Bajo el título de Soles mexicanos, se presentó recientemente en el Petit Palais una exposición multidisciplinaria, que propuso a los parisinos una versión expurgada de la exposición que se mostró hace algunos meses en el Palacio de Bellas Artes de México. Aunque el título hace referencia a la leyenda azteca de los cinco soles (la museografía proponía una explicación de esta leyenda en la tercera sala), su dimensión aglutinante de tiempos y de artes no era quizás suficientemente explícita para una proposición museográficamente ambiciosa, que reunía obras de épocas diferentes.

El concepto de esta exposición aspiraba a ser innovador, porque quería reunir en un único proyecto diversos ejes de lectura y épocas diferentes. Como lo escribe en el catálogo el presidente de ConacuIta (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), "esta retrospectiva del arte mexicano propone al visitante tres grandes ejes de encuentro, en tanto que espejos del cosmos y del fluir sin fin del tiempo... Yuxtaposición de sociedades mexicanas cuyo reflejo más exacto es precisamente la yuxtaposición de sus obras de arte. . . Se trata de la primera exposición orientada según esta idea, cuya ambición es proponer una nueva lectura del arte mexicano, abriendo una infinidad de perspectivas y asociaciones, así como interpretaciones variadas". Este punto de partida tiene gran interés, pero la realización museográfica no parece tan convincente, como se hubiera podido esperar. En efecto, desde el catálogo hasta la escenografía, desde la selección de las obras hasta el concepto de la curadora, cada elemento está al servicio de un todo y el éxito de la exposición depende de esta unidad. Más adelante, tendremos ocasión de regresar sobre este punto.

Doscientas cincuenta pinturas, esculturas, grabados, fotografías y objetos de arte se suceden y se entrecruzan, desde la época olmeca hasta las últimas creaciones contemporáneas, pasando por algunas obras que representan el arte barroco. Ellas deben responderse unas a otras, en una escenografía extremadamente teatralizada y domina da por una policromía violenta (verde, rosa vivo, amarillo, rojos sostenidos, beiges) y una iluminación focalizada sobre algunas piezas arqueológicas o contemporáneas. Sin embargo, la construcción espacial del recorrido en forma de herradura inducía una visita lineal, en la que se seguía un itinerario en las salas concebidas como espacios conceptuales, que combinaban obras de épocas distintas. Algunas de éstas eran magníficas, como las dos cabezas de serpientes, piezas postclásicas de la cultura totonaca del sur de Veracruz (arcilla, 82 x 70 x 51 cm) y la muy bella Serpiente, de Gabriel Orozco (1991, hierro, 460 x 50 x 10 cm), colocadas en la primera sala, una de las mejor logradas.
Alrededor de algunos conceptos universales como el agua, el fuego, la sexualidad o la familia, y, para terminar la muerte y sus representaciones, la museografía confrontaba inicialmente obras precolombinas y contemporáneas para mezclar más adelante obras desde lo prehispánico hasta lo contemporáneo, pasando por el barroco. Obras modernas conocidas o menos conocidas: Rufino Tamayo (La gran galaxia, 1978), Francisco Toledo (La nadadora, cerámica), Francisco Goitia (Paisaje de Zacatecas con colgado, 1914); obras contemporáneas: Yolanda Gutiérrez (La tempestad espinas de agave, 1997), Julio Galán o Yishai Jusidman. Destacan también la arquitectura en papel de Humberto Spíndola y el falo postclásico de la cultura azteca, así como la sorprendente Alegoría de la muerte, de Tomás Mondragón (1856, óleo sobre tela), los braseros mayas y el magnífico monumento funerario de El Carmen (madera pintada, siglo XVIII).

Sin embargo, después de haber recorrido varios siglos de producción artística y ritual con una cierta felicidad de gozo estético, se siente la doble sensación de exceso y frustración. La acumulación de obras es a veces muy perturbadora para la tranquilidad de la visión, lo que sucede por ejemplo en la segunda sala, donde los volcanes de Atl coexisten con un Siqueiros muy realista y dos místicos Goeritz dorados, y donde la escultura abstracta de Jorge Yazpik se halla rodeada por cuatro atlantes toltecas. Los símbolos se vuelven confusos por el alboroto visual de colores intensos, que varían según las salas, y cuya impregnación influye negativamente sobre la percepción y la contemplación de las obras.
lndudablemente, la opción de una sucesión de entradas temáticas para cubrir diez siglos de producción artística planteaba desde el inicio un verdadero desafío a la empresa conceptual y museo gráfica de la exposición. Sin embargo, se puede destacar que las exposiciones culturales generalistas responden actualmente menos a la demanda de un público francés más exigente. Este hubiera preferido probablemente que se le presente un “México en tres pisos”, en etapas distintas, según su desarrollo en el tiempo, lo que hubiera dado su justo lugar al arte prehispánico, al arte barroco y al arte moderno y contemporáneo. El éxito público de las recientes exposiciones parisinas del barroco brasileño y ecuatoriano, o la del Museo del Oro de Bogotá, presentada al mismo tiempo que Soles mexicanos, confirman el deseo de conocimiento especializado que los visitantes evidencian, al responder muy favorablemente a estas últimas manifestaciones.
CHRISTINE FRÉROT

