Una vez más se realiza, en el Museo de Arte de Maracay, el concurrido Salón de Aragua. Su convocatoria concierne a las nuevas promociones y a artistas de la generación intermedia. Todo el museo es ocupado por obras de diversas disciplinas, imponiéndose un sentido de la instalación y de desarrollos en el espacio museográfico.
Incluso, al menos el día de inauguración, un artista, actor o espectador, vaya usted a saber, se paseaba entre la nutrida asistencia con el rostro cubierto y una cuerda al cuello, representando el ahorcamiento de la cultura, como situación dramática que se vive en Venezuela cuando el gobierno central decide no depositar los presupuestos correspondientes a las provincias, para así obligarles a acatar una sola línea política. De esta manera se paralizan las gobernaciones y particularmente la actividad cultural.

De modo pues que los organizadores del Salón de Aragua han tenido que ingeniárselas para conseguir los recursos que les permitan montar una nueva colectiva. El ganador este año ha sido el fotógrafo Antolín Sánchez, premiado en este mismo evento en ediciones anteriores y con lo cual prueba que la fotografía, en Venezuela, está a la orden del día. Otros fotógrafos participantes en Aragua son Enrique Hernández d’ Jesús, Alexis Pérez Luna, Antonio Briceño y Ricardo Mariño.
Antolín Sánchez trabaja el tema de la ciudad, sus contrastes y situaciones urbanas. En esta ocasión medita sobre los rayos de luz en un sótano-estacionamiento, en una composición de pronunciado ritmo plástico, y en la que el negro es un factor dinámico, plano y profundo a la vez.
Eduardo Molina dibuja de manera simple unas figuras que comienzan a ser emblemáticas de su fraseo plástico. Ahora lo hace sobre vidrio, lámparas, de modo que al encenderlas, tanto el motivo como el color alcanzan otra dimensión. Jaime Moroldo prosigue su exploración en torno al rostro y una pintura que viene desde la profundidad, desde lo oscuro. Ernesto León sorprende con una gran tela en la que tiene una composición libérrima y monocromática. La escultura Gaudi Esté muestra una figura enorme, sentada, en la metamorfosis hombre-animal. Roberto Echeto dibuja en las paredes del propio museo, a modo de tiras cómicas, una serie titulada La celulitis no se quita con nada, mensaje e historia que se complementa con el siguiente remate: y las estrías tampoco. El acontecimiento es abierto, y entre sus dibujos, un beisbolista, con lo cual quizás alude al presidente de la República, que tantas veces aparece en televisión jugando pelota.
Carola Bravo trabaja coordenadas, cartografías y otros linderos imaginarios a lo largo del piso y las paredes, en piedra, papel y cuerdas. Mercedes Elena González ocupa un gran espacio en el que desarrolla un ambicioso proyecto: una visión del cosmos, de lo micro y lo macro. María Teresa Torrás combina elementos como las flores en sus estructuras de metal, siempre limpio en su factura y repertorio. Antonio Marcano tiene puntos blancos sobre una pared blanca, con lo que realiza una de las obras más simples y complejas del salón, y un inicio muy rico de su trayectoria.
Elio Caldera es un grabador que lleva el resultado a niveles tridimensionales. En su serie de columnas plásticas, nunca pierde la noción del plano, de gráfica, de múltiple, pero cada vez es más “volumen” e instalación.
Solange Núñez es otra joven artista interesada en la acumulación, lo manual y lo manufacturado. Su obra es irónica y en una ocasión alude a los politiqueros que actualmente ocupan el poder en Venezuela.
Mariana Monteagudo relaciona pequeños ídolos en el espacio, mientras que Luis Romero apenas menciona los sujetos que son de su interés plástico y conceptual. Romero dibuja en pentimento.
Finalmente nos referimos a dos pintores, Sigfredo Chacón y Teresa Gabaldón, dos autores de categoría cuya presencia entre los jóvenes expositores es estimulante. Ambos transmiten energía, dimensión de la materia, grandes formatos y persistencia de la pintura, en el lindero de lo representativo.
JUAN CARLOS PALENZUELA

