Las recientes pinturas de José Bedia marcan un dramático y laudable cambio en su obra. Esta pequeña exposición de seis óleos, tres de los cuales son de tamaño monumental (70 o más pulgadas por unas 100 o más), y un tríptico de acrílicos más pequeños, pone al espectador frente a las típicas figuras del artista cubano, pero dentro de escenarios turbulentos ejecutados en fluidos velos o tonos ahumados. Al colocar capas de pigmento que se filtran y fluyen sobre la superficie, Bedia crea una expresión táctil y extraordinariamente evocadora.
En Lo que hace falta, 2000, nos encontramos con la proa de un portaaviones, angosto en la base pero amplio en la parte superior como la cola desplegada de una ballena. La gama de colores se limita a tonos grises y negros realzados por toques de un plateado luminiscente, que brillan sobre la superficie como el metal en la luz. Aviones de combate salpican la cubierta del barco. Por encima de los aviones está sentado el alter ego de Bedia, un hombre con cabeza de ciervo, que sostiene en cada mano una bandera, como si estuviera dirigiendo el tráfico aéreo. Es una imagen cuya imponencia aumenta debido a la absoluta monumentalidad de la nave que surge de entre los velos de pigmento carbón.
La tragedia marcó la vida de Bedia en 1999 con el súbito fallecimiento de su esposa, y el dolor del artista es palpable en estos perturbadores lienzos. Siguiendo con un tema similar al anterior El príncipe escorado a estribor, 2000, representa el hundimiento de un enorme destructor envuelto en llamas, pintado entre intensas nubes de un pigmento gris profundo salpicado de plateado, aparentemente llenas de cenizas. El barco y sus numerosos cañones están trazados en líneas gruesas. En medio del caos retratado aparece la figura de Bedia, con cabeza de ciervo, en cuclillas, fumando con aire despreocupado sobre el costado del barco que se hunde. Permanece allí, como si se resignara a la devastación cosechada.
Muchísimo más evocador e impregnado de dolor que los otros lienzos de la exposición es También los dioses a morir vinieron, 2000. Por entre un fondo de difusos velos de carboncillo se asoman las cabezas delineadas en negro de los clásicos personajes animales y humanos de Bedia, dos figuras masculinas y un pájaro y una bestia de cuello largo que parecen dioses. Arrodillado ante ellos está el suplicante, cuyas implorantes palabras de oración desaparecen como volutas de humo que flotan desapercibidas hacia el horizonte. Sentada sobre la cabeza de un dios se halla una diminuta figura negra acurrucada, mitad hombre, mitad ciervo, con el dedo levantado y la boca abierta como si gritara. Casi se pueden oír sus lamentos de tristeza haciendo eco sobre este desolado paisaje.

También impregnado de emoción, aunque de manera menos obvia, es su tríptico Los Aliados, 2000, en el cual tres pequeños lienzos están recubiertos de capas de bruñidos velos en acrílico dorado. Sobre el lienzo superior la figura híbrida hombre/ciervo de Bedia sostiene un submarino negro monolítico. En la pintura de la mitad, una ballena nada a través del agua que refleja el submarino, montada por la misma figura hombre/ciervo, que lleva unos remos como si con ellos impulsara la enorme bestia. La pintura inferior presenta un gigantesco tiburón de tamaño similar sobre cuyo lomo está la figura del alter ego de Bedia. Estas obras, como las otras pinturas de la exposición, representan un barco o una bestia como el antagonista junto al cual la figura de Bedia aparece dominada, a pesar de su presencia persistente. Es como si, al final, él no pudiera hacer más que seguir el viaje dentro de las aparentemente agitadas olas de tonos ensangrentados. No cabe duda de que las pinturas de esta exposición son algunas de las más impactantes de Bedia, y permanecen inquietantemente en nuestra mente hasta mucho tiempo después de haberlas visto.
MARY SCHNEIDER ENRÍQUEZ
