La última retrospectiva del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, instalado en París desde 1974, había tenido un considerable impacto público. Llamada La mano del hombre, la exposición —una de las más importantes del fotógrafo— fue presentada en la capital francesa en 1993, en el Centro Nacional de Fotografía. Consagrada a las actividades artesanales e industriales que implican el trabajo del hombre, la exposición lo mostraba en diversas situaciones y en los cuatro rincones del planeta, con su determinación, su inventiva, su imaginación y su desesperanza, pero también sometido a la explotación y alienado por la pobreza y la miseria.
La exposición que presenta la Casa Europea de la Fotografía de Ia ciudad de París es co-realizada por la casa de producción de Salgado (Amazonas Images) y posee una importancia similar a la precedente, por su amplitud y la naturaleza del tema escogido: 300 fotografías que cubren 40 países. Todas las salas están consagradas al trabajo del fotógrafo, y la problemática abordada los éxodos de poblaciones concierne a todas las regiones en las que estas tragedias modernas hacen y deshacen el frágil equilibrio de las culturas y las economías en las que el hombre es a la vez artesano y prisionero, amo y víctima. Salgado ha recorrido el mundo como testigo visual pertinente, sensible y obstinado, habiendo producido este trabajo fotográfico con apariencia de investigación periodística exhaustiva, cuya realización le ha tomado casi seis años.

Tanto para el espectador como para el fotógrafo, dos niveles de lectura no se confunden necesariamente, y se sobreponen. El de la dureza del testimonio, de la recepción bruta de la realidad de los hechos, del reconocimiento de situaciones a veces insoportables, de la toma de conciencia de su existencia. Es el nivel del conocimiento, del aprendizaje, de la verdad y el saber el de la confrontación inexorable con los hechos, trascendida por su dimensión de intemporalidad. Pero frente a esta realidad hay una distancia que la fotografía (con frecuencia reelaborada por Salgado) crea, como instrumento estético de mediación. Como lo plantea Cbristian Caujolle, a veces la belleza de las fotografías perturba, aunque Salgado quiera "reconciliar estética e información, compromiso estético y político". La percepción o el sentimiento profundo del que contempla puede verse debilitada por esta intervención impregnadora sobre la forma, y el pensamiento puede dar prioridad a la emoción sobre la razón. Por tanto, existe aquí una dualidad que a veces puede resultar chocante en la naturaleza de estas fotografías, cuya belleza estética (segundo nivel) puede aplastar la veracidad y la autenticidad del contenido.
Aun si es seguro que la forma también puede producir sentido, lo que se plantea aquí es el problema de la forma y el fondo, de esta frontera sutil pero capital en la que se sitúa la fotografía de reportaje y donde ella adquiere su sentido, la que funda los límites de su significación. Naturalmente, el talento y la calidad técnica de las fotografías de Sebastião Salgado están al servicio de una mirada que piensa, como lo escribía Marguerite Yourcenar. Y ahí está lo esencial. Lo que no impide que se filtre una paradoja en el compromiso del mediador auténticamente poseído por un sentimiento humanista.
Resulta inevitable la pregunta por la necesidad de hacer un inventario de las tragedias humanas, estetizándolas para proponerlas a la mirada del espectador. Puesto que se impone, su opción debe ser explicada. Sebastião Salgado no es sociólogo ni antropólogo. Se pretende testigo crítico, que sale de su neutralidad para proponernos su visión de los éxodos. La mirada de Salgado no es en modo alguno miserabilista, ni intenta destacar la imagen chocante, ni poner de relieve lo insoportable. Él propone sus criterios de lectura del mundo. Se trata de una visión muy personal en la que se observa una cierta visión descarnada de algunas situaciones, muy estética o demasiado plástica: la escena fotografiada puede tomar el aspecto de un dibujo o de un grabado marcado por una suerte de intemporalidad visual. Bella pese al drama, seductora pese al horror. ¿Quizás vana en su demostración implícita?
Es evidente que tal opción plantea problemas, aun si no se tienen reservas sobre la calidad y la belleza de los clichés. Porque la opción simbólica del blanco y negro trasciende la imagen, aportándole el aliento épico e intemporal que, contradictoriamente, influye sobre su impacto. Hay un mensaje desfasado en el tiempo, puesto que el drama es a la vez fijado en vivo y alejado de la realidad. Salgado testimonia para que uno se interrogue sobre el "enraizamiento de situaciones, su terrible permanencia" y su repetición insoportable. Esta doble aprehensión del tiempo hace del fotógrafo un testigo directo y un "analista" a posteriori, superponiendo dos significaciones a sus fotografías. Al enriquecerlas, enriquece también nuestra mirada.
Por eso, y pese a las reservas formuladas más arriba, resulta necesaria una exposición como ésta. La transfiguración casi mítica de la imagen procura este choque del espíritu y del alma que tiene muchas posibilidades de instalarse en lo más profundo de nuestro ser. El discurso de forma y sentido, que podía fracasar ante un tema semejante, termina por imponerse a nuestros ojos y habla a nuestra conciencia.
CHRISTINE FRÉROT
