La primera obra que se encontraba en el Museo del Barrio marcó perfectamente la pauta para la exposición de este año, llamada S-Files. Diseño para el programa público 2000, de Georges Le Chevallier, fue ejecutada sobre la puerta frontal del museo. Abstracto y figurativo, decorativo y conceptual, humorístico y estimulante a la vez, este enorme signo de interrogación a rayas capturaba los extremos de la exposición. Para este año, aunque las curadoras Deborah Cullen y Yasmin Ramírez mantuvieron la misma necesidad de rigor conceptual que han demostrado en el pasado, la exposición tenía una cualidad “libre”, pluralista, que era refrescante y atrayente. Vimos allí una amplia gama de medios, materiales y temas, y una buena disposición para permitir que el placer estético existiera por derecho propio. A pesar de que los asuntos que tienen que ver con la identidad, la política y la globalización todavía se manifiestan, aquí lo hicieron sin el torpe didacticismo y las posturas retóricas predeterminadas que ocasionalmente han echado a perder exposiciones de artistas agrupados por puntos en común como la identidad étnica o la proximidad geográfica. De hecho, Le Chevallier, un artista “latino” nacido en Francia —el antiguo epicentro del modernismo europeo—, representaba la naturaleza más abierta de esta exposición. Las obras que se encontraban en el interior iban desde video y fotografía hasta instalaciones en medios mixtos, pedazos de tela cosida, y pintura tradicional. En la mayoría de los casos el nivel de sofisticación formal correspondía a la complejidad intelectual de las obras, entre las cuales la marcada presencia de Ia pintura fue especialmente bienvenida e interesante. Artistas como Jaime Arredondo, Paul Henry Ramírez y Vargas-Suárez Universal presentaron obras que en un principio parecían tratar únicamente de un renovado interés por la forma abstracta, pero cada pintor les imprimió un significado más profundo. Ramírez, por ejemplo, hizo exquisitas composiciones de abstracciones geométricas en offset dejando fluir líneas caligráficas y arabescos muy suaves, como plumas; obras tan “hermosas” desde el punto de vista convencional, que el artista casi desafió a los espectadores a desecharlas. No obstante, al apropiarse de pasajes abstractos tanto geométricos como biomórficos, ofreció una complejidad visual irresistible. Las exuberantes y pintorescas formas florales de Arredondo evocaban el simbolismo sagrado de la cultura mesoamericana. Vargas Suárez Universal ejecutaron otra obra a escala mural cuya apariencia puede, en principio, parecer inescrutable pero que, en realidad, se basa en una pieza de Rafael Montañés Ortiz, quien fue el fundador y director del Museo del Barrio.


Muchos temas trataban cuestiones de espiritualidad asociadas con sexualidad, empleando un palimpsesto de imágenes superpuestas para evocar respuestas cifradas y contradictorias. La serie Endless Love (Amor eterno), de Scherezade, representaba escenas de ángeles y genitales colocados en un chaleco salvavidas de color rosado fuerte, y las piezas de la serie de Domingo Nuno, titulada Veo que cosa no es color de rosa, compartían estas cualidades, representando trabajadoras sexuales o mujeres objetivadas en escenas estereotipadas de vida tropical feliz.

Había una notoria muestra de artistas que emplean formas tradicionales de artesanía en sus obras, especialmente la costura. Aunque podría pensarse que estas obras ocupan los territorios del arte indígena/folclórico y de la connotación sexual/el trabajo de las mujeres, las técnicas eran tan variadas como los resultados que produjeron. Basic Male Role: Elephantitis juega con las formas femeninas de la artesanía —el bordado, el estampado en tela, el papier mâché— para crear una evocación abstraída del falocentrismo. Por otra parte, H. A. Rodríguez Mora y Lucía Warck-Meister hicieron obras de vigorosa presencia y delicada fragilidad, empleando el trabajo de su práctica como punto de partida para reflexionar sobre otros asuntos.

En general, S-Files de este año logró encontrar un balance significativo entre lo político y lo formal, entre concepto y arte. El resultado proporcionó un sentido real de conexión dentro de una pluralidad más grande que, cuando se piensa en ella, debe ser la forma más apropiada para describir la (¿cualquier?) comunidad de arte latina de hoy. Es un poco divertido ver cuán casi apologéticas parecen haber sido las curadoras respecto a la falta de una agenda preponderante, así como el hecho de que muchos de estos “nuevos” artistas han sido expuestos por todo Nueva York recientemente (considero que hay que celebrar las dos cosas). Aunque uno podría cuestionar la necesidad de las curadoras de ofrecer un constructo tan innecesariamente pesado y enrevesado como “post-post modernismo” para explicar el espectáculo variado que fue esta exposición, el hecho es que S-Files junto con exposiciones tan recientes como Greater New York en PS1 y la Bienal Whitney, nos ha dado la esperanza de que un nuevo grupo de artistas haya aprendido a relajarse un poco ya concentrarse en el arte de hacer arte.
JOHN ANGELINE

