Luis Fernando Peláez

Luis Fernando Peláez. Lluvia negra, 1996. Ensamblaje en hierro, objetos y resinas. 21 x 190 x 90 cm.

Monografíanov 2000 - ene 2001· Por Marta Rodríguez

Luis Fernando Peláez

Las improntas de un lugar llamado memoria

Su pasión por la anécdota, por recuperar las improntas de la memoria, es la que lo lleva a utilizar resinas y vidrios que, más allá de su cualidad de transparencia, aluden al vaho, a la humedad, a la lluvia como un estado del paisaje que también es un estado del alma, afirmándose así una vena romántica que atraviesa su producción. M

Si se mira retrospectivamente la obra de Luis Fernando Peláez, encontramos que en ella existen variantes importantes que se relacionan con las dimensiones que poseen las piezas que la conforman, cuyos tamaños oscilan de lo diminuto a lo monumental; así mismo, es posible observar que ha recurrido a distintos medios como acuarela, dibujo, collage, ensamblajes, escultura y, más recientemente, instalaciones. En cuanto a los materiales utilizados, éstos también son diversos; por una parte, se destaca la presencia constante del metal y el vidrio, así como es recurrente el uso de objetos encontrados, como pequeñas figuras metálicas, trozos de papel, postales, cartas, maletas, sillas y otros tantos artefactos de muy distinta índole y procedencia. Sin embargo, estas diferencias parecen minimizarse ante la presencia reiterada del tiempo y del espacio, nociones que fundamentan cada una de sus piezas y etapas, otorgando una particular homogeneidad a su producción, hasta el punto de que el tiempo, entendido en términos de memoria, y el espacio, asumido como paisaje y lugar, se convierten en las coordenadas que han determinado el rumbo de su obra que se inicia a fines de la década de 1970. 

La obra de Peláez se articula en torno a tres grandes temas que, si bien permiten ordenar su producción de forma cronológica, a su vez, parecen hostiles a este orden, porque a lo largo de su proceso dialogan, se cruzan y entrelazan. Por una parte, se encuentra la etapa titulada Crónicas de viaje1, a la que pertenecen las obras realizadas entre 1986 y 1989; en la primera mitad de la década de 1990 aparece el tema de la Ciudad2, que ya tenía una importante presencia en la etapa anterior, al que pertenecen las series tituladas Puertos (1992), Instantes (1994)3 y Ahora (1995)4; por último, tenemos las obras que aluden a la Lluvia (1996)5, donde la casa toma una inusitada importancia. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 1
Luis Fernando Peláez. Ahora, 1996. De la serie Ciudad. Ensamblaje de puertas y objetos encontrados. 180 x 100 x 100 cm.

En 1987 en el XXXI Salón Nacional de Artistas Colombianos, Luis Fernando Peláez recibe el primer premio, por un conjunto de cinco trabajos de pequeño formato que hacen parte de la serie titulada Crónicas de viaje. Se trata de cajas elaboradas en metal y vidrio, en las que el espacio y el tiempo se articulan para aludir a la soledad del hombre en medio de su propio paisaje. A propósito de estas piezas, el escultor Eduardo Ramírez Villamizar, quien actuó como jurado del evento, comentó: "Escogí el primer premio de Luis Fernando Peláez porque encontré que era un mundo misterioso y poético logrado con una perfección técnica excelente. En momentos en que se hacen cosas tan agresivas, es una obra que invita a la contemplación. Creo que se necesita mucha sensibilidad y mucho talento para concebir este microcosmos"6. Estas palabras de Ramírez Villamizar señalan con exactitud algunas de las principales características de estas piezas que se mantienen en las dos primeras etapas de su trabajo. Las obras que conforman Crónicas de viaje y Ciudad aluden a un pequeño mundo encerrado entre el cristal y el metal, en el que habitan figuras metálicas, diminutos hombres con gabardina portando una valija o sosteniendo su sombrero en medio de un impetuoso viento; también se utilizan fragmentos de engranajes metálicos que se sitúan estratégicamente sobre la superficie de vidrio, objetos y personajes que con su presencia inauguran un lugar; un mundo que, desde su pequeña escala, habla de la existencia solitaria del hombre, recordándonos que ésta tiene una duración en el tiempo y que se sucede en el espacio, en algún lugar determinado. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 2
Luis Fernando Peláez. La casa amarilla, 1997. De la serie La casa amarilla. Hierro, grabado sobre bronce. Altura máxima: 650 cm. Escultura pública para el Primer Festival Internacional de Arte Ciudad de Medellín.

Como lo dice Ramírez Villamizar, estos mundos diminutos de Peláez atrapan la mirada del espectador, la detienen, de manera que éste puede permanecer largo rato contemplando estas cajas silenciosas, transparentes y evocadoras que recuerdan a aquella memorable obra de Caspar David Friedrich, Monje frente al mar, que es también, en su sencillez, una invitación a la contemplación. Como en esta pintura, en las cajas de Peláez la pequeña figura del hombre contrasta con la enormidad del espacio, y es en este contraste que surge una noción temporal que se vincula con lo finito y lo infinito, con lo eterno y lo perecedero, y otra de carácter espacial que se relaciona con lo enorme y lo diminuto, conceptos que desgarraron el alma romántica, pero que en la obra de Peláez, tal vez en virtud de las características de las figuras utilizadas, invitan a imaginar mundos posibles, historias y situaciones particulares, que más que desgarramiento provocan una sonrisa, eso sí, un tanto inquietante, ante las actitudes de estos pequeños hombres ataviados con indumentarias que hablan del mundo actual, ciudadanos corrientes y apurados, que saludan desde la infinitud de un océano que puede ser también la vastedad de un desierto, mientras un barco de papel y su sombra navegan o son empujados por el viento, a través de la inmensidad del espacio. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 3
Luis Fernando Peláez. Límenla montaña, 1999. De la serie Lluvias. Detalle. Hierro, vidrio, bronce, resinas. 40 x 40 x 30 cm.

Así como es posible pensar en el romanticismo, en las piezas que conforman las Crónicas de viaje y la Ciudad también hay algo de poesía surrealista, algo de absurdo, inquietante, en estos personajes de Peláez que hacen recordar a los hombres de Magritte, en una obra como Al país de la noche, en la que aparecen ataviados con su ropa citadina, abrigo y sombrero, en medio de la noche y ante el océano, enfrentándose a situaciones en las que el tiempo y el espacio rompen con los esquemas racionales mediante los cuales articulamos la realidad. En el caso de la obra de Peláez, nos preguntamos: ¿Qué sucede, qué nos está diciendo, ese pequeño hombre de negocios que en medio de un amplio paraje a través de un vidrio se enfrenta con su otro yo? Volvemos a mirar la obra y ésta nos devuelve la pregunta, porque volvemos a encontrarnos con aquel hombre solitario, detenido, atrapado en ese enigmático instante de encuentro consigo mismo, un momento en el que el mundo y su propia existencia parecen estar absolutamente detenidos, congelados para siempre en la imagen. La pregunta vuelve y la mirada retorna, y en ese ciclo podemos demorar un largo tiempo, sin que obtengamos respuesta alguna. Al retirarnos, la imagen con su misterio, y el hombre con gabardina y maletín, se quedan anclados en nuestra memoria, suscitando ecos de un tiempo suspendido, de un espacio extrañamente dilatado, que de alguna manera nos pertenece y con urgencia reclama alguna respuesta. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 4
Luis Fernando Peláez. Lluvia Blanca, 1996. Ensamble de hierro, objetos y resinas. 170 x 80 x 25 cm.

Los microcosmos de Luis Fernando Peláez, así como sus collages y acuarelas, denotan una sensibilidad que apuesta por la narración, de manera que mantienen un cierto carácter figurativo, hay un vivo interés por capturar la anécdota que surge de las improntas de la memoria; entonces, en ellos se busca sugerir una historia a partir de los objetos utilizados, de manera que Peláez, a través de ellos, atrapa una mínima fracción de tiempo, nos pone ante él para que nosotros completemos su misterio, inventemos su antes y después. En la serie titulada Ciudad, específicamente en Puertos, los personajes y sus enigmáticas situaciones comienzan a habitar en objetos que evidentemente provienen de contextos diversos y tiempos lejanos. Los objetos que utiliza Peláez tienen su propia memoria: "No es mi memoria, es la memoria de las cosas, de los objetos. Estos albergan su propia historia. Una vez disuelta, hecha casi nada, se reconstruye. Como un arquitecto que recoge escombros de arqueologías futuras, para establecer nuevas utopías, nuevos horizontes"7. Estos objetos, algunas veces provenientes del oficio de la navegación, en otras ocasiones cajas de correos, poseen su propia aura, traen consigo la existencia de un tiempo pasado, experiencias e historias que de forma hermética reposan en su diseño de otro momento, en las maderas o los metales gastados, y sobre usos hoy casi desaparecidos, de manera que Peláez, conocedor de estas características, agrega nuevos sentidos al ensamblar sus mundos poéticos, que capturan un tiempo determinado dentro de otros ajenos que vienen cargados con su remota y particular memoria. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 5
Luis Fernando Peláez. Puerto, 1992. De la serie Crónicas de viaje. Ensamblaje en vidrios, papeles y objetos. 13 x 10 x 7 cm.

En la medida que esto ocurre, también se realiza un cambio sustancial en la obra de Peláez; estos objetos se montan sobre columnas de hierro que tienen una marcada presencia escultórica que luego también aparece en las torres de vidrio y metal que conforman su serie titulada Instantes. Esta condición escultórica determina una orientación importante, pues la atención no se centra exclusivamente en lo que acontece en sus mágicos y poéticos microcosmos, sino que se extiende a un diálogo entre el objeto y el espacio circundante. Quien percibe a distancia sus piezas puede evocar la austera presencia de una pieza minimalista, en la medida que los objetos y las columnas arman una pieza rectangular, exenta de detalles y accidentes, que terminan con unos bordes duros y precisos, pero a medida que el espectador se acerca descubre que dentro de sus objetos escuetos, austeros, habitan historias y anécdotas que traen a la memoria la herrumbre salina de los muelles y puertos; o, a través de bloques de vidrio, como ocurre con la serie Ciudad, se percibe el trajinar apurado de los habitantes de una gran ciudad que por la acción minuciosa de Peláez se detienen para siempre ante nuestros ojos. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 6
Luis Fernando Peláez. Instantes, 1994. De la serie La casa amarilla. Ensamble de objetos encontrados, hierro y cemento. 31 x 50 x 50 cm.

Con las obras antes mencionadas se abre un capítulo nuevo, en el sentido de que el hierro como material y el objeto como presencia volumétrica adquieren un carácter definitivamente escultórico, que lo conduce de manera consecuente hacia el campo de la instalación. Es así como hacia mediados de la década de 1990 se inicia un ciclo de instalaciones que se conocen con el nombre de Lluvia; en cada una de ellas, la presencia de la casa se convierte en un elemento esencial que articula los intereses de Peláez en torno al espacio, que a veces hacen referencia al mundo urbano, otras veces al paisaje natural. En todas ellas puede verse cómo se erige solitaria la casa, la casa habitada, hermética, silenciosa, pero siempre cálida y acogedora. Con su presencia, Peláez insiste en seguir fundando lugares para la memoria, atrapando, congelando, para ella, algunos instantes del incesante fluir del tiempo, reiterando así su interés por esas coordenadas que articulan su actividad artística. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 7
Luis Fernando Peláez. Ausencias, 1992. De la serie Crónicas de viaje. Ensamble en caja de correos. 17 x 35 x 13 cm.

Las piezas que participan en estas instalaciones están construidas en hierro, desprovistas de cualquier detalle, y sintetizan los rasgos esenciales de una casa tradicional, o de la idea que tenemos de casa, un espacio cerrado, abrigado, que posee una cierta altura y que remata en el característico y acogedor techo de dos aguas, de manera que el arquitecto por formación que es Peláez entra a reflexionar sobre ese hecho tectónico para explorar dimensiones de orden existencial y afectivo que atañen a la memoria y al espacio en el cual transcurre nuestra existencia. Estas casas algunas veces se montan sobre láminas de hierro, que se disponen como obras de piso; en otras ocasiones son colocadas dentro de austeros marcos metálicos que van sobre la pared. En uno y otro caso la casa se coloca estratégicamente, dando lugar a una imagen que evoca el momento en el que se erige, se funda, un lugar en el espacio con el acto de habitar; se alude a la apropiación de un lugar, acción que parece haber sucedido en algún momento remoto, originario, pero así mismo decisivo, que por alguna extraña razón permanece detenido sobre el metal. 

Monografía: Luis Fernando Peláez — imagen 8
Luis Fernando Peláez. Autorretrato, 1997. De la serie La casa amarilla. Collage. 36 x 21 cm.

Su pasión por la anécdota, por recuperar las improntas de la memoria, es la que lo lleva a utilizar resinas y vidrios que, más allá de su cualidad de transparencia, aluden al vaho, a la humedad, a la lluvia como un estado del paisaje que también es un estado del alma, afirmándose así una vena romántica que atraviesa su producción. Tal vez porque Peláez "hace parte de una generación para la cual la transformación del paisaje ha sido tan vertiginosa, donde la memoria casi hay que inventarla"8, insiste en sugerir historias inconclusas para que el espectador, a partir de su propia memoria, las complete y termine. Si bien su producción más reciente adopta una cierta filiación con el arte abstracto, con el arte minimalista, en el sentido de que la forma llega a una síntesis total y adopta de manera peculiar el lenguaje de la producción industrial, por otra parte sigue siendo tremendamente evocadora, lo que la hace contraria a los rigurosos principios de la abstracción pura, porque en ella la historia que estaba presente en sus primeras obras, ahora, adopta una apariencia distinta, más escultórica, pero, como en ellas, el tiempo detenido hace que la memoria irremediablemente se active ante la presencia de estos paisajes instalados en un rincón de la galería o dispuestos dentro de un orden peculiar ocupando una amplia extensión de la misma; ellas, en sus distintas disposiciones, están expectantes, reclamando una interpretación. 

Una de sus obras recientes, Casa amarilla9, alcanza proporciones monumentales, 6,50 m de altura, y se erige como una poderosa escultura de hierro en el espacio público. Las superficies de hierro que la conforman ostentan una geometría precisa y monumental que contrasta con la vegetación que la circunda; se afirma ante el paisaje como una construcción del hombre, como una arquitectura escueta y austera, como un enorme y refinado trozo de metal que no oculta su origen industrial, pero otra vez en ella surgen las huellas de la memoria, surge la sombra del paisaje ancestral, surge la anécdota como impronta de la memoria: en su interior, sobre dos láminas de bronce, un enorme árbol grabado a manera de sombra, se resiste a la mudez del minimalismo, para hablar de sus orígenes, que son los mismos de Peláez; de manera que esta pieza lleva la huella de la infancia que ahora no existe más que en la memoria, y de la memoria fluye, y se graba a través de la acción del ácido sobre el bronce: "Todo comienza en Canaima, donde el asombro del paisaje, cielo y tierra se convierten en una sola cosa: aire, tiempo y lluvia se disuelven, se separan y se encuentran en un ciclo leve y eterno"10. 

NOTAS 

1. Crónicas de viaje, se tituló Ia muestra de Luis Fernando Peláez, en Ia Sala de Arte Suramericana de Medellín, abril, 1989. 

2. Ciudad, muestra realizada en el Museo de Arte Moderno La Tertulia, Cali, 1992. 

3. Instantes corresponde a las muestras realizadas en 1994 en Ia Galería Garcés Velásquez, de Bogotá, en Ia Galería La Oficina en Medellín, y en Ia Galerie Ruta Correa, Friburgo, Alemania. 

4. Ahora fue el título de Ia muestra de Luis Fernando Peláez que se llevó cabo en Ia Fundación FF5, Cali, 1995, 

5. Lluvia, muestra de Luis Fernando Peláez, Museo de Antioquia, agosto-octubre, 1996.

6. Eduardo Ramírez Villamizar texto de prensa de 1987 que se incluye, sin nombre, en el catálogo Crónicas de viaje, Sala de Exposiciones Suramericana de Seguros, Medellín, 1989. 

7. Luis Fernando Peláez, en Peláez, Memoria y paisaje, Fondo Editorial Universidad, Eafít, colección El Arte de Antioquia ayer y hoy, Medellín, 2000, p. 20. 

8. Luis Fernando Peláez, en Peláez, memoria y paisaje, op. cit. p. 48. 

9. La Casa amarilla, 1997, escultura pública para el Primer Festival internacional de Arte Ciudad de Medellín. 

10. ibid, p. 35.

MARTA RODRÍGUEZ

Luis Fernando Peláez, por Marta Rodríguez | artnexus