones positivas para el arte joven de Panamá. El examen de las obras ganadoras indica que favorecieron las manifestaciones autóctonas, es decir, aquellas centradas en la realidad y las tradiciones locales, pero sin perder de vista el uso de técnicas y conceptos contemporáneos que trascienden las fronteras. El primer premio lo obtuvo Bocas, gran valla fotográfica en caja luminosa, de Gustavo Araújo, autor de otra valla presentada al concurso y que también fue seleccionada para la exposición. Ambas consisten en imágenes tomadas desde diversos ángulos y yuxtapuestas en secuencia interrumpida. Su carácter intimista y su dependencia del azar (los movimientos impredecibles del viento y del sueño) son cualidades que, aunadas a la bruñida precisión de los soportes tomados del medio publicitario, revelan la voluntad de entrelazar los ámbitos público y privado. Igualmente, como ha dicho el propio artista, su propuesta actual nace de vivir en esta ciudad “forrada de letreros”, y de su deseo de contar historias en un formato que ofrece la simultaneidad visual que el cine no tiene. 

Colectiva: V Bienal de Arte en Panamá — imagen 1
Virgilio Esquina. Secretos sagrados, 2000. Acrílico sobre tela y metal. 90 x 60 cm. Segundo premio.

El segundo premio fue para Secretos sagrados, de Virgilio Esquina, cuadro realizado en el mejor estilo del arte congo, que practican varios habitantes del humilde pueblo pesquero de Portobelo y que se nutre de los mitos, costumbres y eclécticos atuendos de la danza ritual de la costa atlántica. Característicos de este arte son los bastones de madera pintada y los “retratos” de personajes o espíritus congos, que incorporan objetos diversos, como cintas, conchas y mosaicos de espejo. Estos artistas se reúnen en un espacio cedido por la renombrada fotógrafa Sandra Eleta y reciben periódicas tutorías del artista colonense Arturo Lindsay y sus estudiantes del Spellman College de Atlanta. Secretos sagrados asombra por el contraste entre sus exuberantes formas y colores, y su estricta economía de elementos:el rojo intenso que recubre el fondo, el penacho y la hipnótica mirada del Congo guanero, dos sinuosas iguanas verdes y Ia corona de espejos que enmarca la parte superior del cuadro, apuntando a la alta jerarquía que ocupa el “retratado”. 

Yadira en la península de Azuero, óleo de Haydeé Victoria Suescum, recibió el tercer premio. Suescum, que reside en Texas, se alimenta de la cultura vernácula panameña, y en especial de los signos, letreros y nombres de sitios populares, como el mercado público, distintas barriadas urbanas y, más recientemente, el interior del país. En el catálogo de la cuarta bienal ella explica que se trata de “imágenes que siempre he comprendido y amado, que nadie tuvo que enseñarme a apreciar, como se me tuvo que explicar a los grandes maestros” . Figuras similares, opuestas o desiguales se confrontan para crear una multiplicidad de asociaciones mentales y visuales, en las que el lenguaje juega un papel clave. El lienzo ganador ostenta un choque de fuertes tonos de rojo y amarillo, contrario a su monocromatismo usual. 

Colectiva: V Bienal de Arte en Panamá — imagen 2
Haydée Victoria Suescum. Yadira en la península de Azuero, 2000. Técnica mixta sobre lienzo. 270 x 310 cm. Tercer premio.

La exhibición de las 17 obras seleccionadas, abierta durante el mes de junio, reveló ciertas intenciones y diagnósticos de los jueces en relación con los trabajos concursantes. En primer lugar, a su juicio, se presentaron mejores obras en pintura y fotografía que en dibujo, instalación y escultura, ya que sólo aparecen ejemplos de aquellos dos medios. Además, la muestra se mantiene exclusivamente en el ámbito de la figuración y muy ligada a elementos de la cultura local. Aparte de las cuatro obras de los artistas premiados (incluida la otra valla de Araújo), considero que vale destacar otras tres, muy por encima del resto: los dos cuadros de Eric Fajardo y Lecturas urbanas, de Ramón Zafrani, una serie de transparencias fotográficas superpuestas y sujetadas con tornillos en forma ingeniosa y delicada, la cual se colgó del techo con hilos transparentes. Lecturas urbanas se compone de tomas en primer plano de detalles arquitectónicos y callejeros tan característicos de la capital de Panamá que son virtualmente invisibles para sus habitantes, pero que contribuyen a darle su particular sello anárquico y antiestético. En cuanto a Fajardo, quien reside en Dinamarca desde hace dos décadas y es uno de los contados panameños que trabajan el arte conceptual, sus obras son las únicas de este género en la exposición. Para No siempre lo que brilla es oro, Artículo 2 y No siempre lo que brilla es oro, Artículo 60, el artista compró tela barata estampada con el patrón de la pollera —el fino y elaborado traje típico del país—, la tensó en bastidores y con pintura dorada transcribió dos importantes artículos de la Constitución panameña que establecen los deberes del Estado hacia los trabajadores y los ciudadanos en general. El artista equipara la tela, que imita la verdadera pollera, con nuestra carta magna, que ha demostrado ser un documento falso y meramente decorativo. 

Como complemento a la exhibición de las obras escogidas, por primera vez se presentó el Salón Especial de artistas invitados, que ocupó el segundo piso del museo. Este fue un indudable acierto porque reforzó la muestra de los concursantes seleccionados y permitió al espectador hacerse una idea más cabal del arte actual en Panamá. En esta ocasión se invitó a los once artistas premiados en las versiones anteriores a que expusieran obra reciente, con el fin de que el público pudiera apreciar la evolución creativa de cada uno. En la gran sala, los trabajos más logrados fueron los óleos de Suescum (III Premio, 1994), que siguen la línea temática y formal de Yadira en la península de Azuero, y los de David Solís (II Premio, 1994), dos misteriosas y líricas evocaciones de un imaginario circo azul. En los últimos cinco años, Solís, que vive en Francia desde 1975, se ha dedicado a pintar paisajes y bodegones que susurran la angustia que gritaban sus cuadros anteriores poblados por seres deformes. Ahora reincorpora la figura humana y animal, pero el espacio se ha depurado radicalmente. También sobresalió Oasis para juegavivos, del ecuatoriano Fernando Toledo (I Premio, 1994; II Premio, 1996, y I Premio 1998), un comentario elocuente sobre la escandalosa corrupción ecológica y socio política que sufre su país de adopción. Esta instalación consistió en enormes figuras (provenientes de su iconografía personal, que fusiona lo humano, lo vegetal y lo urbano) dibujadas sobre la pared, de la que colgaban bolsas de suero llenas de agua sucia (de la contaminada bahía de Panamá), cuyos tubos bajaban al piso, “irrigando” pequeños montículos de tierra (tomada de la ex Zona del Canal). En el centro de los montículos el artista clavó banderas (con hisopos como astas) hechas con diminutas fotografías de distintos modelos de bombas, aludiendo a los campos minados que el gobierno de Estados Unidos se rehúsa a limpiar. 

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Iraida Icaza. Mirabilia, 2000. Detalle de la instalación con vidrio, metal, madera y material orgánico. Altura: 150 cm.

Pero la más cautivadora de estas salas fue la que albergó las esculturas en vidrio de Isabel de Obaldía (I Premio, 1992) y Mirabilia I-VII, instalación fotográfica de lraida Icaza (Premio Especial de Escultura, 1998). Los dos hieráticos hombres de vidrio derivan su fuerza de las enigmáticas variaciones de luz, textura y color, y de las formas contundentes inspiradas en cierta escultura precolombina. En cuanto a Icaza —quien reside en Nueva York—, en lugar de presentar las delicadas y complejas cajas iluminadas de los últimos años, volvió a sorprender con una propuesta de mayor sutileza, revelando de manera aún más sugestiva pero evidente su fascinación por el ámbito científico: los objetos que lo habitan y la mirada concentrada, dirigida, que lo caracteriza. Cada uno de los seis esbeltos pedestales de metal (que parecían antiguos instrumentos de precisión) colocados en dos filas paralelas, sostenía dos marcos enfrentados: uno de los lados del primero mostraba la fotografía en blanco y negro de una flor en extraña pose, y del otro lado, la misma imagen invertida y en color; el segundo marco mostraba un espejo en su lado interior. El espectador se veía obligado a examinar las delicadas piezas muy de cerca, detenidamente y desde diversos ángulos, es decir, de forma parecida a la de un científico, ya que cada cambio de posición permitía ver una imagen distinta, siempre parcial. A un extremo, una exuberante orquídea contenida en una gran cápsula de vidrio también fue objeto de escrutinio y asombro. 

En la ceremonia de premiación, celebrada el 9 de junio, los directores de la Cervecería Nacional, empresa patrocinadora de la bienal, anunciaron la creación del Premio Irene Escoffery, que será otorgado a partir del año 2002 a personas que contribuyen de manera significativa al desarrollo cultural en Panamá. El galardón lleva el nombre de quien jugó un papel fundamental en la promoción cultural y en la Bienal de Arte de Panamá, la cual fundó y dirigió junto con la historiadora del arte Mónica Kupfer. (Su muerte prematura acaeció dos meses antes de inaugurar esta edición). 

Una de las grandes cualidades de la Bienal de Arte de Panamá ha sido su voluntad de renovarse: en cada versión ha mostrado un nuevo rostro. De hecho, no me parece casual que el devenir de este importante certamen nacional haya coincidido con el tímido despertar del arte panameño a una experimentación creciente que busca innovar o trascender las convenciones de la pintura de caballete. La bienal se ha mostrado sensible a los cambios en el panorama artístico, incorporándolos a su propio formato y estatutos. Virtud que garantiza su vigencia y su continuidad.

ADRIENNE SAMOS

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