En el impecable espacio dedicado a la fotografía en la Galería Emma Molina, dirigida por Cristina Lobeira y Eva Ramírez, se presentó la exposición Cuaderno de viaje de Graciela Iturbide, del 2 de marzo al 3 de abril de este año. La muestra estuvo conformada por una selección de 12 obras pertenecientes a un grupo más numeroso que se exhibió con anterioridad bajo el mismo título en la Ciudad de México, en el Museo de Arte Carrillo Gil el año pasado, y en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo en Oaxaca. Las fotografías en la muestra comprenden piezas de 1997 y 1998, dejando fuera de esta selección las obras más recientes sobre el jardín botánico de Oaxaca, que integraron la exposición original. No obstante, el guión curatorial permite ver el desarrollo del trabajo de la artista a través de los diferentes sitios por los que viajó en estos dos años, y los discursos que se articulan a partir de los elementos decisivos de cada lugar, que se pueden intuir en las obras.
Las delicadas impresiones al platino sobre papel de algodón y heliograbados traslucieron la distintiva percepción de Iturbide a través de momentos y escenas de sus viajes. Tomadas en diversos y muy distantes lugares del planeta, desde Florida, Louisiana, Tennessee y Mississippi en Estados Unidos, hasta Bombay en la India.

El encuentro entre la naturaleza y la intervención humana en un paisaje aparece como una noción constante en las fotografías, que a su vez se transforma en su significado de un sitio a otro, dramáticamente. Esto se evidencia, por ejemplo, en el graffiti de un muro con el texto God Save America, en Carretera 6: de Clarksdale a Oxford, Mississippi, en el aviso sobre servicios de pesca apenas legible a causa de las enredaderas que lo invaden (tomado en la misma carretera viajando en sentido contrario), en la cabaña de madera con su fachada completamente cubierta por plantas, en Carretera 61: de Memphis, Tennessee, a Clarksdale, Mississippi, o en el tranquilo paisaje de un plantío de algodón afectado por un sobrecogedor anuncio espectacular en blanco ubicado en esa misma carretera. Pájaros en vuelo aparecen también recurrentemente en la muestra. Sin embargo, a este elemento, Iturbide lo dota con cualidades pasivas que contradicen la actividad de vuelo en que las aves se encuentran, consiguiendo que se perciba como un factor invariable que pareciera ser testigo de cada toma y constatar sutil pero audazmente, al igual que la artista misma, el paso inadvertido por un lugar o momento específico. Las obras conforman una coherente propuesta sustentada en imágenes que logran capturar el encanto que poseen los objetos encontrados, paisajes determinados y ciertos instantes memorables por su falta de trascendencia y simultánea belleza. En la obra Carretera 82: de Abbeyville a Intercoastal City, Louisiana, se entrelazan las líneas en el horizonte de una carretera que se curva y los postes y cables de luz con un trazo paralelo delineado por una enorme parvada, que, en términos formales, acaban por armar una composición perfecta; en Bombay, India, los pies de alguien bajando una escalera acentúan la condición enigmática de la prótesis rudimentaria de una pierna con un tenis, que ha sido abandonada en el camino.
La artista ha expresado que no considera "a la fotografía un medio objetivo de documentación con la capacidad de congelar una verdad absoluta". Manifestar que posee conciencia de esto es atrevido de su parte, ya que el subtexto "documentativo" y "verdadero" de la fotografía ha sido uno de los factores más aplaudidos en los fotógrafos mexicanos que trabajan en el género con el que se ha identificado la obra de Iturbide.
Las fotografías que produce son consecuentes con sus intenciones ya que, al pasar Iturbide por alto el valor que pudiese otorgar el documento o registro, su actitud representa un alivio que abre paso a lo mucho que tiene por aportar la esencia poética de su trabajo.
VANESA FERNÁNDEZ
