Marcos Ramírez ERRE, un artista de las regiones del sur y la Baja California, tenido en gran estima, presentó en la Galería Iturralde de Los Angeles cinco esculturas a gran escala, junto con bosquejos preliminares escogidos y aguadas. La exposición, titulada Oro por espejos, manifiesta dos intereses suyos que van de la mano: el arte y la política. Mientras que obras anteriores como Troyan Horse (1997) y Acorazado and Sing-Sing (1999) se centraban en las tensiones sociopolíticas de la región limítrofe Tijuana/San Diego, las nuevas, por el contrario, exploran las complejidades de la identidad mexicana coetánea. De gran conciencia histórica y contemporánea, estas obras sondean las flaquezas, la insensatez y las falacias del comportamiento humano a través del tiempo y el espacio. Con aplomo postcolonial, Ramírez mezcla referencias al arte maya, azteca y colonial, reexaminando las lecciones y consecuencias de la historia desde un punto de vista contemporáneo.

En el primer salón se encontraba un gran baúl sin adornos, tallado en maderas tropicales de Chiapas y Yucatán. Colocado sobre caballos de madera adornados con pequeñas figuras de diosas seudo aztecas, era una obra cargada de metáforas. Dada su forma, sugería, por una parte, los baúles repletos de oro que fueron enviados desde Mesoamérica a España a principios de la época colonial. Simultáneamente, la austera simplicidad de su superficie le daba unos dejos sepulcrales reforzados por las figuras femeninas interpretadas como efigies de diosas funerarias. El intercambio de oro por espejos que los españoles hacían con los indios en los años posteriores al descubrimiento funciona así como el leitmotiv del baúl vacío, y de la exposición.
Esta obra fue conceptualmente complementada por las suntuosas Presidential Bed (Cama presidencial) y Presidential Seat (Asiento presidencial), talladas en caoba. Combinando conceptos coloniales y postcoloniales, estas piezas hacían alusión al mundo azteca por medio de adornos grabados. Bed (Presidential), sobre la cual se hallaba un colchón de clavos que formaba la silueta de un mapa de México, reconocía los legados culturales de este país. Los pies de la cama presentaban serpientes, un símbolo azteca de vida, enmarcando en forma simétrica una cruz central que emergía de un montículo de tierra. La cruz, a su vez, coronada con un tocado hecho con mazorca de maíz, les daba un nuevo uso a los tocados de las antiguas deidades mixtecas/aztecas. Además, los bordes de filigrana de la cabecera y los pies de la cama estaban ribeteados con motivos de serpientes ondulantes. Narrando un cuento del triunfo y la desaparición de la civilización azteca, un medallón en el centro de la cabecera representaba irónicamente a un águila posada sobre un cactus y con una serpiente atrapada entre su pico. Aquí, la antigua leyenda de Tenochtitlán, que cuenta que los aztecas fundaron su nación en un lugar en donde un águila se posó sobre un cactus, es mordazmente combinada con el embeleso de la serpiente como símbolo de vida. Mezclando estos signos con recuerdos seudo euro-barrocos, Ramírez hace un comentario sobre las complejidades de la identidad mexicana contemporánea, particularmente aquellas que debe afrontar el recién elegido presidente.
Con el aire de un escritor satírico político, el artista lleva esas observaciones aún más lejos en Presidential Seat (Asiento presidencial), donde, sobre un trono elaboradamente tallado, acomodó un inodoro. Contradiciendo el boato del pomposo esplendor tradicionalmente asociado con el jefe de Estado, Ramírez, en forma satírica, equiparó sus triunfos con el fango. Sugiriendo una renuencia cultural generalizada a enfrentar la imagen en el espejo cambiado por oro, Ramírez satiriza el cargo político por errores de grandeza cometidos en una cama de clavos o desde un trono colocado sobre un suelo de merde.
COLLETTE CHATTOPADHYAY
