Oh yes m the great pretender (oooh oooh)
Pretending I’m doing well (oooh oooh)
My need is such I pretend too much
I’m lonely but no one can tell
The Great Pretender, por Buck Ram/The Platters
El artista venezolano Meyer Vaisman tiene una obra singular que permite analizar lo que han significado y significan categorías como "arte latinamericano", "arte global", "arte neoyorquino", y otras varias que han aparecido en la última década, a partir de que las diferencias centro-periferia y el multiculturalismo tomaran un lugar central en el debate cultural.

Desde comienzos de la década de 1980 basta el fin del siglo, Meyer fue socio fundador de una galería alternativa en el extinto East Village neoyorquino; niño prodigio del complejo de galerías que habitaban el edificio meca del difunto Soho, 420 West Broadway; luego produjo, alrededor de 1996, una obra con contenido más abiertamente legible como político y localista, un rancho miserable caraqueño cuyo interior era el cuarto de infancia de niño privilegiado del artista, que le valiera una seguidilla de exabruptos de la prensa neoyorquina, seguidos de un forzado ostracismo. Nótese que el último suceso está datado en una fecha en la que el ¿descubrimiento? de Latinoamérica en y por los Estados Unidos comenzaba a madurar. La idea de que un artista insertado como neoyorquino fuera también latinoamericano, u osara politizar su discurso desde una perspectiva nacional, en este caso venezolana, resultó inadmisible a mediados de la década de 1990. Podría pensarse que un artista que abre una galería, o que realiza una serie de obras que apuntaban a señalar y glorificar irónicamente la condición de mercancía del arte, está esencialmente preocupado con la relación entre práctica artística y capitalismo, posición sin duda política o politizada. Dado que Meyer Vaisman realizó esas obras bajo el paradigma de la década de 1980, la lectura forzada por el indeleble contexto es que se trató ante todo de una estrategia, y que su viraje hacia el ranchismo no fue más que otro movimiento, condenable, de tal estrategia. La reciente producción de Vaisman ofrece quizás entonces una oportunidad para ver en su obra continuidades antes que rupturas, y de pensar que la sucesiva exaltación o denominación de un artista de acuerdo con modas y/o tendencias debería obligarnos no sólo a la desestabilización de la percepción que tengamos de su producción, sino también a Ia de los paradigmas críticos generados por cada momento histórico. Lisa y llanamente, otorgar el beneficio de Ia duda.
Meyer Vaisman exhibe ahora su última producción en la Galería Gavin Brown, ubicada en el nuevo domicilio chic de la industria del arte contemporáneo, en la frontera entre los barrios de Chelsea y el Meat Market. Esta vez, el tema de la obra es una práctica de índole terapéutica que atraviesa las clases medias y altas ¿intelectuales? del continente americano desde Canadá hasta Argentina: el psicoanálisis.
Una figura de tamaño natural, levemente obesa, de un rosa desagradable, su cabeza cubierta con tules, sexualidad indefinida, teatralmente sentada en un cubo blanco centrado en el medio de la galería, cobija y ofrece con sus piadosas manos extendidas una extraña vestimenta. Las ropas no son otra cosa que un traje de payaso hecho de fragmentos, de un lujo frankensteiniano. Frente a la figura, un conjunto de velas con la imagen de un hombre barbado suplicante arden culpables y ofrendadas en un estantecito aplicado a la pared. Saliendo del espacio principal, en un banco, un souvenir en forma de póster desplegable. Se trata de una foto de Vaisman sentado cabizbajo en otro banco, en un patio de juegos, vestido con el traje de payaso, maquillado como tal, fumando y bebiendo, obviamente deprimido. En el escritorio y trastienda, el interior de un armario de madera proveniente de alguna de las sucesivas residencias de Vaisman ocupa una esquina. Junto a él, cajas cuidadosamente embaladas y rotuladas como basura.
La figura es el psicoterapeuta que analizó a Meyer Vaisman durante muchos de los años en los que habitó en Nueva York. El traje de payaso está fabricado con partes de ropas de los padres de Meyer. La iconografía católica, una pietá con velas ardientes, es jocosa y obvia. Lo críptico de cualquier operación conceptual, la superposición de un código o sistema de significados con otro, está tamizado por la ironía materializada en objetos, propia del neoconceptualismo. Es un gesto tragicómico, una confesión autobiográfica en tono de jewish stand-up comedy. Pareciera que la relación tradicional freudiana entre el chiste y el inconsciente hubiera sido materializada en el nivel de lo más tangible e inmediato.
Si re-examinamos el brevísimo análisis del párrafo anterior y lo aplicáramos a la obra que Meyer Vaisman ha producido en los últimos 15 años, veríamos que resulta válido. El tono, la realización, el medio y los mecanismos estructurantes de significado casi no han variado. Simplemente, con esta última exposición se han vuelto más efectivos.
My makeup is dry and it clogs my chin
I'm drowning my sorrows in whisky and gin
The lion tamer’s whip doesn’t crack anymore
The lions won’t fight
and the tigers won’t roar
La-la-la-la la-la-la la-la-la
So let's all drink to the death of a clown
Won’t someone help me break up this crown
Death of a Clown, por Ray Davies/The Kinks
NICOLÁS GUAGNINI

