Exposición Individualnov 2000 - ene 2001· Por Carla Zaccagnini

Franklin Cassaro

Galería Baró Senna

Una noche de hace tiempo, justo antes de acostarme, seguía el orden del Final del juego, de Julio Cortázar el que comienza por la "Continuidad de los parques" y me tocó leer "Axolotl". Poco a poco, el narrador se va transformando en el bicho raro que describe, y al final nos miramos de nuevo las manos, a los costados del libro, para asegurarnos de que aún somos el mismo. Cortázar nos hace imaginar el cuerpito rosado y translúcido de los axolotl; sus grandes y redondos ojos dorados delineados en negro; sus patas como manos; su apariencia de estatuilla china corroída por el tanto-tiempo-bajo-el-agua; las branquias rojizas que les crecen a ambos lados de la cabeza, como ramas de árbol para reafirmar su carácter silencioso e inerte; y otras tantas características de criatura de sueños. La tarde siguiente, estando despierta, paseaba mirando hileras de vitrinas de todo tipo de artículos. Y los vi. Eran dos en un acuario para peces medianos, cercado por jaulas de cacatúas y hámsters. Me asombró mucho saber que existían, que eran bichos vivos de nuestro mundo. Y, después del susto de ver en venta a las criaturas que había leído al acostarme, me sorprendió, más que todo, su tiempo. La suspensión dilatada del tiempo que tienen a su alrededor detenidas en medio de su propia existencia, a medio camino de su desarrollo biológico. Como un renacuajo de otro bicho, porque eso es lo que son los axolotl: renacuajos de bichos más nobles que el sapo. Otra noche más cercana y mucho antes de acostarme, me encontré en Ia Galería Baró Senna con una vitrina repleta de seres como axolotl. Porque sí, desde que los vi aquella vez los sigo viendo sin que estén. Por algún tipo de reduccionismo, para llamarlas de una misma forma con una palabra corta, llamo axolotl a todas las criaturas que encuentro y que me parecen compartir aquel mismo tiempo. Como las Vulvas de Franklin Cassaro, que se agrupaban silenciosas en la vitrina como si miraran hacia afuera, por la ventana, y esperando. Esa colección de Vulvas metálicas como familias que dejaran sentar adelante a los más chicos, en el teatro nos miraban al llegar. Nos recibían y nos despedían, y estarían esperándonos si volviéramos a llegar todos los días siguientes. 

Exposición Individual: Franklin Cassaro — imagen 1
Franklin Cassaro. Vulva metálica, 1998. Acero, 22 x 30 x 20 cm.

Podemos comprender mirándolas, los movimientos y dobladuras que comprimieron los planos metálicos para obtener la forma que ahora presentan. Podemos retroceder y deshacer con los ojos esos gestos simples, y volver con los ojos a los círculos abiertos que, en verdad, aún están. Franklin Cassaro nos lo permite, al usar recortes de cualquier metal y al transformarlos con acciones al-alcance-de-todos, con movimientos que ya hicimos y que somos capaces de rastrear. Así, las Vulvas parecen incómodas, apretadas, tratando de acostumbrarse a ser al mismo tiempo, lo que vemos y lo que sabemos que también son. Las Vulvas, como los axolotl, parecen atrapadas en la artificialidad de un tiempo extendido; en una permanencia imposible, en un acuario público. Dobladas, dominadas, quietas y mirando hacia afuera, casi tranquilas y descansando siempre: porque nunca podrán volver atrás ni seguir adelante. 

Al seguir adelante y entrar pasando por una Vulva mayor demasiado plateada, solitaria y sin saber muy bien qué hacer sobre una base que le daba vértigo, avisté al Templo. 

En Templo, una construcción inflable de papel periódico mantenida milagrosamente en pie, erguida por el viento mecánico de ventiladores comunes, de nuevo, Cassaro nos muestra sin miedo los materiales y mecanismos banales con que construye y sostiene seres que parecen de sueño, o de libro. Como las Vulvas y los axolotl, el Templo habita un tiempo más amplio que el nuestro. Se eleva del suelo lleno de aire, como se nos infla el pecho al respirar, pero no se atiene a esta necesidad que tenemos los vivos de vaciar los pulmones para volverlos a llenar cíclicamente. Es como un animal antediluviano livianísimo, sorprendido o asustado, visto en el instante justo, antes de saber que todavía no pasa nada y que aún puede suspirar. Un instante larguísimo. 

El Templo también es su posibilidad desinflada, porque de nuevo por la simplicidad y por la costumbre conocemos demasiado sus partes y conocemos su estado anterior que se nos hace presente, sabemos ver lo que pasaría si giráramos un botón y cortáramos el viento, aun sin hacerlo. El Templo es también cada hoja de periódico, son las noticias, son la mesa del desayuno y los comentarios que hacemos mientras leemos los periódicos; el aumento del combustible, una película nueva, la cura del cáncer la crónica de una exposición en que las esculturas son como "formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma". 

CARLA ZACCAGNINI

Franklin Cassaro, por Carla Zaccagnini | artnexus