En una sola sala, en una inmensa sala de muros cerrados con una sola puerta con cortina negra, situada en el segundo piso de un edificio museístico que podríamos calificar de hermoso, se situó la instalación de Magdalena Fernández (Venezuela, 1964), en la que el espacio no fue un asunto banal en relación con el comportamiento del espectador. 4i000, espacio de luces señaló con un título la abreviatura de la cuarta instalación de la joven artista. En la total oscuridad de la sala se emanciparon las luces producidas por unas pequeñas esferas transparentes que emanaban un intenso azul cobalto. Este color cinéticamente emblemático le llegaba a cada una a través del hilo de fibra de vidrio que las suspendía desde el techo a diferentes niveles y distancias. En concreto, su propuesta se situó en una reflexión sobre el espacio y la reacción del espectador ante él. Un espacio vacío, propiciador de situaciones sólo particulares, habitado por luces y por la presencia no visible del espectador; a la vez que abstracto, osciló entre la densidad de la negrura, de una oscuridad total y la luz de casi 300 esferas de vidrio. Uno áspero y el otro frágil, establecieron una relación ambivalente. La obra llegaba a su complexión definitiva en el momento preciso en el que el espectador la penetra y la asume como una realidad metafísica.

El problema del espacio y sus valores axiomáticos es el planteamiento teórico, conceptual y práctico de Magdalena Fernández, su preocupación artística fundamental. En 4i000, la percepción de un espacio abstracto se bifurca en un doble sentido. Plásticamente corresponde a una propuesta inédita en cuanto resolución pictórica sobre un soporte intangible, físico y tridimensional. Al entrar a la sala nos encontramos con un paisaje oscuro, con una noche en la que se han pintado unos círculos azul cobalto: la propia artista habla de un jardín de flores. El suyo es el paisaje conceptual de fines del siglo pasado. El otro sentido corresponde a la reacción del espectador ante la atmósfera sensible plásticamente creada por las esferas suspendidas que se mueven al ser rozadas por su cuerpo, produciendo ondulaciones físicas perceptibles sólo por la psiquis; son como emanaciones que sólo llegan al espíritu.
Propuesta poético-constructiva que invita a modificar comportamientos a partir de un desplazamiento a ciegas en la sala oscura. Para la artista es importante la reacción del que experimenta la instalación como acontecimiento, le interesa lo que "ocurre con Ia pieza, con el espacio y cómo se siente el público en Ia sala". Se interroga sobre las sensaciones y las percepciones, sin hacerse "preguntas concretas previas o hipótesis". Es evidente que maneja una importante carga intuitiva.
Fernández, heredera de propuestas cinéticas, con su instalación 4i000 hace recordar la obra del artista argentino Hugo Demarco, quien a finales de la década de 1960 presentaba una obra realizada con pequeñas esferas de anime. Colocadas en un cuarto oscuro, las esferas se coloreaban de azul cobalto gracias a la luz ultravioleta, y se movían en el espacio por la acción de dispositivos eléctricos. Siendo piezas individuales, producían la impresión de una instalación. Tanto Fernández, como Demarco en su tiempo, establecen un acercamiento de tipo antropológico, y filosófico, referido al comportamiento del ser humano en una situación dada. En ambos casos, es una situación plástica.
Las instalaciones de Fernández modifican el espacio, haciéndolo siempre diferente cada vez que se vivencia; es el penetrable ontológico. Casi como el río de Heráclito, el espacio que ella propone no será nunca el mismo. Sus cambios dependerán de la intervención de aquel que lo visite, privilegiando así las experiencias intuitivas y vivenciales. La relación espacio-hombre-arte se manifiesta flexible en tres vertientes: la vital, la pragmática y la del conocimiento. En consecuencia, la orientación del espectador debe ser la suya propia; aquella que lo ubica apropiadamente en cualquier situación de acuerdo con sus vinculaciones inteligentes con el universo y consigo mismo.
En reiteradas ocasiones, Fernández ha declarado que trabaja con elementos geométricos y formas simples como la línea, el punto y el piano. En realidad, trabaja con los elementos formales básicos en la estructura artística, y en su caso, educada en la lógica de la física y las matemáticas con estudios en diseño gráfico, explora las referencias espaciales en relación con el esplazamiento, visual y corporal del hombre, suprimiendo su peso físico y, lo que es plásticamente importante, el de la obra. En este sentido, analiza conscientemente lo que en 1929 Laszlo Moholy- Nagy llamó la "plástica flotante". Siguiendo la tradición (nueva paradójicamente), de los equilibrios inestables del arte cinético, la obra de Magdalena Fernández, —extraordinario ejemplo fue la instalación que presentó en la I Bienal del Mercosur de Porto Alegre, Brasil—, incursiona efectivamente en la percepción visual y psicológica del hombre. Siempre adaptada a situaciones móviles y cambiantes y basada en la relatividad del movimiento, esta percepción, como decía Merleau-Ponty, "consiste en nuestra propia capacidad para cambiar de ámbito dentro del mundo". La capacidad humana de asumir lo cambiante es parte de su propuesta, pero la más importante es la que se refiere a la obra de arte en sí, como estructura autosuficiente de cambios. No es el movimiento per se lo que interesa, sino la obra como estructura plástica, como distribución de formas, suspendidas o no, en la que los elementos formales clásicos son utilizados para realizaría en formato inédito.
Con los ritmos lineales que virtualmente producen las formas tangibles de las esferas de luz azul cobalto, con la estructura constructiva del espacio vacío a partir de los círculos-esferas en relaciones volumétricas no reales, con la relatividad del espacio lleno y vacío simultáneamente y con la relación perceptual de las formas humanas moviéndose en ese espacio, en 4i000, Fernández crea un sistema dinámico en el que interactúan los diversos factores de las artes plásticas, con la participación del espectador.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
