Gráfica 12

Zulema Maza. Palomas, 2000. Técnica mixta. 70 x 100 cm.

Colectivanov 2000 - ene 2001· Por Elena Oliveras

Gráfica 12

Museo Nacional de Bellas Artes

Sobran las razones para considerar a Gráfica 12 una muestra de interés. Los doce artistas que exhibieron sus trabajos en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires son nombres destacados, representativos de tendencias diferentes del arte argentino de las tres últimas décadas. El amplio espectro va desde Luis Felipe Noé (1933) hasta Leonardo Gotleyb (1958). 

No todos son grabadores. Pero aun los históricamente considerados pintores, como Noé o los representantes del auge de Ia pintura en Ia década de 1980 —Juan Lecuona, Ana Eckell, Eduardo Médici y Gustavo López Armentía— tienen en común con los grabadores el haber contribuido a reforzar la calidad y la versatilidad de la técnica gráfica en Argentina. Calidad que fue internacionalmente reconocida en 1962, con ocasión de la XXXI Bienal de Venecia, cuando se distinguió a Antonio Berni con el Gran Premio de Grabado, por su serie dedicada a Juanito Laguna. El reconocimiento de aportes sigue vigente, por ejemplo, en la obra de Gotleyb, recientemente premiado en la Bienal de Arte Gráfico de Liubliana, Eslovenia. 

El sesgo en la elección técnica de los pintores descubre una situación más general del arte contemporáneo: La necesidad de traspasar el límite entre disciplinas fijado por la tradición. De esta manera, desprejuiciadamente, las técnicas se mezclan, se interfieren o se superponen. Es así que Noé-grabador no deja de ser Noé-pintor. Como siempre, está presente su interés por un cromatismo dinámico y expresivo, más allá del medio utilizado. 

Colectiva: Gráfica 12 — imagen 1
Ana Eckell. Sueños de verano, 1994. Aguafuerte. 50 x 70 cm.

Parte del mismo fenómeno generalizado de delimitación es la necesidad de muchos grabadores de renunciar a la autonomía del medio gráfico, para así insuflarle nueva vida. El concepto de grabado se amplía. Su estatuto de técnica “bisagra” lo conecta con la pintura, el dibujo, la fotografía y el texto. La inclusión de objetos lo proyecta, asimismo, más allá de la planimetría tradicional. Prueba de la mezcla de recursos es el hecho de que las obras selieccionadas, de gran tamaño, se apropian de una dimensión usual en pintura o en escultura. 

Sin duda, las proporciones generosas de las salas del pabellón del Museo Nacional de Bellas Artes permitieron desplegar las 60 obras reunidas (cinco por artista) y confrontar los respectivos aportes. 

No podían faltar grabadores de la talla de Liliana Porter, Mabel Rubli, Matilde Marín, Zulema Maza, Alicia Díaz RinaIdi, Rodolfo Agüero o Gotleyb. Ningún prejuicio en cuanto a la antigüedad o modernidad de los recursos técnicos limitó la selección. De allí que convivieran técnicas de antigua data, como la xilografía (Gotleyb) o el aguafuerte (Díaz RinaIdi, Noé, Lecuona, Eckell), junto a otras recientes como la serigrafía (Rubli, Porter, Marín), el transfer (Maza, Médici) o la imagen digital (López Armentía, Agüero). 

Colectiva: Gráfica 12 — imagen 2
Gustavo López Armentía. Los inmigrantes, 1998. Imagen digital. 70 x 100 cm.

Llama la atención la presencia fertilizadora de la fotografía en los trabajos de Porter, Maza, Marín, López Armentía y Rubli. De esta manera, se reitera la incidencia, cada vez mayor, de esa disciplina en el arte de hoy. 

Gráfica 12 habla, sin lugar a dudas, de la vitalidad del grabado en la actualidad. No hay tendencia ni estilo que rechace hoy sus posibilidades. De esta manera, la antigua disciplina se convierte en cauce eficaz de visiones del mundo contemporáneas y dispares. Tan dispares entre si como pueden serlo la aséptica geometría, de color vibrante, de Agüero, los juegos serios de Porter, los juegos rituales de Marín a partir de fotografiar sus propias manos, el fragmentismo de Díaz RinaIdi, las transposiciones urbanas de Gotleyb o el expresionismo de Noé. No menos diferentes resultan las visiones dinámicas del cuerpo, de Eckell o Médici, el deconstructivismo de Lecuona, el simbolismo ecológico —y ligado a lo femenino— de Maza y la crítica social de López Armentía denunciando, en su serie dedicada a los inmigrantes, el hambre y la ausencia de utopía. En una dirección similar, Rubli da testimonio de la vigencia, en el siglo XX, del lema de Hobbes, homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), repetido obsesivamente junto a fotografías del Holocausto. 

Colectiva: Gráfica 12 — imagen 3
Luis Felipe Noé. Vida de alquila, 1996. Aguafuerte y aguatinta. 35 x 50 cm.

Como otros grabadores contemporáneos, Porter y Rubli superan la distinción entre obra original y obra multiplicable, fundada en la re producibilidad técnica. Sus grabados existen en más de un ejemplar pero al mismo tiempo son únicos. La piedra que Porter adhiere a una de sus obras da la nota de unicidad transgresora, al igual que la huella irrepetible del dibujo directo y la incorporación de elementos naturales sobre los papeles de Rubli. 

Estas profundas modificaciones muestran la inadecuación de la etiqueta grabado a las nuevas formas del arte de la impresión. ¿No seria acaso el momento de encontrar un nuevo término que contenga los cambios operados? Teóricos de la fotografía optaron por el nombre posfotografía para designar manifestaciones renovadoras de aquella disciplina. ¿Podríamos hablar acaso de posgrabado? Más allá de estas cuestiones, algo queda claro: el hecho de que el vigor del grabado en el arte actual es fruto, precisamente, de su ramificación en direcciones múltiples. 

ELENA OLIVERAS

Gráfica 12, por Elena Oliveras | artnexus